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Las tortugas pueden volar
Para sobrevivir, cientos de estos infantes se dedican a desactivar minas explosivas que después venden en el mercado negro
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Estará usted de acuerdo conmigo, amable lector, en que las víctimas más vulnerables de la sociedad de libre mercado (capitalismo), con dominio en la mayor parte del planeta, son los niños. Las estadísticas son muy elocuentes en la denuncia de que este orden social, autoproclamado como el más “justo”, “libre” y “humanitario” en la historia, es el que se ha cebado con mayor crueldad sobre la parte más indefensa de las sociedades. En la actualidad, algo así como dos mil 300 millones de infantes en el mundo viven en la pobreza, cifra equivalente a un tercio de la población global, según datos de organismos internacionales como la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Es decir, uno de cada cuatro niños del mundo vive en esta situación, aunque en los países “en desarrollo” esta proporción sea de uno a tres; además, en las naciones más pobres, uno de cada 12 pequeños muere antes de cumplir cinco años debido a causas evitables, como enfermedades que tienen curación y accidentes en hogares y lugares públicos. Otros datos relevantes con respecto a la grave situación de este sector poblacional son: 30 de cada 100 infantes sufren desnutrición antes de cumplir cinco años; 20 carecen de agua potable; 40 no tienen atención sanitaria, medicinas y habitan en viviendas inadecuadas y 18 no asisten a la escuela; y uno de cada cinco con edades entre los cinco y los 14 años trabajan para poder subsistir. Estos datos duros evidencian una realidad implacable para muchos niños en el planeta.

En 2004, el realizador iraní Bahman Ghobadi filmó la cinta Las tortugas pueden volar, en la que se retrata el desamparo brutal de unos niños que viven en el campamento de refugiados de un poblado kurdo enclavado en la frontera entre Irán y Turquía, hecho debido a la proximidad de la invasión militar de Estados Unidos a Irak. Para sobrevivir, cientos de estos infantes se dedican a desactivar minas explosivas que después venden en el mercado negro. Satélite (Avaz Latif) es su líder y guía a sus compañeros en el dramático sorteo de la dura vida que enfrentan. Satélite recibe de algunos adultos la encomienda de conseguir una antena parabólica para conocer las noticias diarias, pues saben que es muy probable el arribo de tropas estadounidenses a Irak y que su suerte cambiará. Un día llegan al campamento un niño lisiado (le faltan ambos brazos), su hermana (Során Ebrahim) y otro pequeñín de tres años que está ciego. Satélite se prenda de la bella muchacha y trata de manera persistente de congraciarse con ella; pero ella tiene fuertes resentimientos contra la vida miserable y despiadada que hasta entonces ha llevado. La muchacha quiere abandonar al bebé ciego, pero su hermano se opone. Cuando tiene una oportunidad, la joven lleva al bebé a un campo minado y lo amarra a un árbol. Informado de este hecho, Satélite sale corriendo del refugio para intentar salvar al pequeño, pero una mina explota y sale seriamente herido. En las secuencias finales del filme, la muchacha camina hacia un precipicio, se quita su calzado y se lanza al vacío.

Las tortugas pueden volar tiene fuerte influencia del neorrealismo italiano y es, sobre todo, una denuncia de la crueldad que azota a la niñez. Muchos espectadores seguramente se han hecho o se harán la pregunta de si ¿alguna vez las tortugas podrán volar? Otros, en cambio, nos quedamos con las reflexiones que intrínsecamente sugiere la cinta: ¿Vale la pena intentar cambiar un mundo que aniquila los sueños de cientos de millones de niños?  ¿Acaso no es una forma de tomar vuelo la lucha por un mundo mejor donde los niños y los desvalidos no padezcan desgracias? 


Escrito por Cousteau

COLUMNISTA


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