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Salvador Díaz Mirón
Se le considera uno de los precursores del modernismo en la poesía mexicana; su obra poética está fuertemente ligada a su vida.
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Nació el 14 de diciembre de 1853 en el Puerto de Veracruz. Desde los 14 años, se inició en el oficio de periodista, siguiendo los pasos de su padre. En 1872 su padre lo envió a Estados Unidos donde recibió influencias de los clásicos grecolatinos y de los escritores contemporáneos, particularmente mexicanos, españoles y franceses: gracias a esta educación, dos años después comenzó a interesarse en la poesía.

Tuvo una importante participación en la política como diputado local y distrital en Veracruz; era conocido por sus carácter temperamental que lo llevó a incitar varios duelos, uno de los cuales le dejó inútil el brazo izquierdo; otro le costó una estancia en prisión al asesinar a Federico Wolter; y el más importante, le valió el exilio, pues retó al general Luis Mier y Terán, gobernador del estado, a quien acusaba de la famosa matanza de partidarios de Sebastián Lerdo de Tejada, cuando por telégrafo recibió la indicación ordenada por el Gral. Porfirio Díaz de “mátalos en caliente y después averiguas”. Tras su estancia en prisión, apoyó la dictadura de Porfirio Díaz como “el poeta oficial” y más tarde, por pedido de Victoriano Huerta, dirigió El Imparcial. A la caída de Huerta se exilió en La Habana, Cuba, donde trabajó como profesor. Regresó a México, donde falleció el 12 de junio de 1928.

Se le considera uno de los precursores del modernismo en la poesía mexicana; su obra poética está fuertemente ligada a su vida, que los expertos han dividido en dos etapas. En la “primera etapa” (1876-1891) destaca el romanticismo heroico y el patriotismo, incluye poemas como Oda a Víctor Hugo, Voces interiores, Ojos verdes, A Gloria. Su “segunda etapa” (1892-1901), escrita tras su estancia en prisión, contiene poemas más íntimos y algunos, denotan desprecio a las autoridades, entre ellos destacan Venit hesperus, A una araucaria, Nox, Paquito, A Tirsa, etc. En vida solo editó Lascas (1901); sus poemas póstumos, publicados en diferentes medios, fueron recopilados en Poesías (1941). 

La oración del preso

¡Señor, tenme piedad, aunque a ti clame

sin fe. Perdona que te niegue o riña

y al ara tienda con bochorno infame!

¡Vuelvo al antiguo altar. No en vano ciña

guirnaldas a un león y desparrame

riego que pueda prosperar tu viña!

¡Líbrame por merced, como te plugo

a Bautista y Apóstol en Judea,

ya que no me suicido ni me fugo!

¡Inclínate al cautivo que flaquea;

y salvo, como Juan por el verdugo,

o como Pedro por el ángel, sea!

¡Habito un orco infecto, y en el manto

resulto cebo a chinche y pulga y piojo;

y afuera el odio calumnia en tanto!

¿Qué mal obré para tamaño enojo?

¡El honor del poeta es nimbo santo

y la sangre de un vil es fango rojo!

¡Mi pobre padre cultivó el desierto.

Era un hombre de bien, un sabio artista,

y de vergüenza y de pesar ha muerto!

¡Oh mis querubes! ¡Con turbada vista

columbro ahora el celestial e incierto

grupo que aguarda, y a quien todo atrista!

¡Y oigo un sordo piar de nido en rama,

un bullir de polluelos ante azores;

y el soplado tizón encumbra llama!

¡Dios de Israel, acude a mis amores;

y rían a manera de la grama,

que hasta batida por los pies da flores!

Ópalo

A la vieja necrópolis me arrimo;

y en el tumulto del desborde rimo

la postrera canción,

no conforme a la Lógica y al Arte,

sino según el verso brinca y parte

¡del mismo corazón!

Así surgida de la oculta vena

el agua pura se levanta y suena

en curva de cristal;

y al extremar la iridiscente ojiva,

toca en tierra y se alarga fugitiva,

¡caprichosa y triunfal!

¡Cuál voy! –El hombre labra su fortuna,

como el río su cauce; mas la cuna

y el medio siempre son

árbitros ¡ay! para las dos corrientes,

pues que dan a las linfas y a las gentes

¡impulso y dirección!

Si resulté raudal turbio de cieno

y espumante de cólera en un trueno,

en un fragor de alud–,

la margen verdeció, y un espejismo

puso en mí, como prez, el otro abismo:

¡el de la excelsitud!

Entro. –¡Hierbas y nichos y pendientes:

ponto con arrecifes rompientes!–.

Alzo del polvo un lar:

un caracol cuyo tortuoso hueco

reproduce al oído, como un eco,

¡el murmullo del mar!

Ando en maleza vil donde no hay ruta;

y el temor a una víbora me inmuta,

cuando aventuro el pie.

–Una virtud suprema y exquisita

baja del firmamento y precipita

¡la zozobra en la fe!

Lleno de la esperanza de la gloria,

y arrostrando la inquina, y en la escoria,

vuelvo al éter la faz,

miro esplender la eternidad del cielo,

y reporto a mis lágrimas consuelo

¡y a mis enconos paz!

Mi espíritu de bronce con acíbar

se torna cera que desprende almíbar.

D’Annunzio dice bien:

la sazón lleva plácido atributo,

y dulcifica el alma, como el fruto,

¡aunque mina el sostén!

Con los jaspes del ónix mexicano

la tarde brilla en el inmenso vano,

en la veste de Ormuz;

y el pobre y aflictivo cementerio

refleja en su abandono y su misterio

¡la policroma luz!

Un adiós, hecho turba de colores,

como el de triste madre suelto en flores

a muerto chiquitín,

radia en el dombo, que prepara luto

y luminaria, por el sol hirsuto

¡que cayó en el confín!

Al rincón venerable llego al cabo.

Hurgo la herida con el propio clavo,

memoro trance cruel;

y ante un espectro gemebundo y bronco,

reclino intenso afán en firme tronco

¡de cercano laurel!

Trepadora vivaz orna la tumba,

que el estrago del tiempo se derrumba,

exenta de inscripción:

y en la cruz una ráfaga menea

follaje que parece que chorrea

¡lastimero festón!

Laúd solemne, sensitivo y pulcro,

enmudeció a la orilla del sepulcro

que atesta olvido tal...

a ti mi libro fiel. ¡Oh poesía,

honrada solamente por la mía

y la de un vegetal!

Y a vos dama gentil, soberbia y dura,

que guardáis en desdén y en hermosura

¡un cadáver de amor!

planto y riego distinta enredadera

para que gane cumbre más severa

¡ídolo superior!

A un jornalero

Lírica gracia exorna y ennoblece

¡oh proletario! Tu mansión mezquina:

el tiesto con la planta que florece,

la jaula con el pájaro que trina.

Sospechoso el tugurio no parece,

cuando hay en él, como señal divina,

el tiesto con la planta que florece,

la jaula con el pájaro que trina.

¡Lúgubre la morada que guarece

miseria que no luce, por mohína,

el tiesto con la planta que florece,

la jaula con el pájaro que trina!

¡Siniestro el pobre que de hogar carece,

o a su triste refugio no destina

el tiesto con la planta que florece,

la jaula con el pájaro que trina!


Escrito por Redacción


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