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Copiando a Beethoven
La historia no busca definir las vidas de Anna y el genio de Bonn; sino la relación de la copista con el maestro cuando la vida de éste ya está marcada; además persigue la cercanía con él por su deseo de ser una excelente compositora.
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Agniezka Holland trasluce en la coproducción germano-estadounidense (2006), Copying Beethoven la notable influencia de su mentor cinematográfico, el también realizador polaco Andrés Wajda (La Tierra de la Gran Promesa, Dantón, etc.). Influencia expresada en un realismo compenetrado de imaginación psicológica sobre las motivaciones de los personajes centrales de esta cinta. Anna Holtz (interpretada por Diane Kruger), el personaje central del filme, es una estudiante de música del conservatorio de Viena que a sus 23 años logra colocarse como copista del gran genio alemán de la música, Ludwig Van Beethoven (interpretado por Ed Harris) en la etapa más difícil de la vida de éste, cuando se agudiza su sordera y su capacidad creativa enfrenta las dificultades de la composición de una de sus principales obras. Es 1823, Viena es ya la capital europea de la música y Van Beethoven está sumergido intensamente en la creación de su magistral Novena Sinfonía

La historia no tiene –como sostienen algunos críticos de cine que han reseñado la cinta– como temática la definición de las vidas de Anna y el genio de Bonn; más bien, y ése es el verdadero sentido del filme, la relación de la copista con el maestro cuando la vida de éste ya está plenamente definida y ella busca la cercanía con él por su deseo de ser una buena o excelente compositora. Copiando a Beethoven, en ese sentido, no es sólo para Anna copiar literalmente las partituras para los conciertos, es la búsqueda, de alguna manera, dada la cercanía con el genio, de copiar en sentido más amplio la maestría en el talento, en la composición musical. 

Y en esta relación que no deja de tener algo de sentimental, el maestro, en los mejores momentos del filme, trata de mostrarle a Anna que en la música –como ocurre en la poesía y otras expresiones elevadas del espíritu humano– no basta el aprendizaje en términos formales, de técnica, métrica, exactitud cuantitativa y aplicación académica; hay que escuchar a la naturaleza; “hay que –dice Ludwig Van Beethoven en una hermosa secuencia de la cinta– aprender a leer los labios de Dios… y expresar lo que es el lenguaje de Dios, es decir, la Música” (dadas las circunstancias históricas y el desarrollo filosófico de la sociedad de principios del Siglo XIX, el genio de Bonn tenía una concepción panteísta del mundo y, consecuentemente con ello, encontraba en la naturaleza la fuente profunda de su inspiración artística. No es que Beethoven fuera profundamente religioso, pues el panteísmo niega, en realidad, la esencia trascendente de Dios, estableciendo su existencia en toda la naturaleza, lo cual es ya un acercamiento a la concepción materialista y científica del Universo). El genio alemán intenta, con mucha sensibilidad enseñarle la verdadera clave para encontrar la genialidad en la composición. Esto produce necesariamente que la relación de la copista y el maestro sea cada vez más profunda, aunque esto no derive precisamente en una relación amorosa. Es simplemente el gran afecto del discípulo que ensancha sus horizontes artísticos y humanos gracias al maestro.

El título puesto en español Beethoven, monstruo inmortal, realmente no refleja la verdadera temática de la película de Holland, ya que la realizadora no se plantea en el filme hacer un recuento de la obra del gran músico alemán, o bien, desarrollar la biografía del mismo. No, en realidad, insisto, es la vida de Anna Holtz lo principal en la cinta, y sus vicisitudes en su búsqueda de la consagración como compositora; vicisitudes que la orillan a acercarse, finalmente, ya no desde el punto de vista de su conveniencia inmediata, al genio alemán, sino que se acerca espiritualmente. Las actuaciones son buenas, destacándose la de Diane Kruger, quien sabe imprimir a su personaje esa expresión de sacrificio que implica elaprendizaje cuando éste proviene de un genio.


Escrito por Cousteau

COLUMNISTA


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