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FRANCISCO MADRIAGA.
En 1954 sale a la luz su primer libro de poesía El pequeño patíbulo.
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Poeta argentino nacido el nueve de septiembre de 1927. Cuando era muy niño, su familia se mudó al Paraje Estancia Caimán, lugar prototipo del gaucho, estepas, lagunas y animales salvajes; gracias a este ambiente aprendió guaraní que nunca dejó de hablar, aun cuando hizo sus estudios en Buenos Aires. En la capital se vinculó con pintores, poetas, escultores, cineastas y músicos surrealistas con quienes fundó la revista Letras y línea, ahí escribió sus primeros poemas en los que narra un universo fantástico de su infancia en el campo y que define como “el centro de su universalidad”.

En 1954 sale a la luz su primer libro de poesía El pequeño patíbulo, al que secundan18 obras poéticas más. Ganó varios premios como el Nacional de Poesía, el Konez, El Diploma al Mérito, entre otros. Escribió también prosa e impartió numerosas conferencias de arte en varios países. Falleció el 24 de septiembre del año 2000. 

 

Las jaulas del sol

I

¡Oh niño de la siesta, sentado hasta en el aire de tu odio!

 

Lujoso y verdadero rey del hombre que incendia, que

destapa, que acomete hasta en el velo natal el

arcoíris de calor su gran serpiente, su gran corriente,

su profesión de ser arrodillado que se lanza porque

así lo quiere el agua, las comarcas subidas a las

hojas, todo lo recogido por las palmas por su gran

alimento, su corriente de dios, su arrancamiento

del seno de las joyas-mujeres.

 

Oh mío, pedazo de recuadro del mundo, recibido

antiguamente por las fieras: en nosotros se levanta

y camina, pero lo acosa el fuego –¡su velocidad

elimina!– hacia donde resoplamos nuestras galas

de enredos de todos los colores, los calores, los

olores y las grandes pestañas destruidas de mi tigre

en el corazón de una provincia.

 

II

Vengan allí a la casa del diamante calentado por

el agua, al huerto donde el hombre se recoge

para no caer del globo.

 

Un día, un paso, un día mil pasos, una bestia sueño,

pero con todos los amores permitidos por su amor.

 

Ni una pérdida.

No, no, tribu mía de mi raza. Raza de ganancia y de lujo,

acopladora, niveladora para el fuego, tambora para

los vientos dementes que saben adorar.

 

Tenía un camino de patos y de rezos. Al fondo, el agua,

luego, los ojos de los hombres con sus telas

flotando sobre el sol y aquí la misma marca

de globo entre las piernas ¡y un odio por lo estéril!

 

Oh madre de todos los amores, ven a mí, adórame con

tus hijas. Tiernísima del bosque, ven a mí, yo tengo

una bolsa de fuego cautivado por los gatos

monteses pegada sobre el labio,

¡reviéntame en tu olor!

 

Cortina de cuero y olor a ojos de infierno matándome

en el bosque.

 

No tienen puerta para huir los amores.

 

Círculo de sol repleto de pájaros; tranquilidad de María,

la mecedora de la tarde.

El canto no popular

Yo, el rastreador que ha dormido en los

atrasos de

la luna en los atajos peninsulares, y ahora

siento

el canto del desahogo, a través del

orgulloso coraje

oh mis pequeños seres del desamparo,

canto

mi canto con un lenguaje no popular, pero

cercano

a vuestros vestidos miserables

El vestido las telas livianas de las mejillas

despintadas

el olor de los motines talados de la miseria

siempre

en las flor del fuego del pensamiento

destruido

sin nacimiento en las coloridas y

espléndidas

organizaciones de las albas lujosas de todos

los días

de todos los montones de días ligeros y

azucarados

por las cañas dulces solares irredentas

ininterrumpidas feroces vivientes de la

irrectitud

siempre anárquica del espacio siempre

moderno

y siempre solidario con los cantos de las

invisibles

deidades y de los otros personajes reales

asombrados

de la miseria de los sucios paisanos que

encienden

el clavel del esperma nocturno sifilizado y

demente

y excitado por los cerdos.

Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas

conteniendo

el aliento del dormido rencor en la palidez

del alba.

Oh, gente sin viajes, que no puede fumar

en el

fuego del universo su tabaco de miel

arrollada por

el invierno, su comida de humo bañando el

ligerísimo

mosquitero de rabia del color el color que

no trajina

por las camas y que solo saluda a la sombra

con

sombrero del Ave María en el altar de los

santos

ensordecidos por los fétidos besos.

Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado

entre

los yuyos, entre la ferocidad joyal de las

palmeras

en el borde del agua, y de una cocina sucia

llena

de lechos sucios y de tarros con jazmines

calentados del ex-alba.

El riesgo de la verdad

Caes en mí como una brusca levedad del clima,

del agua,

de una oblicua y desterrada colina,

castigo delicado de un paisaje solamente hollado

por su propia demencia.

Mi desnudez asume así tu cálido cristal

y se destina más al fondo del celo con piel sonriente candente de tu herida.

Adorada mía tapizada de rayos,

con tu colina bajando todas las aguas de la

locura.

Niña mía, con la boca cargada del esplendor del

plátano, alguien,

alguien tiene que depender del canto.

Amanecer pluvial

Nuestro amargo subtropical melancólico con

boca de serpiente canta en el embarazo de

                los ríos.

Ponedle una flor de agua a su veneno,

a su circulación maldita y pequeña,

a su labor de vendedor de bananas a la orilla

del río diario de azúcar, de sífilis, de

sonido.


Escrito por Redacción


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