Los cambios se centran en producción, inversión, energía, protección social y modernización económica.
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Decía en mi colaboración anterior que el mejoramiento de la maquinaria en la industria del automóvil está trayendo como consecuencia centenares de miles de despidos en el mundo entero, preciso ahora que no solo en el mundo entero la industria mencionada está en crisis, también lo está en México. Aquí seguramente, como en otras partes del mundo, no solo como resultado de la intensa maquinización y la aplicación de la robótica, ambas importadas, sino también por una baja sensible en la capacidad de compra de la población, ahora menos gente puede adquirir un automóvil. Y los datos están a la vista.
Para el caso de México, según datos del Inegi, durante el mes de noviembre se vendieron 124 mil 797 vehículos ligeros, esto significa nueve mil 334 menos que el mes de noviembre de 2018 y con esa reducción del mes pasado se acumulan 30 meses seguidos a la baja. Por tanto, durante este año no ha habido ningún mes con crecimiento; en los meses transcurridos se han vendido un millón 187 mil 284 vehículos, lo cual significa 97 mil 358 menos que durante los mismos meses de 2018, una reducción neta de 7.6 por ciento. Ésta es otra forma de apreciar el crecimiento cero de la economía nacional, la demanda efectiva se está contrayendo de manera importante.
Durante la semana pasada aparecieron también otros datos que deben ser tomados en cuenta para explicar la situación actual del país. Datos muy malos por supuesto. En primer lugar, con respecto a la educación, se trata de los resultados de la prueba PISA, que aplica la Organización para el Crecimiento y el Desarrollo Económicos (OCDE) con la que se examinó a nuestros niños en lenguaje, matemáticas y ciencias, resultando que de cada 100 jóvenes aparecen con grado de excelencia: en la ciudades chinas, 40; en Japón y Corea, 20; en Estados Unidos (EE. UU.), ocho; en Chile, 1.6; en Brasil, 1.2; en Uruguay, 1.1; en Colombia y Perú, 0.6; y en México y Argentina, 0.5. La distancia de nuestro país con los países asiáticos es abismal.
El martes 10 de diciembre se firmó, con representantes de Canadá y EE. UU., un añadido al nuevo tratado de libre comercio entre México y sus vecinos del norte. Todavía falta conocer a detalle cuáles fueron los agregados que se le hicieron al acuerdo que ya se había firmado hace aproximadamente un año, la letra pequeña del acuerdo. No obstante, ha trascendido que, sobre todo EE. UU., aumentó sus exigencias y demandó que los autos hechos en México lleven el 75 por ciento de insumos provenientes de Norteamérica, que el 40 por ciento de su costo provenga de plantas (en México, claro) que paguen por lo menos 16 dólares la hora y que el 70 por ciento del acero y aluminio utilizado provenga de la región. No niego que el acuerdo sea necesario para mejorar las condiciones económicas de numerosos trabajadores mexicanos, pero no debe pasarse por alto que ya somos exportadores de automóviles que, en buena medida, solo se arman en México y, ahora, con las restricciones señaladas.
Se firmaron, pues, los nuevos protocolos del llamado T-MEC, pero son básicamente las condiciones en las que los mexicanos serán obreros de los norteamericanos y canadienses. El capital mexicano será mínimo, tanto porque aquí no existen capitales de la dimensión que se requiere, como porque aquí no existe, no somos dueños de la tecnología necesaria. Para que un país pueda competir necesita capital y necesita haberse adueñado de la tecnología indispensable, así como lo han hecho Corea y Japón que se apoyan en la preparación de excelencia de sus niños y jóvenes, desarrollo que se conquista, tanto con políticas educativas, como de fomento a la industria nacional, enérgicas y decididas y nunca, jamás, se alcanzan repartiendo dinero con tarjetitas.
¿Cuál es el ejemplo, cuál es el modelo de país que nos inspira a desarrollarnos con base en la entrega directa de dinero a la población más necesitada? Ninguno, esa experiencia no existe. Existe, en cambio la promoción masiva de empleos como en la zona Uigur de China en algunas de cuyas áreas se han creado cien mil empleos en dos años, realidad que ha cambiado radicalmente la vida de los pobladores. ¿Y qué decir de una revolución en la educación? Tampoco se promueve nada de eso en nuestro país y menos ayudan las declaraciones presidenciales en las que se dice que se prefiere honestidad a capacidad, cuando esas características no son excluyentes de ninguna manera. Capacidad, educación de excelencia y honradez a toda prueba debería ser el discurso presidencial para alentar a los niños y jóvenes. Eso es lo que necesitamos.
Ahora bien ¿qué otra información me ha parecido importante y que es consecuencia y causa de nuestra actual situación? La violencia que padecemos. Se publicó que, según datos proporcionados por el Sistema Nacional de Seguridad Pública, la consultora GLAC concluyó que la incidencia delictiva nacional subió 8.77 por ciento. Los delitos patrimoniales, 35.32 por ciento; la extorsión, 35.23 por ciento; el feminicidio, 11.96 por ciento; el secuestro del fuero común, 9.35 por ciento; las lesiones dolosas, 6.57 por ciento y el homicidio doloso con arma de fuego, 2.91 por ciento; en síntesis, de ocho delitos, solo mejoró el secuestro del fuero federal.
En la base de toda la pirámide, la causa última de la deficiente educación de los mexicanos y de la violencia que padecemos está precisamente en la pobreza, en la mala distribución de la riqueza que aparece como una escasa, raquítica, demanda efectiva. No hay otra manera de verlo. Si queremos una mejor educación es necesario, indispensable, junto con la mejora propiamente educativa que necesariamente tendría que acometerse, atender a la alimentación de los educandos, a su salud, a su vivienda, a las condiciones materiales de sus centros de estudio para poder obtener una mejora sustancial de los niveles de rendimiento educativo como en China, como en Corea y en Japón.
Asimismo, no de manera automática, pero la mejora en la situación económica tendría que repercutir en la reducción de la delincuencia de todo tipo, pues una buena proporción de los delitos que se cometen, sobre todo tratándose de los delincuentes que se inician, tiene su origen en la necesidad económica. Y, finalmente, mejor educación y menos delincuencia vendrían a influir en un crecimiento económico sostenido. Nada de esto se está haciendo ni intentando hacer por parte de la 4T, no mejora la distribución de la riqueza, ni el empleo, ni la educación, ni se sigue una política efectiva para acabar con la violencia. Estamos condenados a seguir igual… o peor.
Los cambios se centran en producción, inversión, energía, protección social y modernización económica.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".