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"Un héroe de nuestro tiempo", de Mijail Y. Lermontof
Este volumen reúne seis narraciones breves que resaltan la extraordinaria puntualidad y sencillez de Lermontof al describir; también expresa inconformidad hacia el régimen feudal zarista y el escepticismo religioso.
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Este volumen reúne seis narraciones breves (Bela, Máximo Maximich, El diario de Pechorín, Tamara, La princesita Mary y El fatalista) escritas en primera persona y contenido autobiográfico, presunción debida a que su personaje central y relator es militar y se desempeña como en su tiempo lo hizo Mijail Yuryevich Lermontof (Moscú 1814-1841) en la Rusia oriental o caucásica, región ubicada entre Europa Oriental y Asia Occidental y los mares Negro y Caspio. A pesar de su corta vida –murió a los 27 años en un duelo con uno de sus colegas– Lermontof escribió 25 libros, la mayoría de poemas, entre ellos El demonio y El canto del zar Ivan Vasilievich, razón por la que habría de conocérsele como el “poeta del Cáucaso”.

En las historias de Un héroe de nuestro tiempo resaltan la extraordinaria puntualidad y sencillez con que Lermontof describe paisajes, rasgos físicos y psicológicos, méritos que junto a sus expresiones de inconformidad hacia el régimen feudal zarista y el escepticismo religioso de algunos de sus personajes –rasgos de contenido por los que padeció censura– le merecieron el reconocimiento de precursor del realismo socialista durante la prevalencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Lermontof fue también pintor y autor de teatro.

En El fatalista, el más corto de los seis cuentos incluidos en la colección, están reunidas las mayores virtudes de su autor, ya que en este relato Pechorín –el personaje que Lermontof utiliza para verter sus ideas y experiencias– cuenta la historia de Bullich, oficial eslavo que cree a tal grado en la predestinación (“dictada” por dioses y astros estelares) que incluso juega su dinero y vida en la ruleta rusa. De esta apuesta sale bien librado, pero no del pronóstico de muerte próxima que Pechorín había leído en su rostro y su mirada gelatinosa,

En efecto, poco después de que Bullich sale del sitio donde había jugado, es asesinado por un cosaco borracho que de un tajo de espada le parte la clavícula, las costillas y el corazón solo porque lo miró y le hizo una pregunta. En las últimas líneas de este relato, Pechorín dice: “Después de esto, ¿cómo no sentirse fatalista? Pero, ¿hay quien esté seguro de serlo de veras? Porque sabemos tomar frecuentemente como evidencia lo que solo es engaño de los sentidos o un error de la razón…

“Yo gusto de poner todo en duda, pero esta disposición de espíritu no se opone a mi decisión de carácter; al contrario, por lo que a mí toca sigo siempre adelante, con mayor atrevimiento cada vez, sobre todo cuando ignoro lo que me espera. ¿Podrá haber algo peor que la muerte? ¡No, pues la muerte no se puede evitar!”.


Escrito por Ángel Trejo Raygadas

Periodista cultural


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