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Concepción Méndez Cuesta
Su época más prolífica fue cuando estuvo exiliada en Francia. Ahí escribió Niño y sombras (1936), Lluvias enlazadas (1939), Poemas. Sombras y sueños (1944) y Villancicos de Navidad (1944).
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¿Dónde?

Este incansable mar

que bate mis orillas,

¿qué nostalgias me grita

en su batir eterno?

Remonto mi memoria.

¿Dónde estuve yo antes

de esta vida?

¿Qué sueño

fue anterior a este sueño?

¿En dónde estaba yo?

¿Era gloria?

¿Era infierno?

Buceo en el pasado

y me veo sin verme.

Una llama imprecisa.

Grises mudos en torno.

¿Un reino de cenizas?

Pero ¿dónde ese reino?

Mi angustia se hace fuego.

Me va matando un recuerdo.

Todas las calles en sombra

por la ciudad donde paso.

La bandera del dolor

en ventanas y balcones.

Ni una voz que me distraiga

y me saque de mí misma.

¡Ni una voz entre las voces

que me arranque de esta angustia!

No sé multiplicados,

ya cuantos siglos fueron

los que mi ser minaron

en vidas y sin vidas

que cuentan mi pasado.

Sin memoria, perdida,

latente en mí ese sueño,

herida de experiencias

la sangre que mantengo

y herida de experiencias

que hallar en nuevos cielos,

marcho de fin a fin

hacia polos extremos.

¡Qué perpetua cadena,

qué cadena de fuego

me sujeta a este todo!

Sin libertad posible,

¡cómo pesa en mi hombro!

¿Adónde están / los horizontes de mi sangre?

¿Tras de qué mares de amargura?

Giran astros oscuros

en torno a mis sentidos.

Debiera olvidar todo

hasta mi origen mismo

y quedar en el límite

de ese no ser tranquilo

Te vi venir presintiéndote,

por el caminito estrecho.

Era una aurora morena

casi sin luz y sin viento.

Aurora para mi alma

que te salía al encuentro.

Vibraba un frescor de lirios

por los caminos inciertos.

La mano que te tendía

tuvo un florecer de sueños.

Con el brillo de tu espada

las sienes se me encendieron.

 

Sombras y sueños

Se me mueve el mundo silenciosamente;

en él no somos sino pura sombra;

es nuestro clima: soledad y descanso;

es el misterio el que nos da la forma.

Si de él se sale para ver lo externo

y a la alegría se nos van las horas,

de vuelta viene el alma decaída;

algo de nosotros hay que, a solas, llora.

Ya no puedo cantar, que se me ha roto

la alegre voz al ángulo del alma;

ni puedo ya reír, porque la risa

por el dolor ha sido aprisionada.

Ni puedo tener fe; mi fe se ha ido

volando a un cielo alto que no acaba.

Ni me entiendo ni me entienden;

ni me sirve alma ni sangre;

lo que veo con mis ojos

no lo quiero para nadie.

Todo es extraño a mí misma,

hasta la luz, hasta el aire,

porque ni acierto a mirarla,

ni sé cómo respirarle.

Y si miro hacia la sombra

donde la luz se deshace,

temo también deshacerme

y entre la sombra quedarme

confundida para siempre

en ese misterio grande.

 

Quisiera tener varias sonrisas de recambio…

Quisiera tener varias sonrisas de recambio

y un vasto repertorio de modos de expresarme.

O bien con la palabra, o bien con la manera,

buscar el hábil gesto que pudiera escudarme...

Y al igual que en el gesto buscar en la mentira

diferentes disfraces, bien vestir el engaño;

y poder, sin conciencia, ir haciendo a las gentes,

con sutil maniobra, la caricia del daño.

Yo quisiera ¡y no puedo! ser como son los otros,

los que pueblan el mundo y se llaman humanos:

siempre el beso en el labio, ocultando los hechos

y al final... el lavarse tan tranquilos las manos.

 

Alas quisiera tener

                A Don Juan Romero Araoz

¡Alas quisiera tener

y recorrer los espacios

viviendo la libertad

deliciosa de los pájaros!

¡Elevarse de la tierra

y surcar todos los mares

volando sobre los trópicos,

sobre las tierras polares!

Hacer nido en primavera,

Deshaciéndolo después.

¡Y pasar año tras año

sin recordar lo que fue!...

¡Qué existencia deliciosa!

¡Alas quisiera tener!

 

A la isla

A la isla amor, amor,

en mi piragua ligera,

a ver como sale el sol

–salga el sol por donde quiera–.

Los remos llevarás tú,

y yo el alma marinera.

De lo alto nos mirará

nuestra estrella mañanera.

A la isla amor, amor,

¡y salga el sol por donde quiera!...

 

Voces

Las voces de dos mil siglos

clavadas llevo al costado.

Yo no sé –que no lo entiendo–

por qué me las han clavado…

 

Concepción Méndez Cuesta

Poeta, dramaturga y pionera en la defensa de los derechos de la mujer, nacida en Madrid el 27 de julio de 1898 y fallecida en el exilio en México, el siete de diciembre de 1986. Formó parte de la Generación del 27. Nació en una familia adinerada que le permitió practicar gimnasia, natación y viajar por el mundo; en 1919 conoció a Luis Buñuel con quien mantuvo una relación de siete años. Posteriormente conoció a Federico García Lorca, Vicente Alexaindre, Luis Cernuda; se integró a la Generación de 27 y al grupo de Las Sinsombrero.

En 1932 se casó con el poeta y editor Manuel Altolaguirre, se mudaron a Londres después de poner en circulación la revista Héroe. Un año después de su vuelta a Madrid estalló la Guerra Civil, el matrimonio tomó partido por la República, aunque se marchó con su hija al extranjero; poco antes de acabar la contienda se reunió en Barcelona con su marido y comenzó un interminable exilio por Francia (donde se enteró del asesinato de Federico a través de Francisco García Lorca), Cuba y México. Concha Méndez siguió editando la revista Hora de España fundada en Valencia por los intelectuales de la Segunda República y ayudando en México a los exiliados españoles. Luis Cernuda vivió en su casa durante una década.

El exilio fue su etapa más prolífica en escritura, según narra en sus Memorias habladas, memorias armadas “en aquel tiempo yo no había hecho reflexión alguna sobre la poesía; los poemas me salían a todas horas y en todas partes sin proponérmeloˮ; publicó Niño y sombras (1936), Lluvias enlazadas (1939), Poemas. Sombras y sueños (1944) y Villancicos de Navidad (1944); de 1945 a 1979 ya no publicó. Su último libro fue Vida o río, en 1979.


Escrito por Redacción


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