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Sobre las causas y soluciones de la desigualdad, de Grecia a Beijing. Primera parte: el pensamiento antiguo
No hay duda de que para los pensadores de la antigüedad, el origen de la miseria humana radicaba en la propiedad injustamente distribuida entre los hombres. Sin embargo, la causa de la propiedad escapaba a su razonamiento.
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Así describe Virgilio, en su Eneida, el vestíbulo del Infierno. La Pobreza y el Hambre habitan, junto al Miedo y la Pena, los peldaños superiores del Inframundo. Estas malignas deidades, que ubica Virgilio en el Hades, entristecen y oscurecen la vida de los hombres; su razón de ser, su existencia, únicamente se realiza cuando han clavado sus garras sobre el cuerpo de seres a los que vuelven miserables.

La desigualdad y la miseria no son exclusivas de nuestros días. Desde la aparición de la propiedad, la división entre los hombres fue necesaria de distintas formas. El proceso de desarrollo fue complejo y lleno de contradicciones. A pesar de que, por razones interpretativas, solemos dividir la historia siempre entre dos clases contradictorias, no fue sino hasta el surgimiento del capitalismo cuando se lograron definir dos grupos sociales antagónicos. A pesar de los esfuerzos pujantes de la filosofía, la historia estaba lejos de poseer herramientas adecuadas para explicar la raíz de los problemas sociales. “La ventaja de haber nacido tarde es que conocemos los círculos por los que discurre el mundo” y, abusando de nuestra posición, creemos estar por encima de épocas y civilizaciones pasadas cuando, realmente, en ellas no se encontraba viva la posibilidad de acceder a este conocimiento.

Así, muchos fueron los esfuerzos por explicar la raíz de la desigualdad. Desde castigos divinos hasta implacables dioses que se ensañaban con un grupo específico dentro de la sociedad, a quienes hacían padecer las desgracias que el Destino les tenía reservadas. Sin embargo, los esfuerzos no fueron vanos; encontramos acercamientos significativos en los mitos, cantos y poemas a la raíz del gran problema social. De esta manera, Hesíodo canta en su Teogonía al describir la edad de oro: “que vivía sin cuidados, sin vejez, sin miseria, sin exclusiva apropiación de las cosas, puesto que todos los bienes a todos pertenecen”. La felicidad radicaba en la propiedad común de las cosas. Virgilio, remontándose también a esa edad dorada, que bien podría asimilarse a la cumbre del comunismo primitivo, pone en boca de Evandro: “Floreció en su reinado la edad de oro, así se llamó. En tan plácida paz gobernaba a sus pueblos, hasta que poco a poco, desluciendo su brillo, surgió un tiempo peor y sobrevino en frenesí guerrero y el afán de poseer”. La caída, misma que retomaría el cristianismo, surge precisamente cuando nace en el hombre “el frenesí de poseer”. ¿No es el Paraíso una reminiscencia de esa Edad Dorada? Una Edad que los griegos recuerdan floreciendo en el jardín de las Hespérides “donde un gran pueblo vivía una vida inteligente y piadosa, en un entorno de benignidad jamás igualada”. Platón escribió en su República sobre la forma de vida que deberán seguir los gobernantes en su Estado: “Nadie poseerá bienes en privado, salvo los de primera necesidad. En segundo lugar, nadie tendrá una morada ni un depósito al que no pueda acceder todo el que quiera”. No aplica este estoico modo de vivir a todos los habitantes, únicamente lo propone para los gobernantes que, privados del “frenesí de poseer”, tomarán las disposiciones correctas.

No solo fueron Hesíodo, Homero, Sócrates y Virgilio quienes observaron la propiedad como la raíz de todos los males sociales; la historia en su desarrollo agravó las diferencias y las desigualdades, y de ello siempre fueron conscientes los que comprendían y pretendían resolver las miserias humanas y la infelicidad de los pueblos. Fue tal vez Jesús el último gran pensador de esta línea. Más allá de las especulaciones a las que Jesús fue ajeno, y que aparecieron hasta el Siglo III, la idea del padre del cristianismo era sucinta y clara, sobre todo para los pobres a los que dedica vida y pensamiento: “¡Malditos vosotros ricos –decía– porque tenéis vuestro consuelo! Malditos vosotros, que siempre estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Malditos vosotros, que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis” (Lucas VI, 24-25).

No hay duda de que para los pensadores de la antigüedad, el origen de la miseria humana radicaba en la propiedad injustamente distribuida entre los hombres. Sin embargo, la causa de la propiedad, el origen de la apropiación y la desigualdad, escapaba a su razonamiento. ¿Era la desigualdad producto de la maldad humana, como planteaba Platón? ¿Debía buscarse en el carácter individual la raíz del mal? ¿La solución al problema estribaba en llamados moralizantes al desprendimiento y la caridad? Era más complicada todavía y, después de la época de oscuridad en este sentido, una nueva pléyade de filósofos y políticos se avocaron a su investigación, dando origen al utopismo, a cuya cabeza resplandecía el valiente pensamiento de Tomás Moro, a quien analizaremos en la segunda parte de este escrito.


Escrito por Abentofail Pérez Orona

COLUMNISTA


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