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Porfirio Barba Jacob, un poeta colombiano en México
Hondo mensaje en el que llama a los jóvenes a no desperdiciar el tiempo; sabiduría envuelta en una perfección formal digna de un gran poeta y conquistada a fuerza de derrochar la propia vida y salud.
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Con el Modernismo, por primera vez en la historia de la poesía, inicia un movimiento que, rompiendo la tendencia eurocentrista, parte de Hispanoamérica e irrumpe en la escena literaria mundial; una multitud de poetas, en su mayoría en lengua española, hace oír su voz; muchos de los modernistas tienen un rasgo en común: son viajeros, recorren la convulsa América y el mundo en alas de la política, la diplomacia, las luchas libertarias y la aventura. Varios de ellos acabarán sus días en forma trágica, inexplicable, violenta, víctimas de sus propios excesos o aquejados por enfermedades hoy curables (en esto se asemejan a tantos románticos, de cuya ruptura decimonónica parecen ser los continuadores).

Uno de estos complejos personajes fue el colombiano Miguel Ángel Osorio Benítez, quien en vida adoptara numerosos seudónimos, desde los que puede adivinarse ya su posición en favor de las causas populares: Juan sin miedo, Juan sin tierra, Juan Azteca… hasta adoptar la que sería su firma hasta la muerte: Porfirio Barba Jacob.

Su apasionante biografía registra el ir y venir de un poeta que, para ganarse el sustento ejerce el periodismo, primero en su natal Colombia y luego en varios países de América, fundando revistas y colaborando con importantes medios de todo el continente. Por criticar al régimen de Porfirio Díaz, fue encarcelado en México durante seis meses, siendo liberado por los revolucionarios; posteriormente, es expulsado al publicar su crónica El combate de la ciudadela narrado por un extranjero, en la que relata los sucesos de la Decena Trágica y el asesinato del presidente Madero. En 1920 está de vuelta en México, pero no por mucho tiempo: sus escritos contra régimen de Álvaro Obregón provocan su expulsión del país; en 1930 volverá a tierras mexicanas, después de una accidentada cadena de arraigos y destierros, para no irse más.

Su vida itinerante explica en parte por qué a menudo no se ubica a Barba Jacob en la lista de los principales poetas modernistas colombianos; la otra explicación es su pertenencia tardía a dicho movimiento, cuando las condiciones históricas daban paso ya a otras formas de expresión lírica. En 2009, el Fondo de Cultura Económica publicó Escritos Mexicanos, una compilación de su prosa en la prensa mexicana (El Independiente, Churubusco, El Pueblo, El Heraldo de México, El Demócrata, Cronos, Excélsior y El Universal), que constituye “Un recorrido de casi treinta años por los más importantes acontecimientos de la primera mitad del Siglo XX: guerras y revoluciones, gobiernos y tiranías; así como casos insólitos de brujerías, canibalismo, crímenes y aparecidos”.

Si Cantos de vida y esperanza, del nicaragüense Rubén Darío puede considerarse una obra “primaveral”, el invierno lírico de Barba Jacob es evidente; al azul rubendariano, optimista, triunfal, del mañana promisorio se opone la visión sombría del colombiano en Lamentación de octubre; pero este poema, lejos de ser decadente, es ejemplo de un modernismo sin estridencias, con una completa asimilación de la musicalidad y sin que las alusiones al pasado medieval o “exótico” sean demasiado obvias. Desde el título, Barba Jacob expresa la angustia de un hombre que arriba al invierno de la vida sin haber sentido hasta ahora la fugacidad con que ésta ha transcurrido y mira hacia atrás con nostalgia. Todos los ancestrales anhelos humanos –agitados por soplos de centurias–, amor, belleza, juventud, trascendencia, heroicidad, desfilan vertiginosos y huyen sin remedio, mientras el poeta descubre la inexorable fuga del tiempo y reconoce que ha perdido la oportunidad de apreciar, de manera consciente, todos los dones que estaban ante sus ojos y pasaron inadvertidos. Hondo mensaje en el que llama a los jóvenes a no desperdiciar el tiempo; sabiduría envuelta en una perfección formal digna de un gran poeta y conquistada a fuerza de derrochar la propia vida y salud.

Yo no sabía que el azul mañana

es vago espectro del brumoso ayer;

que agitado por soplos de centurias

el corazón anhela arder, arder.

Siento su influjo, y su latencia, y cuando

quiere sus luminarias encender.

Pero la vida está llamando,

y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que tu sol, ternura,

da al cielo de los niños rosicler,

y que, bajo el laurel, el héroe rudo

algo de niño tiene que tener.

¡Oh, quién pudiera de niñez temblando,

a un alba de inocencia renacer!

Pero la vida está pasando,

y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que la paz profunda

del afecto, los lirios del placer,

la magnolia de luz de la energía,

lleva en su blando seno la mujer.

Mi sien rendida en ese seno blando,

un hombre de verdad pudiera ser...

¡Pero la vida está acabando,

y ya no es hora de aprender!


Escrito por Tania Zapata Ortega

COLUMNISTA


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