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Arnulfo Alberto Emiliano
Donald Trump: extrema derecha con ropaje populista
La versión de derecha que representa Trump es sin duda la más reaccionaria en mucho tiempo.


El magnate Donald Trump volvió a derrotar a la clase profesional-gerencial que controla al Partido demócrata en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos (EE. UU.); ya es hoy el nuevo presidente de una potencia decadente que busca desesperadamente formas de recuperar el poder e influencia de antaño a como dé lugar. 

La historia de enfrentamientos bélicos se repite, en este momento como farsa, pero potencialmente también como tragedia, el resultado dependerá de que la clase trabajadora pueda movilizarse eficazmente para impedir la barbarie que posiblemente se avecina. 

La versión de derecha que representa Trump es sin duda la más reaccionaria en mucho tiempo. Es una derecha que no esconde ni disimula sus posiciones abiertamente fascistas o filofacistas, nacionalismo oscurantista, guerrerismo, ignorancia teórica y reaccionarismo ideológico. Quizá desde la Segunda Guerra Mundial, con Hitler a la cabeza, no habíamos tenido un régimen abiertamente racista y darwinista.

Este movimiento se ha aprovechado del enojo y el resentimiento de la clase trabajadora multirracial estadounidense, que se ha empobrecido brutalmente en las últimas décadas mientras los ricos acumulan capital groseramente. Para muestra basta ver cómo la fortuna de los cinco hombres más ricos del mundo, la mayoría de los cuales son estadounidenses, ha crecido un 114 por ciento sólo de 2020 a 2024, mientras que la riqueza en manos del 60 por ciento más pobre ha disminuido en el mismo periodo, de acuerdo con datos de la Oxfam.

Trump y su camarilla sólo defienden los intereses de la clase trabajadora de palabra, en los hechos buscan recortes de impuestos para los ricos, eliminación de programas sociales, aumento de gasto militar, etc. 

Pero si los novísimos movimientos neofascistas no representan a la clase trabajadora de EE. UU., tampoco lo hace el establishment liberal demócrata, que ha contribuido a la creación del monstruo que tenemos enfrente gracias a su renuncia de la defensa de los intereses materiales y espirituales de los más pobres. Desistieron de la lucha de clases en favor de un colaboracionismo con los ricos que dejó acéfala a la sociedad norteamericana de un movimiento de vanguardia que dirigiera y articulara todas las luchas aisladas de las mayorías empobrecidas.

¿Cuál es la ruta que debe seguir el Estado mexicano ante la renovada agresividad norteamericana? Sin duda debe buscar la diversificación de sus socios comerciales mediante, por ejemplo, la profundización de sus relaciones con los países del Sur Global, sobre América Latina por su cercanía geográfica y cultural, y Asia, por su importancia económica. Ante todo, deberá buscar el acercamiento con China y los países del BRICS, por su carácter estratégico.

La mayor parte del crecimiento económico de los últimos 20 años ha ocurrido en las regiones más pobres del mundo, por lo que las oportunidades son más numerosas y reales ahí que en las decadentes metrópolis de Norteamérica o Europa.

Paralelamente, debe aprovecharse este cambio de condiciones para impulsar de manera seria un nuevo modelo económico que tenga como un eje prioritario la instrumentación de una nueva política industrial que nos permita romper la cadena de dependencia con las potencias imperiales, que se profundiza sobre todo en el sector tecnológico. Urge romper esta subordinación histórica mediante la inversión pública decidida en la educación y la investigación científica del más alto nivel, que permita alcanzar en poco tiempo la soberanía tecnológica. 

Lamentablemente, la actual administración morenista no ha aplicado ninguna estrategia seria para contener los efectos negativos de las decisiones de Trump sobre la economía. La actitud del gobierno hasta ahora se podría calificar de positividad toxica, es decir, esta creencia de que con mostrar confianza excesiva los efectos serán menos severos para los trabajadores. El gobierno mexicano debe tomar con seriedad la amenaza autoritaria del norte y no caer en el pensamiento mágico de que el país puede salir inerme en un enfrentamiento con el ogro gringo en las condiciones prevalecientes.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha salido a decir que “la economía mexicana es fuerte”. Sin embargo, la realidad es otra. El 80 por ciento de las exportaciones mexicanas van hacia EE. UU. Estas exportaciones representan el 40 por ciento del total de la riqueza generada en un año. Los efectos de los aranceles que pretende imponer Trump serán catastróficos para la economía, por decir los menos, pues un mar ingente de mercancías no encontrará un mercado inmediato donde colocarse, lo que provocará el cierre de fábricas y el despido de trabajadores complicando el panorama de por sí ya sombrío de la economía.

Lo cierto es que el TLCAN y luego el TMEC han resultado un fracaso absoluto en México para las mayorías trabajadoras. Nunca se crearon los empleos prometidos, pero sí se perdieron millones en el campo, lo que provoco el éxodo masivo de migrantes hacia EE. UU. Durante los 90 e inicios del nuevo siglo, hasta medio millón de mexicanos cruzaba la frontera ilegalmente. Además, los salarios apenas crecieron en este periodo. Por otro lado, la concentración de la riqueza avanzó al grado que llegamos a tener al hombre más rico del mundo.

La base industrial se desmanteló en favor de una manufactura de bajo valor agregado que se benefició de la superexplotación de los trabajadores, de los pocos impuestos que se les cobraba y de una regulación laxa comparada con la de otros países. En suma, pobreza, desigualdad, migración, atraso y dependencia es lo que ha traído nuestro acercamiento con EE. UU. en los últimos 30 años.

Y a pesar del monumental fracaso de la supuesta integración norteamericana, las élites mexicanas apiñadas en Morena siguen defendiendo este modelo porque les beneficia a ellas directamente, pero no a los trabajadores, mientras que Trump busca extraer aún más excedente social del país para seguir amasando las fortunas de los capitalistas norteamericanos. El gobierno mexicano contribuye de buena gana a ello. La clase trabajadora no debería aceptar el actual estado de cosas sin luchar.

Es momento para México de cambiar la estrategia, concentrarnos en el desarrollo interior y mirar hacia nuevos horizontes, buscando nuevos socios comerciales con quienes establecer una relación económica basada en la cooperación y la ayuda mutua y que contribuya realmente al desarrollo integral sentando las bases para la consolidación de un mundo multipolar, antes de que sea demasiado tarde. Desafortunadamente, el gobierno mexicano no está interesado en esto, por lo que deben ser los propios trabajadores organizados quienes demanden una nueva y radical dirección para el país. 

Después de 80 años de aparente orden, la historia se empieza a repetir. Todas las circunstancias apuntan hacia una nueva lucha de las potencias imperiales, con EE. UU. a la cabeza, por reordenar el mundo de acuerdo con sus intereses. Cualquier movimiento en falso puede desatar la lucha bélica abierta. Nadie puede hacerse el sorprendido. Cuando Trump plantea anexarse Canadá y Groenlandia, esta decisión no es gratuita, lo que busca es consolidar al imperio estadounidense como la entidad política más grande del mundo con miras a garantizarse el control de todos los recursos naturales y materiales para asegurar su hegemonía mundial por las décadas que siguen. Cuando amenaza con atacar militarmente a México, está buscando ampliar su área de influencia económica y una fuente de mano de obra barata para los mismos fines de dominación, por más que disfrace sus verdaderas intenciones con la envoltura del combate contra el narcotráfico. Por esto, la clase trabajadora debe acelerar su organización y consolidación en un partido proletario que le permita defender al país ante estas nuevas amenazas e incidir efectivamente en el futuro de la humanidad. La gran nación mexicana está llamada a ocupar un papel preponderante en la nueva lucha por el futuro, encabezada por el pueblo pobre educado y aglutinado como un solo hombre. 


Escrito por Arnulfo Alberto

Maestro en Economía. Candidato a doctor por la Universidad de Massachusetts Amherst, EE.UU.


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