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Elisaveta Bagriana
Es considerada, junto a Dora Gabe, una de las “primeras damas de la literatura femenina búlgara”; nominada tres veces al Nobel de Literatura.
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Nació el 16 de abril de 1893 en el principado de Sofía, Bulgaria en una familia de clase media. Vivió un año (1907-1908) en la ciudad de Turnovo, donde escribió sus primeros poemas, poco después fue maestra rural en Aftane y estudió Filología Eslava en la Universidad de Sofía. En 1915 publicó sus primeros poemas Zashto (¿Por qué?) y Vecherna pesen (Canción nocturna) en la revista Pensamiento Contemporáneo. Es considerada, junto a Dora Gabe, una de las “primeras damas de la literatura femenina búlgara”; nominada tres veces al Nobel de Literatura.

Después de la Primera Guerra Mundial entró de lleno a su actividad literaria, colaboró en el Periódico de la Mujer y en la revista Modernidad, entre otras publicaciones femeninas; en 1927 publicó su primer libro, Lo eterno y lo sagrado. También escribió cuentos infantiles y poesía. En su primera etapa cultivó una lírica íntima y sentimental, en la que destaca la obra Lo eterno y lo sagrado. Después de 1945 deja paso a una poesía con sentido social, cuyo ejemplo más relevante es De orilla a orilla (1963). Ganó la medalla de oro de la Asociación Nacional de Poetas en Roma en 1969. Falleció el 23 de marzo de 1991 en su tierra natal.

 

Penélope del siglo XX

Estamos amasados de pasado.

Inadvertidamente por los siglos agolpado.

De rojo, de azul nuestra sangre tiñe,

y el alma compone de oscuros y claros.

 

¿Hay acaso un único hueso en el cráneo tan complejo,

una única onda en mi propio cuerpo, una única uña,

un vuelo del alma, un solo latido de mi corazón,

que algún ancestro lejano no haya vivido?

 

¡Pasado! ¡Bendición o mal inapelable,

opaca carga, luminoso don,

avaro, que conserva montes de basura y oro en mezclas sin par,

archivador insomne de todo y de todos,

 

persistes en nosotros sin tener en cuenta nuestra voluntad,

apilas inventarios de todos los pasados en el corazón

y los balances de victorias y de derrotas,

y los catálogos de odios y de amor!

 

Nosotros, ávidos artífices de libertad,

marionetas solo pobres en tus manos

gesticulamos, caminamos y gritamos,

luchamos y caemos y nos levantamos…

 

¡Oh, esos hilos, tremebundos, invisibles,

que tú aflojas o anudas sin jamás romper,

oh, esos hilos que dirigen el destino

y unen el presente al antaño y al nieto todavía por nacer!

 

Desearía arrojarme al sinfín,

romper los nudos, ver yo sola, libre,

verme a mí, mi rostro

sin pasado, sin ancestros, sin edad, ni nombre.

 

Tú ves el hombre

A tu lado camina habla, trabaja,

viste bien,  pasea, viaja, lee,

impenetrable, ilegible.

¿Con qué auscultar su alma?

¿Con qué tecnología penetrar

el cielo de sus sueños?

¿Cómo leerás

los meteoros de su pensamiento?

¿Cómo calcular

el amanecer de su ilusión,

la Luna llena de su pasión,

o el eclipse provocado por su pena,

la profundidad de su decepción?

¿Cómo medirás

el desastroso flujo de desesperanza

que derriba las pálidas orillas del aguante,

desgarra el cableado de los nervios, despavorido,

y en su propia sangre ahoga

el pobre corazón

humano?

 

Noche, ciudad

Ciudad eléctrica, de cemento,

milenaria.

 

Luces, carteles, simulacros,

publicidad, publicidad, publicidad…

 

Muchedumbre,

ruido prehistórico,

sirenas, silbatos, tintineos, gritos, tañidos.

 

Los vendedores de periódicos vociferan:

¡Guerra!

¡Fraude!

¡Operaciones bursátiles!

¡Pánico mundial!

 

Avalanchas de coches,

ríos de cuerpos,

ojos, dientes…

 

Sobre el negro cielo

con letras luminosas

se anuncia una película:

¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!

 

Telescopios

Inmensos telescopios

auscultan al Universo:

catástrofes universales,

soles apagados,

planetas neonatos,

cometas vagabundos,

encuentros, desencuentros,

lunas llenas, eclipses.

meteoro

en llamas,

consumido,

hecho cenizas,

desvanecido…

 

Sismógrafos sensibles auscultan

la Tierra:

señalan,

tiemblan,

miden terremotos,

cercanos y lejanos…

 

La aguja salta,

se quebranta.

¡Qué siniestro!

 

Desaparecen ciudades,

brotan islas nuevas,

los lagos se vacían,

el iceberg se derrite,

el mar se va en retirada,

las montañas se hunden,

en un desierto de agua….

 

Furias

¿Podrías detener el viento que de los montes acomete,

los desfiladeros barre, arriba nubes por las eras,

arrebata los aleros, los tejados de las casas, y las lonas de los carros,

tumba pórticos y vallas y voltea a los niños por las plazas y las calles

en mi ciudad natal?

 

¿Podrías detener el río Bístritsa, que fiero viene con la primavera,

el hielo rompe y quebranta los pilares de los puentes,

y se sale de su lecho, y sus aguas arrastran, turbias, perniciosas,

las casetas, los huertos y el ganado de la gente

en mi ciudad natal?

 

¿Podrías detener el vino? Si ya bulle en los toneles,

abrazados por letreros que rubrican en cirílico ora “negro” ora “blanco”;

en los toneles inmensos empotrados en los muros, que exhalan humedad,

en las pétreas bodegas, que los ancestros nos legaron,

en mi ciudad natal?

 

¿A mí tú cómo detendrás?

A mí –la libre, la indómita, y la nómada–.

A mí, la hermana de los vientos y del agua, del vino,

la tentada por lo vasto, lo inalcanzable, lo quimérico,

la soñadora de caminos vírgenes, inalcanzados.

¿Cómo a mí me detendrás?


Escrito por Redacción


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