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Juventud triste
Esa fuerza juvenil tiene que organizarse y luchar si quiere otro futuro. No tiene otra alternativa.
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Tengo el privilegio de contar con compañeros profesores de diferentes niveles educativos con quienes puedo conversar con frecuencia y aprovechar sus valiosas experiencias. En esta ocasión quiero dedicar mi trabajo semanal a compartir con los lectores algunas de las vivencias de maestros de educación media y media superior con quienes intercambié ideas recientemente. Entre otros temas, con respecto al inminente ataque del Covid-19 y a las posibilidades de defensa de los muchachos y sus familias.

En su opinión, las posibilidades de defensa efectiva resultaron casi nulas: no hay seguridad para dirigirse a una institución y solicitar un examen ni se sabe cuáles son las posibilidades reales de que un hospital reciba a un enfermo, lo interne y le proporcione los medicamentos y el tratamiento adecuados. No obstante, los maestros ya estaban organizados para que la planta docente pudiera prestar algún auxilio de información, gestoría y, en caso necesario, presión para que se atendiera a algún joven o a algún familiar suyo que resultara enfermo. Ojalá y no lleguen a necesitarlo.

Pues bien, en medio de esa conversación, alguien dijo que era notorio que los muchachos, sus alumnos, estaban más pobres que el año pasado. Y eso es lo que quiero compartir hoy con mis posibles lectores. La mitad de los alumnos viven únicamente con uno de los padres de familia o están a cargo de los abuelos –dijo un maestro– y, tanto el padre como la madre solos o los abuelos, requieren de apoyo para subsistir, por lo que muchos jóvenes trabajan para ayudar a la familia. Se emplean como cerillos en tiendas de autoservicio donde el salario depende de las propinas, se emplean, también, como cargadores y en reiteradas ocasiones faltan a la escuela porque no soportan los intensos dolores del cuerpo, su jornada es extensa y su pago mínimo. Estamos hablando de una secundaria.

Otro caso, éste el de un bachillerato. La matrícula ha disminuido hasta en un 25 por ciento, desde que se canceló el programa Prospera “que beneficiaba a todos los integrantes de la familia”, pues millones de hogares han sufrido una disminución drástica de sus ingresos netos, las condiciones han empeorado en la región,  porque ahora tienen que trabajar el papá, la mamá y los hijos mayores de 13 años, los cuales ya no siguen estudiando al terminar la primaria; hecho inusitado: todos los que ingresaron en el último ciclo pidieron prórroga para el pago de la inscripción “para cuando paguen la beca Benito Juárez” (que no les llega a todos los jóvenes y cuyas fechas de entrega con frecuencia se posponen); quince jóvenes solicitaron condonación del pago de inscripción, pero las oficinas centrales solo autorizaron ocho, cabe destacar –dijo un docente– que de esos siete alumnos restantes, dos no pudieron pagar de plano y se les apoyó mediante una colecta que se realizó con la colaboración del grupo de danza.

En uno de los bachilleratos, los maestros aplicaron una encuesta y encontraron que el 28 por ciento de los estudiantes tiene un trabajo de medio tiempo o los fines de semana, la mayoría con jornadas extenuantes que consumen sus energías; en el cuestionario se halló que se dedican a ayudantes de construcción, peones en ranchos ganaderos, recolectores de fresa, panaderos, ayudantes en un mercado, meseros, cerillos, vendedores en mostrador, repartidores y cargadores; claro, sin ningún tipo de prestaciones; los mayores de ellos apenas llegan a los 18 años.

Una consulta o un medicamento es casi imposible. La gran mayoría de los muchachos son tratados con alguna medicina que ya exista en el hogar o con nada. En cuanto a los uniformes del bachillerato, cada vez es mayor el número de padres de familia que no pueden cumplir con el plazo del día del desfile del 16 de septiembre y, en una escuela, algunos padres pidieron que se ampliara hasta el 30 de septiembre, no obstante, pudieron cumplir hasta el 20 de noviembre. ¿Sabe usted o se imagina qué sienten esos estudiantes que no pueden asistir a la escuela uniformados como el resto de sus compañeros? ¿Cuál será su agradecimiento hacia la sociedad que así los trata?

Cada vez es más frecuente escuchar a los estudiantes que solo van a terminar el bachillerato, muchos de secundaria dicen que solamente la secundaria y que se van a poner a trabajar, que el estudio no sirve para nada o casi para nada. En tales condiciones, el interés por estudiar, presentar trabajos o tareas, es casi inexistente. De esa realidad no van a salir los intelectuales de excelencia que necesita México para desarrollar los conocimientos científicos y tecnológicos que nos permitan salir de la postración; ni aparecerán los posibles descubridores de una vacuna contra el Covid-19. La patria del mañana está en el abandono.

“La pobreza –dijo una maestra de secundaria– la violencia, la pornografía, la prostitución y las adicciones nos están ganando la batalla… la mayoría de los jóvenes asistentes a nuestra escuela provienen de las colonias marginadas; la situación económica los obliga a decidir entre comer o pagar pasaje para asistir a clases y hay que tomar en cuenta que tienen que caminar atravesando calles en mal estado de iluminación, exponiendo su integridad física por los altos índices de violencia que existen en esa zona”.

Hay quienes llegan a la escuela sin desayunar –una maestra de bachillerato, de cuya seriedad no tengo duda, asegura que son el 50 por ciento– o han desayunado café con pan; otros viven en hogares en los que se cuentan las tortillas para que alcancen para todos. Algunos padres de familia han optado por llevar alimentos a sus hijos a la hora del receso, pero los que trabajan no llegan y los muchachos compran “un dulce”. Más jóvenes de los que cabría esperar por la salud de la que debieran gozar, presentan dolores de estómago.

Amigo lector: adrede no mencioné los nombres de las escuelas en las que laboran los maestros ni el estado o la región a la que pertenecen; si no crees lo dicho, no importa; si lo crees, no te asombres; si es la realidad de tu estado o tu región, si son tus vecinos o tus hijos, en todo caso, me gustaría que pensaras como yo: esa fuerza juvenil tiene que organizarse y luchar si quiere otro futuro. No tiene otra alternativa. Para todas esas criaturas que, con la demagogia de la 4T, seguramente, son felices, felices, felices, trabajo yo y les dedico una lágrima y un puño en alto. 

 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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