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Retorno a la creatura, de Pablo Guevara
El poemario incluye su conocido poema "Mi padre, un zapatero", que ha formado parte de numerosas antologías, gozando del aprecio de varias generaciones de lectores y letrados peruanos que han sentido latir en él la vida de su pueblo.
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Oh privilegio, oh pueblo, gracia

que he recorrido solo en latidos.

 

En abril de 1957, en Madrid, la revista de literatura Cuadernos Hispanoamericanos publicaba, en su número 88, el poemario Retorno a la creatura, del peruano Pablo Guevara Miraval (1930-2006), edición que incluía su conocido poema Mi padre, un zapatero, que desde entonces ha formado parte de numerosas antologías, gozando del aprecio de varias generaciones de lectores y letrados peruanos que han sentido latir en él la vida de su pueblo. Tal vez lo que haya favorecido su permanencia en el gusto desde entonces es esa calidez con que narra la historia de un hombre sencillo, un artesano, desde la óptica del hijo, que lo ve convivir con sus amigos en el próspero caos de su taller, mientras su juventud, salud e ilusiones se consumen. La decadencia del zapatero, que “fue bueno a pesar de las ruinas” también se presenta desde la óptica de ese niño en que el lector se ha convertido sin sentirlo, ese niño que se aferra a un cadáver que compara con “una cosa usada, un zapato o un traje”. Si en vida el zapatero se distingue del resto de los hombres, cuando languidece y muere se convierte en parte del taller, de las calles, de la ciudad, incorporándose a la historia no contada de los hombres que construyen esta vida y cuyos rostros muy pocos recuerdan.

 

Tenía un gran taller. Era parte del orbe.

Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,

él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.

Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre

con Bazetti y mi padre navegando en el patio

y el amable licor como un reino sin fin.

Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas

que alcancé a acariciar.  Fue pobre como muchos,

luego creció y creció rodeado de zapatos que luego

fueron botas. Gran monarca su oficio, todo creció

con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad.

Pero algo fue muriendo, lentamente al principio:

su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión;

algo se fue muriendo con esa gran constancia

del que mucho ha deseado.

Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,

como una cosa usada, un zapato o un traje,

raíz inolvidable quedó solo y conmigo.

Nadie estaba a su lado. Nadie.

Más allá de la alcoba, amigos y familia,

qué sé yo, lo estrujaban.

Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.

 

En Retorno a la creatura, Pablo Guevara desarrolla el tema del anónimo discurrir de los trabajadores por la historia de los pueblos, ese fluir en el tiempo dejando apenas un recuerdo vago. Mi padre, un zapatero abre el poemario con una vívida etopeya y lo cierra La noche en la ciudad, que el poeta fecha en 1954, y que describe la anónima continuidad en las vidas de los verdaderos constructores de la historia, cuyo recuerdo se pierde sin remedio a menos que alguien –el poeta– lo rescate del olvido.

 

Cuando la noche se precipita en la ciudad,

ciertas calles profundas restablecen la historia

cotidiana de los hombres que pasan. Cuerpos que han

pasado marchitos como hojas, solitarios, algunos parecían

teas vivas llevadas por el tiempo; otros cruzaban,

lentos, vegetaciones sólidas mientras el odio, atentamente, los guiaba.

Y cuando un hombre, espejo de milagros,

distingue la ambición más pura de las calles,

el mundo en algún sitio empieza a hacerse joven. 


Escrito por Tania Zapata Ortega

COLUMNISTA


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