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George Trakl
Considerado uno de los iniciadores del expresionismo en lengua alemana, su poesía se centra en la descomposición del individuo por la sociedad moderna, la angustia, la locura, la vejez, el suicidio, la muerte, la ruina y la enfermedad.
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Nació el tres de febrero de 1887 en Salzburgo, Imperio astrohúngaro (hoy Cracovia). Apasionado desde pequeño de la literatura y la música, en 1905 se integró al círculo poético Apollo, redactó artículos para diarios locales, escribió sus primeros dramas en teatro (Totentag, Fata Morgana, La muerte de Don Juan) y su primer poema, Canto matinal.

Cursó, en la Universidad de Viena, la carrera en farmacéutica, al graduarse trabajó en el Hospital Militar de Innsbruck, donde entabló amistad con Ludwig von Ficker, fundador de la revista El Incendiario en la que publicó varios poemas que le darían reconocimiento público. Era incapaz de mantener un empleo por mucho tiempo debido a su alcoholismo y adicción a la cocaína; sufría crisis depresivas. En 1914 fue reclutado para luchar en la Primera Guerra Mundial como médico; ésta fue una de sus experiencias más traumáticas, pues tuvo que asistir a noventa heridos sin medicamentos, lo que le desencadenó una crisis nerviosa y un intento de suicidio. Fue encerrado en un manicomio en Cracovia, donde escribió el poema Grodek, para finalmente suicidarse con una sobredosis de cocaína el tres de noviembre de 1914.

Se le considera uno de los iniciadores del expresionismo en lengua alemana, su poesía se centra en la descomposición del individuo por la sociedad moderna, la angustia, la locura, la vejez, el suicidio, la muerte, la ruina y la enfermedad; en una de sus obras escribe: “todos los caminos conducen a la putrefacción negraˮ. Incluyó en sus poemas el simbolismo de los colores, para él el blanco y el negro representan la muerte, mientras el azul la pureza.

 

Humanidad

Humanidad dispuesta ante bocas de fuego,

torbellino de tambores, sombrías frentes de guerreros.

Pasos en la niebla de sangre; toque del acero negro,

desesperación, noche en los dolientes cerebros:

la sombra de Eva, la cacería, el rojo dinero.

La luz se abre paso entre las nubes, la Cena.

El pan y el vino guardan un gentil silencio,

y ahí los doce, una cifra, reunidos quedan.

De noche, bajo los olivos, gritan entre sueños.

Hasta la herida, Santo Tomás la mano lleva.

 

De profundis

Una mies ya segada bajo una lluvia negra.

Un árbol color café que se yergue solo.

Un viento susurrante que rodea chozas vacías.

Cuán triste es esta tarde.

 

Cerca de la aldea

una tierna huérfana junta restos de espigas.

Sus ojos se agrandan, redondos, dorados al anochecer,

y su regazo aguarda al novio celestial.

 

Camino a casa

los pastores hallaron su dulce cuerpo

pudriéndose entre los matorrales.

Soy una sombra lejos de oscuras aldeas.

He bebido el silencio de Dios

en un manantial de bosque.

Un frío metal huella mi frente.

Las arañas van tras mi corazón.

Una luz se apaga en mi boca.

 

De noche me hallaba en un brezal,

tieso de mugre y polvo de estrellas.

Entre las hojas de avellana

los ángeles de cristal seguían sonando.

 

Horror

Me vi andando por habitaciones desiertas.

Las estrellas bailaban, locas, sobre el fondo azul,

los perros ladraban fuertemente por los campos,

y un viento salvaje gritaba entre los árboles.

 

Y de pronto: silencio. La tenue llama de la fiebre

hace surgir flores venenosas de mi boca,

y cae el rocío, pálido y chispeante, desde las ramas

como desde una llaga, gotea y gotea cual sangre.

 

Por el engañoso vacío de un espejo

surge desde el horror y la oscuridad

un rostro, lenta e indistintamente: ¡Caín!

 

La cortina de terciopelo roza apaciblemente.

La luna brilla sobre el vacío a través de la ventana.

Heme aquí, a solas con mi asesino.

 

Salmo

                                               para Karl Kraus

 

Hay una luz que el viento ha extinguido.

Hay una taberna que el borracho abandona al mediodía.

Hay un viñedo, quemado y negro, con hoyos llenos de arañas.

Hay una habitación cuyas paredes con leche se han blanqueado.

El loco ha muerto. Hay una isla en los Mares del Sur

dispuesta para el Dios Sol. Siguen tocando los tambores.

Los hombres ejecutan danzas de guerra.

Las mujeres mecerán sus caderas en lianas y flores de fuego

mientras cante el mar. Oh, nuestro paraíso perdido.

 

Las ninfas han abandonado los bosques de oro.

Han enterrado al desconocido. Una lluvia delgada comienza a caer.

El hijo de Pan surge bajo la forma de un campesino

que duerme al mediodía sobre el asfalto incandescente.

Los vestiditos de las pequeñas de aquella granja son de una

                                               pobreza desgarradora.]

Hay habitaciones llenas de cuerdas y sonatas.

Hay sombras que se abrazan ante un espejo enceguecido.

En las ventanas del hospital se calientan los convalecientes.

Un barco de vapor lleva epidemias sangrientas por el canal.

Una extraña hermana vuelve a aparecer en algún sueño maligno.

Descansando en el follaje de avellana, ella juega con su destino.

El estudiante, o tal vez un doble, la sigue, espiando desde la ventana.

Tras él se yergue su hermano muerto, o bien él desciende

                                             por la vieja y tortuosa escalera.]

La figura de una joven novicia palidece en la oscuridad

                                                     de los castaños.]

Cae la tarde en el jardín. Los murciélagos revolotean en

                                                   torno al claustro.]

Los hijos del portero dejan de jugar y van en pos del oro del cielo.

Los acordes finales de un cuarteto. Una pequeña ciega

                           corre temblando por el boulevard.]

Y más tarde, su sombra trepa por los muros fríos, oculta

                                 entre cuentos y santas leyendas.]

 

Hay una barca vacía, abriéndose paso por la tarde

                                         en el oscuro canal.]

En la lobreguez del viejo asilo se desmoronan ruinas humanas.

Unos huérfanos muertos yacen junto al muro del jardín.

Ángeles con las alas manchadas de fango salen

                                  de grises habitaciones.]

Caen gusanos desde sus párpados amarillentos.

El atrio de la iglesia, oscuro y en silencio,

como en los días de la infancia.

Vidas anteriores se deslizan por ahí con pies de plata

y las sombras de los malditos descienden

a las aguas quejumbrosas.

Dentro de su tumba, el mago blanco juega con unas serpientes.

 

En silencio, se abren los dorados ojos de Dios sobre la

                                        morada de las calaveras.]

 

Día de muertos

                        a Karl Hauer

 

Hombres y mujeres, tristes compañeros,

esparcen hoy flores rojas y azules

sobre tumbas tenuemente iluminadas.

Van como pobres marionetas antes de morir.

 

Y cómo se ven llenos de miedo y humildad,

cual sombras, de pie tras negros arbustos.

Los lamentos del nonato penan en el viento otoñal,

y las luces van a la deriva, confundidas.

 

Las quejas de los amantes respiran entre las ramas

donde los cuerpos de una madre y su hijo se descomponen.

La danza de los vivos parece irreal

y extrañamente dispersa en el viento vespertino.

 

Su vida es tan atribulada, llena de plagas desoladoras.

Dios tenga piedad del infierno femenino y su tormento

y esos lamentos de muerte sin esperanza alguna.

Los solitarios vagan en silencio en el gran salón de las estrellas.

 

Grodek

Por la tarde resuenan los bosques otoñales,

sus armas de muerte, las llanuras doradas

y los lagos azules, arriba el sol

sombríamente rueda; la noche abraza

a los guerreros agonizantes, el lamento salvaje

de sus bocas destrozadas.

Y nubes rojas quietas se reúnen

en la pradera donde habita un iracundo Dios.

La sangre derramada, frescura de luna;

todas las calles van a dar a la negra putrefacción.

Bajo la enramada de oro de noche y estrellas, vaga

la sombra de mi hermana por la apacible floresta

para saludar a los espíritus heroicos, las cabezas sangrantes;

y suaves suenan entre los juncos las flautas oscuras del otoño.

¡Oh pena, la más orgullosa! Oigan ustedes, altares de bronce,

la ardiente llama del espíritu nutre un dolor más violento,

los nietos nonatos.


Escrito por Redacción


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