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Brújula
Madres buscadoras, insensibilidad oficial
¿Qué puede hacer un padre cuando su hijo no aparece?


Hace más de cincuenta años, se asustaba a los niños con el robachicos; los infantes veían con desconfianza a cualquier extraño que se les acercaba. Pero los robachicos ya no son una leyenda urbana, se convirtieron en una trágica realidad. El más espantoso dolor y calvario para los padres que, el día menos pensado, ven a sus hijos salir a la tienda, a jugar a las calles, con unos amigos a una fiesta o de vacaciones y ya no regresan: desaparecen, se pierden para siempre.

La cifra va creciendo; más de 130 mil desaparecidos de los que nadie sabe, sobre los que el gobierno no hace el intento de saber qué pasó; ni siquiera se preocupa de que algún caso haya generado una reacción en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que declara que en México existe una crisis de desapariciones forzadas; y mientras tal violencia ya es un asunto internacional, las autoridades mexicanas minimizan el caso, reducen las cifras y buscan explicaciones: niegan descaradamente que sean desapariciones, salen a explicar que los jóvenes no están desaparecidos sino que “se van con los novios”, entre otros señalamientos de esta naturaleza.

Tal lentitud en la búsqueda sólo se explica porque, al final, no se busca lo que de antemano se sabe dónde se encuentra. Y la respuesta es terrible: fueron “enganchados” por el crimen organizado mediante alguno de sus muchos tentáculos: los estupefacientes, trata de blancas, etc., y lo único seguro es que no regresarán. Se necesita carecer de toda humanidad para cerrar los ojos ante el dolor y la desesperación de los padres que, conforme pasan los días, su agonía crece; en este país, todos imaginamos lo que pudo haber sucedido, las pesadillas por las que atraviesan los hijos violentados antes de perecer.

¿Qué puede hacer un padre cuando su hijo no aparece? La inercia lo lleva a acudir pronto y denunciarlo a las autoridades; pero ahí encuentra la insensibilidad de funcionarios ya amañados, por lo que inicia el peregrinar de oficina en oficina. Los padres saben que cada minuto cuenta para encontrar con vida al familiar; pero la justicia camina a paso de tortuga, no hay empatía, no se ponen “en los zapatos del otro”. Por eso, los familiares comienzan la búsqueda, indagan, tocan puertas, van de aquí para allá buscando alguna pista. Pero conforme pasa el tiempo, las esperanzas de encontrar con vida a sus seres queridos van disminuyendo; además, no sólo se requiere dedicar tiempo a la búsqueda, también se necesitan recursos econóimicos. Al final, los padres se quedan solos pero no pueden claudicar; el hijo de las entrañas duele cada vez más conforme pasa el tiempo, con la impotencia de no saber qué más hacer; recorren cerros, descubren fosas clandestinas, se exponen al peligro al exhibir la barbarie del crimen organizado.

Esa misma desesperación de saber qué pasó o encontrar al menos el cuerpo del ser querido los lleva a una interminable búsqueda para poseer siquiera la certeza de que yace junto a sus seres queridos; por eso las madres se organizan para seguir buscando, gastando en ello hasta sus últimas energías y ahorros, descuidando el hogar, porque es cierto, ¿quién puede descansar si el hijo querido no regresa a casa?

Por eso se entiende que aprovecharan el escenario del Mundial de Futbol para manifestarse, esperando que al fin las atendieran. No fue así, sólo recibieron maltratos de las autoridades, vallas de granaderos o cercos para impedir su avance. Y lo de siempre, declaraciones al más alto nivel de gobierno que, abusando de su poder, ponen en duda que existan las madres buscadoras; salen con su sainete de que éstas “tienen intereses políticos ocultos”, que “únicamente quieren afectar la imagen del gobierno” actual, que “de dónde sacan los recursos para movilizarse”, pero en ningún momento les ofrecieron una solución; en lugar de encontrar la comprensión y el apoyo de la Presidenta, sólo recibieron la burla porque, según Claudia Sheinbaum, la comisión oficial para la búsqueda de las víctimas era más numerosa que los manifestantes.

Pero no todos ríen ante esta tragedia, ni detendrán su lucha mientras no aparezcan los ausentes. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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