Las plataformas digitales tienen sólo un mes para ajustar sus sistemas de protección; pero, no determinó sanciones por incumplimiento.
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En redes sociales y al navegar en Internet, nos encontramos con un fenómeno inquietante, la plataforma predice nuestros gustos, nos muestra de qué tema hablamos, incluso acierta en lo que estábamos pensando. Ante esto, solemos decir que el teléfono nos escucha. Pero, siendo objetivos, es muy difícil que empresas como Google mantengan el micrófono encendido todo el tiempo. Sencillamente, ya no es necesario, han perfeccionado el uso del famoso “algoritmo”.
Mucho antes de que existiera la informática, la humanidad ya usaba algoritmos. Hace más de cuatro mil años, en Babilonia, se registraron instructivos para dividir granos o calcular terrenos. El más célebre de la antigüedad es el Algoritmo de Euclides (300 a.C.), que servía para hallar el máximo común divisor mediante axiomas rígidos: “Paso 1: resta el número pequeño del grande. Paso 2: si son iguales, termina; si no, repite”. Durante siglos, la humanidad usó estas recetas matemáticas para la astronomía y la navegación con un lápiz y papel siempre.
La verdadera revolución llegó con Ada Lovelace y Alan Turing. Ellos diseñaron máquinas capaces de leer instrucciones universales en tarjetas perforadas. De repente, la misma instrucción podía sumar números o mover un telar.
Sin embargo, el gran salto que confunde a todos, ocurrió cuando los algoritmos ya no fueron escritos por humanos y empezaron y se volvieron autónomos. Eso es el Machine Learning. El algoritmo ya no se conforma como instrucción fija y se convierte en un mecanismo de prueba-error que optimiza sus propias reglas para acertar.
Este mecanismo ahora es empleado por plataformas como Instagram o Tik Tok; pero, cuidado, no es un solo ente, sino el ejército de instrucciones trabajando en cadena.
Convierte todo a números. Tus videos, fotos, el tiempo que detienes el dedo en un reel, incluso tus pausas de cinco segundos, se transforman en vectores matemáticos. De los millones de videos subidos cada hora, usa un primer algoritmo rápido para descartar el 99 por ciento en milisegundos. Sólo deja los que “cree” que podrían gustarte según tu historial. Toma esos 100 candidatos y les asigna una puntuación. No atiende lo “bonito” o “verdadero”, sino la probabilidad de que te enganches: ¿Le darás “me gusta”? ¿Lo compartirás? ¿Te quedarás viéndolo 15 segundos más? Cada vez que haces scroll; cada microexpresión (como detenerte 0.5 segundos en un video de perros) es un dato que convierte nuevamente todo en números.
El algoritmo de las redes sociales busca la retención (que no apagues el teléfono). Es la herramienta perfecta para que empresas como Meta mantengan a los usuarios pegados a la pantalla, asegurando así ingresos millonarios por publicidad y la venta de datos a terceros.
Pero esta lógica no es inocente ni neutral. Bajo el capitalismo, el usuario ya no solamente es un cliente sino también el producto; su atención y su comportamiento se vuelven mercancía. El algoritmo se ha convertido en un “sofisticado aparato de hegemonía” que traslada la lucha de clases al ámbito digital. Los trabajadores de plataformas (repartidores, conductores) no tienen un jefe humano visible, sino un algoritmo opaco que les dicta rutas, tarifas y castigos, incorpora la lógica capitalista de control y previsibilidad.
Esta dinámica genera dos fenómenos profundos. Primero, la alienación: el algoritmo provoca la enajenación que va de lo material a lo cognitivo y espiritual, que se evidencia en la manipulación de nuestra conducta y la colonización de nuestra conciencia. El trabajador queda atrapado en el algoritmo, aislado y sin control sobre su propio trabajo. Segundo, el fetichismo: el algoritmo se presenta como un ente mágico e inapelable, que oculta las relaciones sociales de explotación subyacentes. Es el “fetichismo tecnológico” moderno donde olvidamos que el algoritmo surge del trabajo humano bajo el dominio del capital.
Por todo esto, la acción para contrarrestar este sistema no puede ser individual. Borrar redes sociales o usar software de código abierto, aunque loable, resulta insuficiente y representa solución idealista y pequeñoburguesa si no va acompañada de un cambio estructural. La verdadera transformación radical debe atacar la raíz del problema: la propiedad privada de los datos y de los medios de cómputo. Mientras los centros de información y el código-fuente estén en manos de unos pocos monopolios, el algoritmo fungirá como un látigo del capital. La salida está en la organización colectiva, la expropiación de estas infraestructuras y su perfilamiento hacia las necesidades de las mayorías, no del beneficio privado.
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Escrito por Alexis Heras
Colaborador