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Brasil Acosta Peña
Discurso alusivo al 6 de Junio: Aquiles Córdova Morán
Estas líneas fortalecen nuestro conocimiento sobre lo que pasó en Tecomatlán el seis de junio de 1982.


Este domingo siete de junio celebramos en Tecomatlán, Puebla, el punto de quiebre por el que su población, después de “un pequeño día de ira”, según palabras del propio ingeniero Aquiles Córdova Morán, logró librarse del yugo del cacicazgo e inició una etapa de desarrollo permanente hacia la ciudad modelo que luce hoy. Una movilización impresionante de miles de antorchistas tecomatecos, y de algunos estados, marchó por las calles de la cabecera para mostrar la fuerza de nuestro movimiento, su vigencia y vitalidad.

En el panteón municipal, en el mausoleo de nuestros mártires, recordamos a quienes dejaron su vida por un México mejor y de ahí nos trasladamos al Teatro Aquiles Córdova Morán, donde presenciamos dos grandes eventos culturales: la representación de la creatividad cultural del pueblo de México desde la época prehispánica hasta la actual, que estuvo a cargo del Plenito Infantil y Juvenil Wenceslao Victoria Soto y nos conmovió en extremo por su magnificencia; y el discurso filosófico y político del ingeniero Aquiles Córdova Morán, del que quiero rescatar parte de su contenido para reforzar el conocimiento de lo ocurrido el seis de junio de 1982, suceso que el pueblo debe conservar siempre en su memoria para fortalecer su consciencia del pasado, evitar que la historia de opresión y atraso de Tecomatlán se repita y construir un México más justo y mejor.

“Quisiera hacerles a ustedes algunas representaciones un poquito más profundas, menos convencionales, sobre este día y sobre el significado que deben tener los muertos sobre los vivos. En primer lugar, comenzaré diciendo que, de verdad, de todo corazón, con mucho cariño recordamos a nuestros muertos en Puebla, en el Estado de México, a los compañeros de Huitzilan de Serdán, a los compañeros de Olintla, a los compañeros de Guerrero.

“Me consta que fueron diligentes trabajadores de Antorcha aquí en Tecomatlán y que realmente están en la base, como los Atlas, sosteniendo el edificio de Antorcha por todo el tiempo que su organización ha durado y por el tiempo que, espero, todavía va a durar. Quiero recordar a don Arturo Muñiz Vidals, quien fue, durante mucho tiempo, el presidente del Movimiento Antorchista aquí en Tecomatlán. A una hermana de don Arturo, una mujer muy inteligente, quien nos ayudó muchísimo a convencer a las mujeres y también a los hombres tecomatecos de que valía la pena luchar por Tecomatlán: Doña Fulgencia que es, por cierto, la mamá de Memo Veliz Muñiz. Recuerdo con mucho cariño también, con una intensidad que me parece que los estoy mirando caminar todavía por las calles de Tecomatlán, sembrando árboles o levantando la bandera de Antorcha en las muchas marchas que hemos celebrado aquí y fuera de aquí, como la compañera Celina Hernández Merino o su mamá, doña Angelina Merino.

“Recuerdo perfectamente bien a los compañeros que defendieron a Tecomatlán el seis de junio: compañeros de Mixquiapan, de Quicayan, de la cabecera. Y ese día, seis de junio, Tecomatlán celebró su pequeño día de ira. No sé cuántos conozcan la obra del teatro de Emilio Carballido, pero los que no la conocen, se las recomiendo. Allí se retrata, digamos, casi como si el dramaturgo hubiera visto o adivinado lo que pasó en Tecomatlán, cómo se levantó el pueblo organizado para defender a su naciente organización que, desde entonces tuvo una sensibilidad extraordinaria, preveían que iba a ser la grandeza de su municipio. Cuando los enemigos, gratuitos, por cierto, porque nunca les dimos un motivo para esa enemistad, quisieron acabar, descabezar completamente al Movimiento Antorchista después de otros intentos, cuando decidieron acabarlo por la vía de las armas, montaron la provocación en el barrio de El Calvario, prácticamente sin que nadie hiciera nada, sin que nadie hiciera una convocatoria, el pueblo de Tecomatlán se levantó en armas.

“Y a nosotros, a los antorchistas dirigentes, y debo ser sincero, no estaba yo presente, todo lo supe inmediatamente después; no nos dio tiempo para que Antorcha lo organizara u organizara la defensa, pero se dio, me imagino perfectamente bien, porque teníamos mucha experiencia recorriendo los mismos caminos y analizando los mismos problemas. La gente surgía de pronto de sus casas, los que venían de Ixtayoc, y finalmente los que habían orquestado la provocación, se vieron cercados, literalmente cercados, por los cuatro puntos cardinales, por el pueblo de Antorcha que, con armas en manos, cada quien lo que pudo agenciarse, los llevó a correr, los echó a correr.

“No mataron a nadie los antorchistas, a nadie. Fue la sola presencia del antorchismo decidido, mientras que los enemigos sí estaban armados y decididos a matar, pero fue sólo la contundencia del movimiento colectivo, la firmeza, yo diría la espontaneidad del movimiento colectivo, lo que finalmente hizo sentir a los enemigos que estaban cercados, que su vida pendía de un hilo. Tuvieron que renunciar a la intentona, se regresaron; algunos a paso lento, quizás, y otros corriendo abiertamente para refugiarse en las casas del centro, que eran la sede del movimiento de los llamados pípilos.

“Por la noche hubo opiniones de algunos antorchistas que había que ir a quemarles la casa y acabar de una vez con los pípilos; sin embargo, la maestra Hersilia Córdova dijo: no, compañeros, los pípilos están derrotados, están acuartelados, están amedrentados, han perdido la batalla; y no es necesario que los antorchistas nos manchemos las manos de sangre humana, cuando realmente ya no es necesario”. Según tengo entendido, y varios tecomatecos también lo dicen, los pípilos hasta el final de su vida, porque casi todos los pípilos de ese entonces ya murieron, agradecieron ese gesto que les salvó la vida.

“Pero lo cierto es que, aunque Antorcha no les tocó un pelo, tuvieron que irse de Tecomatlán; tuvieron que dejar el lugar al desarrollo de Tecomatlán; y a partir de ese momento Antorcha tomó la rienda de una manera más firme aquí en Tecomatlán”.

Estas líneas fortalecen nuestro conocimiento sobre lo que pasó en Tecomatlán el seis de junio de 1982; y el maestro Aquiles señaló que, en todo el desarrollo actual del municipio, se muestra la huella del sacrificio de nuestros mártires quienes, por ello, no han muerto, siguen vivos y estamos, por esa razón, en deuda con ellos y nuestro deber es mantener el desarrollo de Tecomatlán. Estamos moralmente obligados a defender a Antorcha y, por tal motivo, no debemos permitir que el poder caiga en manos de los enemigos del progreso. ¡Cuidado! ¡A defender Tecomatlán! 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


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