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Amanda Berenguer
Tomando como lema “Ostinato rigore” de Leonardo Da Vinci, experimentó con las formas clásicas de la poesía, con la poesía visual y con las modulaciones de su voz en Dicciones. Su libro La dama de Elche obtuvo el premio de Poesía del Ministerio de Educació
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Comunicaciones

 

Urge el pensamiento conectando

¿Se siente? ¿Alguien entre líneas?

¿Errata? ¿Paréntesis? ¿Qué signo?

¿Escuchan?

(La claridad del lenguaje

tiene apenas

la intensidad ambigua del poniente)

Estamos aquí, lanzados a la noche

terrestre, apretujados,

aquí, en la noche terrestre, aquí

en la noche terrestre.

De nuevo el hilo

el cable roto, el deslumbrante

cortocircuito.

¿No oyen? ¿No se oye?

Palabras mías, insensatas,

hechas de furor y de locura,

cuantiosa tesitura negra

a borbotones desbordándose

hacia dentro, hacia

el fondo

interpolado de rígidas luciérnagas.

 

Tiembla y destella, hace señales,

todas son huellas de la eternidad,

enumeradas y prolijas,

cuernos de caza, al mundo

aullidos de perros, está el desierto,

toques de peligro, inútilmente,

pasos cambiados, ¿dónde?

Campanas para niebla, una piel fosforescente,

pedidos de auxilio, y envenenada,

sirenas de patrulleros, llamando,

gritos de alarma, solo, solo, solo,

bocinas de ambulancias, se hace tarde,

quiero saber si se hace tarde.

 

Un código de emergencia,

un vaso de agua, un hueso

para la inteligencia,

un alfabeto de clave radioactiva,

o telepática, o nuclear,

o una sustancia de amor

para esta extrema ubicación,

25 de abril de 1963, otoño,

en mi casa, hemisferio austral,

aparentemente a la deriva.

 

¿No quieres venir a llorar conmigo?

Hay algo

la ciruela morada cayó del árbol

una nube oscurece plácidamente

la habitación/ ¿nadie?

goteaba la canilla de la cocina

serena y suave

te necesito

estoy

descendiendo por una escalera mecánica

que me lleva a ciegas

¿soy yo?

Sin embargo me veo sentada a la mesa

escribiendo y

“cuando quiero llorar no lloro

y a veces lloro sin querer”.

 

Hermano mío

haremos una reunión

plañidera en las entrañas de la angustia

el tiempo nos mira y nos engaña

¿trampa? ¿alucinación?

La ciruela morada

cayó del árbol

–lo siento

dijo el viento

y pasó de largo

llevándose lo más querido

y aquí estoy

en el borde mismo

de lo que no sabemos/en este rincón

de la casa/ te necesito/óigame quien me oiga

¿quieres venir a llorar conmigo?

 

Tarea doméstica

Sacudo las telarañas del cielo

desmantelado

con el mismo utensilio

de todos los días,

sacudo el polvo obsecuente

de los objetos regulares, sacudo

el polvo, sacudo el polvo

de astros, cósmico abatimiento

de siempre, siempre muerta caricia

cubriendo el mobiliario terrestre,

sacudo puertas y ventanas, limpio

sus vidrios para ver más claro,

barro el piso tapado de deshechos,

de hojas arrugadas, de ceniza,

de migas, de pisadas,

de huesos relucientes,

barro la tierra, más abajo, la tierra,

y voy haciendo un pozo

a la medida de las circunstancias.

 

Primavera I

Hay veces en que estamos sobre el mundo

para ver la espantable maravilla,

en que vemos nacer la primavera

bajo un grito mortal, como los niños.

Hay veces tan difíciles, y estamos

de pie, en la irrespirable tolerancia

de la tierra, entre luces de peligro,

comiéndonos las uñas, escribiendo

una letra con tierra sobre el cielo,

para vernos el hasta dónde, el hasta

cuándo, y vernos a veces como muertos

con los huesos floridos, así reyes

yacentes y enjoyados. Para vernos.

Y hay veces entre otras, tan serenas,

en que vamos de sombra, y no se ve.

 

El vidrio negro

El cono de la lámpara me pone a foco

más cerca

más nítida

me veo y me ven

la imagen con fantasma ajustará sus círculos

y no sé si cubrirla ya con un paño de lágrimas

el recuadro de una silla enmarca la lluvia

sobre el vidrio negro

el árbol en lo oscuro

inclina del otro lado sobre mi hombro

su brillo cubierto de hilos

–la ventana es un ojo

un dragón de tinta–

esa torcaza colgada a mis espaldas

proyecta una espiral amarilla

y mostacillas de fósforo le queman las alas

–se repite–

el vidrio negro nos envuelve malignamente:

la ventana es una célula encapuchada

una mirada fotográfica

un revólver

el cono de la lámpara me pone a foco

está sentada vestida de rojo escribiendo

mira de vez en cuando la ventana

la lluvia sobre el vidrio negro

le apuntan:

es un blanco perfecto.

 

Amanda Berenguer

Nació en Montevideo, Uruguay el 24 de junio de 1921. Estuvo casada con el escritor José Pedro Díaz y ambos fueron parte de la generación del 45. Su casa en la calle Mangaripé era el epicentro de un gran movimiento cultural al que asistían Mario Arregui, Ida Vitale, Ángel Rama, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y José Bergamín, con quien los unió una profunda amistad.

Como parte de su movimiento, compraron la imprenta Minerva y fundaron el sello La Galatea, en donde se publicó la primera obra de Amanda: Elegía por la muerte de Paul Válery (1945). Luego coordinó, junto a los hermanos Rama, el mítico sello Arca, en donde vio la luz la mayor parte de su obra.

Tomando como lema “Ostinato rigore” de Leonardo Da Vinci, experimentó con las formas clásicas de la poesía, con la poesía visual y con las modulaciones de su voz en Dicciones (1973). También escribió sobre su propia poética y reunió muchas de sus entrevistas en El monstruo incesante (1990).

Recibió el Premio del Ministerio de Instrucción Pública (1952), el premio Reencuentro de Poesía (1986), organizado por la Universidad de la República, por sus obras de poesía Los signos sobre la mesa y Ante mis hermanos supliciados. Su libro La dama de Elche (1987) obtuvo el primer premio de Poesía del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. Falleció el 13 de julio de 2010 en su tierra natal.


Escrito por Redacción


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