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Utopía, distopía y realidad
Al final de su diálogo en La República, preguntaron a Platón dónde se encontraba el lugar perfecto que acababa de describir y él respondió que en u-topos, es decir, en ningún lugar.
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Al final de su diálogo en La República, preguntaron a Platón dónde se encontraba el lugar perfecto que acababa de describir y él respondió que en u-topos, es decir, en ningún lugar. Desde entonces la palabra utopía se ha utilizado para caracterizar a los pensadores que en sus escritos proponen un mundo en el que todo funcionaría de modo perfecto, sin injusticia, sin desigualdad; entre éstos se ubica también a los autores de proyectos irrealizables o muy alejados de la realidad.

Ejemplos de planteamientos utópicos son los de Tomás Moro, Campanella y Saint-Simón. Todos ellos imaginaron regímenes político-económicos perfectos, en cuyas sociedades no había pobreza ni desgracias.

Estas ideas fueron fuertemente criticadas por el pensador Carlos Marx, aunque reconocía el esfuerzo que los utopistas del Renacimiento y los socialistas utópicos realizaron por visualizar sociedades igualitarias y mejores que las que existían en sus respectivas épocas.

Pero al seguir la crítica de la sociedad capitalista naciente y, por tanto, al proponer una nueva sociedad sin las contradicciones capitalistas, muchos críticos del marxismo dijeron que esta doctrina, la comunista, no era más que otro utopismo condenado a fracasar en el momento que fuera llevado a la práctica.

Cuando llegó la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, inspirada en las ideas de Marx y con ella hallaron la oportunidad de criticar al marxismo en su práctica concreta, surgió una nueva literatura que criticó lo que pretendía ser nuevo y que rompía con los logros alcanzados por la sociedad a lo largo de su historia. Los principios del capitalismo eran la “libre” competencia en la producción de las mercancías y la “libre” decisión en el consumo; de este modo la libertad abstracta se coronaba como un principio filosófico elemental de las sociedades civilizadas.

Cuando la sociedad socialista propuso el control tanto de la producción como del consumo, para de este modo encaminarse hacia una economía planificada por el Estado, los defensores de los “logros de la humanidad” vieron un error en ello y sus literatos empezaron a intentar demostrar en sus escritos cómo la pretendida sociedad futura, diferente a la actual, estaba llena de profundas contradicciones. El afán de control y vigilancia iba más allá del ámbito económico; para implantar una nueva sociedad lejos del proceso natural de la sociedad, esto es, lejos de la libertad lograda por el desarrollo social, era necesario que se controlara al individuo en todas sus facetas.

Es así como los distópicos pintaron en su literatura a una sociedad que no tenía prácticamente vida privada y en donde para estar bien había que ajustarse a los caprichos del “partido” e incluso participar en las alabanzas al líder.

Pues bien, ha terminado el periodo histórico del llamado “socialismo real” y el mundo que describieron los literatos de la distopía se ha ido más que consolidando, pero en una sociedad distinta a la imaginada por los utópicos o por los marxistas. Es en esta sociedad capitalista en donde verdaderamente no puede tenerse libertad de ningún tipo; en donde hay que quedar bien con los que mueven la economía mundial para que no sea atropellado nuestro derecho a vivir dignamente y la libertad de opinión sea algo que vayamos olvidando paulatinamente.

La vigilancia que en la época actual el Estado tiene sobre los individuos a través del desarrollo cibernético, es mucho más abarcadora y preocupante que lo que cualquier libro de ficción ha podido imaginar hasta ahora. 


Escrito por Alan Luna

Columnista de cultura


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