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La destrucción de la cuna de la civilización
Las civilizaciones antiguas de Mesopotamia es un texto introductorio sobre el conocimiento de la cuna de la civilización humana: Mesopotamia (antiguo Irak), que vio nacer varias de las sociedades humanas organizadas más antiguas.
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El libro Las civilizaciones antiguas de Mesopotamia, de Benjamin R. Foster y Karen Polinger Foster, es un texto introductorio sobre el conocimiento de la cuna de la civilización humana: Mesopotamia (el antiguo Irak), tierra que, alimentada por los ríos Tigris y Éufrates, vio el nacimiento de varias de las sociedades humanas organizadas más antiguas de las que se tiene registro (por lo menos desde el VII milenio a. C.), así como de una forma de escritura arcaica llamada cuneiforme, acaso la más antigua, pues data del IV Milenio a. C. Los autores del libro describen, con detalle suficiente, el almacén de riqueza histórica y cultural que dejaron a su paso los pueblos que habitaron Mesopotamia. Es sorprendente y asombrosa la cantidad de elementos arqueológicos (edificios monumentales, esculturas dedicadas al culto de los dioses o a la memoria de los grandes reyes, etc.), que estos pueblos crearon en el remoto Irak.

Los Foster, no obstante, relatan con amargura el largo proceso ambivalente de “descubrimiento y destrucción del antiguo Irak”. La revelación efectiva del mundo de Gilgamesh, ante los ojos de occidente, comenzó en 1616-1620, cuando Pietro della Valle recorrió esa región. Antes de este viajero, Occidente solo conocía las leyendas bíblicas relativas a Babilonia y el Levante. El conocimiento de Mesopotamia, gracias al saqueo de los vestigios arqueológicos, se aceleró durante el Siglo XIX, cuando Irak pertenecía al imperio Otomano. Esa parte del mundo se convirtió en la tierra del saqueo cultural. Los “arqueólogos” británicos y franceses hicieron novedosos descubrimientos pero, sobre todo, fabulosas fortunas gracias a las piezas que hallaron. Y aunque los otomanos crearon medidas rigurosas para proteger la herencia mesopotámica, no pudieron evitar la intromisión de estas potencias y el correspondiente saqueo de sus tierras.

Después de la Primera Guerra Mundial, Inglaterra, entonces dueña económica de Oriente Medio, se dijo encargado de “proteger” esa riqueza. Gertrude Bell, administradora de la nueva conquista, organizó el resguardo y estudio del pasado iraquí. Tomó la iniciativa de crear un Museo Nacional de Irak, en Bagdad, lugar que se convirtió en símbolo del orgullo nacional, pues los aborígenes asimilaron su pasado mesopotámico. Con el ascenso de Sadam Hussein (1979) Irak quedó libre y aquél concentró su política administrativa y sus éxitos en torno a este orgullo nacional.

Pero un nuevo imperio llegó a Irak. Estados Unidos atacó en dos ocasiones: primero con la Guerra del Golfo de 1991, luego con la ocupación y devastación territorial de 2003. A los estadounidenses no los desvelaba el orgullo nacional iraquí, sino la venta de lo que encontraron ahí y sus autoridades “se reunieron con regularidad con un grupo llamado American Council for Cultural Policy, compuesto principalmente por comerciantes de antigüedades, conservadores de museos y coleccionistas particulares, que apoyaban una “administración sensata pos Sadam y la revisión de la ley de antigüedades de Irak”, calificada como “retencionista”. En vísperas del ataque de 2003, las autoridades iraquíes resguardaron bajo mil candados su herencia histórica; pero la entrada de los aliados invasores inauguró el mayor desfalco cultural en la historia de ese país. Asimismo, la crisis de subsistencia en que quedó sumida la sociedad iraquí orilló a los propios iraquíes a robar piezas y malbaratar las reliquias de su pasado. Los Foster denuncian que una tablilla de Irak puede ser vendida in situ a precios bajísimos, de siete a 500 dólares, tal vez un poco más. Posteriormente, estas figuras son revendidas o subastadas en Occidente a precios que rondan los cinco mil a 500 mil dólares. Pero algunas piezas se han vendido más caras: una escultura fue vendida en 57.1 millones de dólares por la casa de subastas Sotheby’s. En resumen, la sangrienta invasión que sufrió el país de Sadam Hussein no solo destruyó la vida material de los iraquíes y los privó de sus recursos naturales, sino que también violó y sigue violando, sin remordimiento alguno, la identidad nacional de ese pueblo. En palabras de los Foster, con la caída de Sadam en 2003 “se ha perdido sin posibilidad de recuperación… nuestro pasado humano común”.


Escrito por Anaximandro Pérez

Columnista


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