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Deportes
La lucha de las mujeres en el deporte
Aunque la presencia e influencia de ellas en los Juegos Olímpicos ha ido creciendo, históricamente tuvieron que luchar por conseguir un lugar entre los hombres.


La integración de las mujeres en el deporte a lo largo de la historia siempre ha sido complicada debido a las limitaciones impuestas por la sociedad; en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, por ejemplo, la participación de las mujeres estaba estrictamente prohibida en las competencias y las solteras solo podían acudir como espectadoras, debido a que los competidores participaban desnudos.

Había una excepción para aquellas que tenían una buena posición económica; aunque no compitieran físicamente, en las carreras de cuadrigas se proclamaba vencedor no al que conducía, sino al propietario de los caballos, de tal manera que si una mujer disponía de caballos en propiedad podía competir indirectamente en los Juegos Olímpicos.

Hubo un avance en el año 580 a.C., cuando con la participación de 16 mujeres se organizaron unos juegos especialmente para ellas, llamados Juegos Hereos, estos se celebraban en honor a Hera cada cuatro años en Olimpia. A diferencia de los hombres, ellas participaban en tres categorías diferentes, vestidas, con el cabello suelto y con distancias más cortas. Las ganadoras eran premiadas con una corona de olivo y se les entregaba para su consumo la carne de los animales que eran sacrificados en honor a Hera. Sin embargo, tales juegos fueron cancelados en el año 393 d.C.

Cuando se retomaron los Juegos Olímpicos modernos, creados por Pierre de Coubertin, ocurrió algo similar que en los realizados en la Antigüedad, las mujeres tenían prohibido participar, pues según el barón de Coubertin, los Juegos eran la solemne y periódica exaltación del deporte masculino, con el aplauso de las mujeres como recompensa. Un fiel reflejo del pensamiento de su época y, quizá, de la historia del pueblo griego que lo había inspirado y que, por lo tanto, lo llevaron a asumir esta posición retrógrada.

Más adelante hubo pasos positivos. En las Olimpiadas de París 1900, 22 mujeres participaron testimonialmente en deportes “acorde a su naturaleza” como el golf y el tenis, deporte en el que destacó Charlotte Cooper, la primera campeona olímpica. Seis olimpiadas después, en Amsterdam 1928, las mujeres comenzaron a participar de forma oficial en los Juegos Olímpicos con una representación del 10 por ciento del total de los participantes; y no solo en golf y tenis, sino también en esgrima, gimnasia, natación y en cinco pruebas de atletismo.

También es cierto que en la era contemporánea han surgido mujeres importantes en el deporte como Alice Melliat, impulsora de los Juegos Mundiales Femeninos en Praga 1930 y Londres 1934, y una de las fundadoras de la Federación Internacional Deportiva Femenina. Aunque la presencia y la repercusión de las mujeres en los Juegos Olímpicos ha ido creciendo constantemente, eso no lo es todo. Históricamente, las mujeres han tenido que luchar por conseguir un merecido lugar entre los hombres, sin duda, su lucha por la igualdad en el deporte es la representación más fiel de uno de los valores sembrados desde la Olimpiada clásica: la perseverancia triunfante.

A lo largo del tiempo ha habido avances positivos en la integración y participación de las mujeres en el deporte, si analizamos correctamente la historia y la realidad actual, podemos darnos cuenta que la mujer está sometida por la estructura patriarcal de la sociedad capitalista, donde además de ser una mercancía, el deporte se convierte en mecanismo portador de la ideología de la clase dominante, que reproduce este sometimiento y lo justifica en términos de la propia naturaleza del individuo. Es decir, que el deporte capitalista acomoda a la mujer a esta función de dominada.

Lo que se ha logrado con la lucha feminista y el hecho de que ahora las mujeres practiquen algunos deportes que eran “reservados para los hombres” como la halterofilia, por ejemplo, no representa ninguna liberación real, esto solo funciona dentro de la lógica interna del poder y las funciones represivas de las instituciones deportivas. La única liberación posible solo puede tener lugar con un cambio de modelo económico. Las mujeres y la sociedad en general deben organizarse no solo para denunciar la máscara de los Juegos Olímpicos modernos, un camuflaje de la lucha de clases destinado a imponer la ideología dominante, sino para transformar la situación actual del deporte y la sociedad.


Escrito por Janeth Hernández Huerta

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