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El monumento de Tatlin
El proyecto de Tatlin también nos recuerda otra cosa: los proyectos surgidos de la sola voluntad de cambiarlo todo no pueden ser realizables y se consumen en las exposiciones de los museos.
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“Tras la Revolución de Octubre, la utopía dejó de ser la representación abstracta de una sociedad liberada que se proyectaba en un futuro lejano y desconocido aún; era hora de la imaginación desatada de un mundo por construirse en el presente”. Esta idea es de Enzo Traverso y se halla en su libro Melancolía de izquierda. El texto pone en perspectiva el significado de un movimiento que desató las potencias creadoras de los artistas rusos.

Muestra un tanto curiosa de las ganas de transformarlo todo fueron los proyectos de Vladímir Tatlin, quien diseñó un monumento arquitectónico que debería ser más grande que la Torre Eiffel de París, Francia, señal de que el movimiento histórico de los bolcheviques había logrado tomar “el cielo por asalto”. Se le conoció como Monumento a la III Internacional.

La obra no solo sería imponente a la vista sino que, además, debería ser habitable y utilizado como sede de los órganos de dirección del gobierno surgido de la Revolución Rusa. El edificio tendría tres niveles y movimiento propio; es decir, rotarían sobre sí mismos cumpliendo distintos ciclos.

Cuando lo presentaron fue catalogado como un proyecto irrealizable, demasiado ambicioso para los recursos de la época. Sin embargo, su importancia no residía en la posibilidad de concretarlo, sino en su significado para la arquitectura y las artes en general, cuando la imaginación buscaba nuevas formas de construir, pensar y desafiar los cánones artísticos burgueses; aunque en la práctica tuviera limitaciones.

El hecho mismo de intentar la construcción de un monumento que, además de bello, sería útil para las tareas de la dirección política, hacía evidente la nueva visión de Tatlin y los artistas rusos: la estética y la política no deben estar separados, sino complementarse en el esfuerzo de crear un mundo mejor en donde la justicia y la equidad vayan de la mano con la experiencia de la belleza.

Un mundo nuevo debe ser la ambición de los seres humanos que desean vivir en un entorno libre, con más razón de los artistas. Es un campo abierto a la creación, no sin límites, pues la libertad absoluta es imposible, pero sí librados de los límites impuestos por una élite de consumidores privilegiados del arte. En todos los campos, incluido el de la arquitectura, la lógica de la producción capitalista ha hecho que reine lo útil sobre lo bello. Toda experiencia debería ser estética y libertaria para que el ser humano recuerde que ha venido al mundo a transformar la realidad en favor de todos y no solo de los dueños del capital.

Desgraciadamente, el proyecto de Tatlin también nos recuerda otra cosa: los proyectos surgidos de la sola voluntad de cambiarlo todo no pueden ser realizables y se consumen en las exposiciones de los museos. Por eso resulta fundamental ser realistas en las propuestas de cambio por las que hay que luchar, sabiendo diferenciar lo deseable de lo posible.


Escrito por Alan Luna

Columnista de cultura


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