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Opinión
La doctrina Monroe: la ideología que oculta la siniestra lógica económica del imperialismo estadounidense
La Doctrina Monroe no representó nunca el principio de “América para los americanos”;fue siempre en realidad la idea de “América para los norteamericanos” lo que determinó su existencia.


La promesa de Dios al “pueblo elegido”, robo y exterminio de los pueblos indígenas

En 1630, un presbítero inglés llamado John Cotton pronunció el sermón God´s Promise toHis Plantation (La promesa de Dios a su Plantación) a la flota de colonizadores ingleses que zarpaban hacia Nueva Inglaterra, hoy Estados Unidos (EE. UU.). La “misión” era conquistar la tierra que, según la Biblia, Dios le había prometido al “pueblo elegido”.Cotton utilizaba el mito de la tierra prometida por Dios a los israelitas para justificar la conquista militar. Según su visión, los puritanos eran la reencarnación de este pueblo y América la recompensa por tantos años anhelada.

Amparados en esta ideología, los ingleses se apoderaron del norte del continente americano. La expulsión de los pueblos nativos, la persecución y erradicación de toda civilización existente fueron la continuación del genocidio que un siglo atrás habían comenzado españoles y portugueses, quienes, con un pretexto similar, habían exterminado y sometido a esclavitud a los pueblos originarios del recién “descubierto” continente. El primer genocidio del que la humanidad tiene memoria fue perpetrado por Europa en América, al norte por los ingleses, al sur por españoles y portugueses. Representó el pistoletazo de salida de la acumulación capitalista, una fase a la que Carlos Marx se referirá como “acumulación originaria”.

El nacimiento de EE. UU. lleva ya la impronta de la destrucción y el asesinato. Su origen sólo puede entenderse a partir del desplazamiento violento y sanguinario de los pueblos originarios de América del Norte que, si lograban sobrevivir, terminaban encerrados en reservas indígenas que hasta el día de hoy existen al margen de la sociedad.

El discurso de Cotton es el pretexto, la justificación ideológica que legitima la ocupación. Con el paso del tiempo, y una vez conquistado todo el territorio hacia el norte, el naciente país, finiquitada la independencia con Inglaterra en 1776, buscaría incrementar su poderío asediando a los pueblos del sur que, todavía para principios del Siglo XIX, se encontraban bajo dominio español. Thomas Jefferson proclamaría de manera formal la intención de incrementar el poderío norteamericano en el centro y sur del continente.

“Nuestros límites federales actuales –escribía en 1786– no son demasiado amplios para un buen gobierno. Nuestra confederación debe ser vista como el nido del cual se poblará toda América, del Norte y del Sur… Temo que sean demasiado débiles (los españoles) para contenerlos hasta que nuestra población avance lo suficiente como para arrebatárselos poco a poco”. (Thomas Jefferson. Citado en: El imperialismo estadounidense: de la predestinación a la coerción).

Las ideas de Jefferson –tercer presidente de EE. UU.- eran sólo la expresión política del sentimiento que invadía a los nuevos dueños de la tierra y el capital. La naciente burguesía norteamericana, sobre todo en el norte, aspiraba a consolidar su dominio a costa de todos los pueblos del sur: “La gente de Kentucky –escribía por entonces John Adams, segundo presidente de EE. UU.– está llena de ansias de empresa y aunque no es pobre, siente la misma avidez de saqueo que dominó a los romanos en sus mejores tiempos. México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser dueños del mundo” (Las invasiones norteamericanas en México)”. Sería finalmente James Monroe –quinto presidente de EE. UU.– quien, en 1823, establecería formalmente la doctrina como la filosofía económica de toda la nación. La élite que gobernaba EE. UU. se percibía como la parte más avanzada del capitalismo occidental; comprendía que la única manera de alcanzar el grado de desarrollo de sus progenitores consistía en hacerse de un capital tandescomunal que los arrojara de un solo golpe a la competencia en igualdad de condiciones. América Latina era el botín perfecto. En su mensaje al Congreso, Monroe definiría los términos de su estrategia:

“Con las cuestiones en este mismo hemisferio estamos necesariamente más inmediatamente conectados… debemos declarar que consideraremos cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”. (James Monroe. Citado en: El imperialismo estadounidense: de la predestinación a la coerción).

 

 

Esta política bélica daría, a partir de entonces, sentido a la existencia de EE. UU. Su razón de ser se constriñe, únicamente, a la acumulación de capital y al uso de la guerra como instrumento de rapiña. En 1848, el mismo año en el que se decretó la anexión de más de la mitad del territorio mexicano a EE. UU., después de una guerra encarnizada en la que los mexicanos fueron robados sin contemplaciones, John O’Sullivan, un periodista norteamericano, escribiría el artículo “Anexation”, en el que, retomando las ideas de Cotton, legitimaría el despojo bajo el principio del “Destino Manifiesto”. SegúnO’Sullivan, la nación estadounidense tenía la misión de conquistar y dominar a todas las naciones del continente. Era el pueblo elegido, y su destino les había sido “revelado” miles de años atrás. El puritanismo, una religión adaptada a los principios económicos del capitalismo, no reparaba en miramientos cuando de justificar la acumulación se trataba. EE. UU. no es casualmente protestante, puritano. Su ideología se moldeó a partir de la lógica del naciente sistema económico.

En el seno mismo del puritanismo surgieron, sin embargo, resistencias a justificar la destrucción y la barbarie como preceptos divinos. Distintas corrientes hicieron evidente el uso económico y militar que se daba a un precepto religioso. E.Channing, ministro del unitarismo, revelaría los intereses de clase e imperialistas que se escondían tras ese pretendido “destino revelado”. En plena invasión a Texas declaraba:

“Texas es un país conquistado por nuestros ciudadanos; y su agregación a nuestra Unión será el principio de una serie de conquistas, que sólo hallará término en el istmo de Darién, a menos que la enfrene y rechace una Providencia justa y bondadosa. En adelante deberemos abstenernos de gritar al mundo ¡paz!, ¡paz! Nuestra águila la aumentará, no saciará su apetito en su primera víctima y olfateará una presa más tentadora, sangre más atractiva, en cada nueva región que se extienda al sur de nuestra frontera. Agregar a Texas es declarar a México guerra perpetua. Esta palabra, México, asociada en los ánimos con riqueza infinita, ha despertado ya la rapacidad. Ya se ha proclamado que la raza anglosajona está destinada a regir en magnífico reino, y que la ruda forma social establecida (p. 51) allí por España debe ceder y disiparse ante una civilización más perfecta. Aun sin esta revelación de planes de subyugación y rapiña, el resultado no sería menos evidente en cuanto puede ser determinado por nuestra voluntad. Texas es el primer paso hacia México. Al momento que plantemos nuestra autoridad en Texas, los límites entre ambos países serán nominales, serán poco más que líneas trazadas sobre la arena de las playas del mar” (E. Channing. En: García Cantú. Las invasiones norteamericanas en México).

Channing revela la inmundicia de estos preceptos presuntamente religiosos. Son, en realidad, planes de sumisión y esclavitud. Si las élites que gobiernan Norteamérica los pregonan, nada de esto tiene que ver realmente con la existencia de Dios y, mucho menos, con la de un pueblo elegido. No obstante, el principio serviría para justificar los actos más inhumanos, de tal forma que, antes de terminar el siglo, la pretendida nación elegida, garante además de la soberanía de los pueblos latinoamericanos, se habría anexado ya, además de Texas y el 55% del territorio mexicano: Filipinas, Cuba y Puerto Rico. La primera fase de la Doctrina Monroe, o la fase de la acumulación originaria del capital norteamericano, concluye con un incremento de 2.3 millones de kilómetros cuadrados de su territorio, suficiente botín para ponerse a la altura de las potencias occidentales con las que rivalizaría directamente por la conquista de los mercados del planeta.

 

 

La lucha por la conquista planetaria, el “pueblo elegido” se convierte en “policía internacional”

La Doctrina Monroe no representó nunca el principio de “América para los americanos”;fue siempre en realidad la idea de “América para los norteamericanos” lo que determinó su existencia. México y Centroamérica fueron sus primeras víctimas, pero el afán de acumulación y conquista no tardó en motivar nuevas y más perversas invasiones. Una vez tomado medio continente y habiéndose apoderado de las fuentes de riqueza de la otra mitad, EE. UU. se sintió listo para dar el salto hacia el exterior. Había que rivalizar con las potencias capitalistas europeas. Para 1905, el presidente Roosevelt– el 32º promotor de la filosofía económica de exterminio– anexaba un corolario a la Doctrina, que decía:

“Las malas prácticas crónicas, o una impotencia que resulte en un debilitamiento… pueden, en América… requerir en última instancia la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental, la adhesión de EE. UU. a la Doctrina Monroe puede obligar a EE. UU. a ejercer un poder de policía internacional”. (Franklin D. Roosevelt. Citado en: El imperialismo estadounidense: de la predestinación a la coerción).

Por el “bien de la humanidad”, Estados Unidos se proclamaba policía internacional. Sus intereses serían ahora entendidos y asimilados como los intereses de la humanidad entera. En otras palabras: “lo que a la élite norteamericana beneficie, será considerado saludable para todos los pueblos, lo que le perjudique, castigado y perseguido”. Si alguna nación se niega a aceptar el papel de ilota que se le asigna en esta dinámica, estará atentando contra la paz mundial, por lo que será sometida por el “bienestar común”.

Esta segunda fase de la Doctrina va a determinar prácticamente la historia del mundodurante el siglo XX. Amparada en los principios del “pueblo elegido” y “policía del mundo”, Estados Unidos estará detrás de la reorganización territorial de Europa y las invasiones a Latinoamérica, así como en los conflictos militares del sureste asiático, África y Medio Oriente. Entre 1915 y 1934 intervendría Haití con el pretexto de “restaurar el orden y proteger a inversores estadounidenses”; entre 1916 y 1924 ocuparía República Dominicana con el mismo argumento; encabezaría, entre 1950 y 1953, la Guerra de Corea para “detener la expansión del comunismo”; Vietnam, con el mismo pretexto, sería invadido por casi una década, entre 1964 y 1975; durante la década de los ochenta, las últimas víctimas de este “pueblo elegido” serán Granada y Panamá; en ambos países el objetivo era derrocar al gobierno existente que no se sometía a los intereses del capital norteamericano.

La Doctrina pierde credibilidad, Estados Unidos se erige en el mayor Estado genocida de la historia

El Siglo XX representó la expansión de la Doctrina Monroe a todo el planeta. Las dos guerras mundiales, de 1914 y 1939, habían dejado a sus competidores exhaustos y, bajo el pretexto de salvar a la humanidad del comunismo, el mayor Estado genocida del planeta se lanzó a ocupar nuevos territorios. No obstante, no saldría tan bien librado de estas agresiones. Tanto Vietnam como Corea opusieron una resistencia inesperada, haciendo quelas pérdidas materiales fueran el mal menor. El “pueblo elegido” perdía credibilidad y se revelaba a los ojos del mundo como una nación bárbara y sanguinaria, mucho más cerca del infierno que del cielo.

Había, pues, que reformular los principios de la política imperialista. Se necesitaba seguir abriendo mercados y obligar a todas las naciones del planeta a rendir tributo con sus riquezas naturales al insaciable mercado occidental. Para ello, se tenía que replantear la estrategia. Así pues, a partir del año 2000, y utilizando como argumento el atentado de las Torres Gemelas (ahora sabemos que fue planificado y perpetrado por el propio gobierno norteamericano), la nueva fase de conquista buscó legitimarse como “lucha contra el terrorismo”. Una nueva serie de invasiones se pusieron en marcha: el objetivo, hacerse del petróleo de los países con mayores reservas del mundo. Así, en 2001 se declaró la guerra a Afganistán con el argumento de derrocar al régimen talibán; Irak fue acusado de poseer armas de destrucción masiva, cosa que nunca se demostró y, desde 2003, el ejército norteamericano comenzó el saqueo directo de las riquezas de este histórico pueblo; en 2011 invadieron Libia, acusando al presidente Muamar el Gadafi de dictador, cuando Libia era el país más próspero del continente Africano (hoy en Trípoli se venden esclavos a plena luz del día); en 2014, bajo una presunta persecución al Estado Islámico, EE. UU. invadió Siria, gobernada ahora precisamente por un miembro de ISIS, protegido por el gobierno de Donald Trump.

 

La etapa última de la Doctrina Monroe, el imperialismo y la era de la barbarie

Hoy, ya sin ningún tapujo, EE. UU. habla de una nueva fase de la Doctrina Monroe enunciada como Doctrina Monroe. Los argumentos ideológicos de protección y salvación de los pueblos son intragables. En el mundo entero son ahora inseparables los términos:imperialismo, genocidio y EE. UU. La fase de declive que atraviesa el capitalismo norteamericano se revela en su casi total desindustrialización: mientras en los cincuenta el 60 por ciento de la producción industrial del planeta provenía de EE. UU., para inicios del Siglo XXI, esta cantidad se había reducido a menos del 25 por ciento; del total de la inversión extranjera mundial en 1960, el 47 por ciento provenía de EE. UU.; para 2001 esta cantidad representaba sólo 21 por ciento; la industria manufacturera representa ahora apenas el 10 por ciento de su PIB. EE. UU. dejó hace más de una década de ser la primera economía mundial, cediendo su lugar a China, que, para 2030, concentrará el 45 por ciento de la producción industrial mundial, erigiéndose en la mayor economía capitalista del orbe.

¿Cómo conserva entonces el imperialismo norteamericano una posición que su propia dinámica le imposibilita sostener? Mediante la guerra, el saqueo y la destrucción. La nueva fase de la Doctrina Monroe implica la intensificación de las políticas implementadas en la acumulación originaria, pero a un nivel más mortífero. A la guerra contra el “terrorismo” se le suma ahora la guerra contra el “narcotráfico”, un mal social inherente a la desigualdad que el mismo imperio está patrocinando. Con esa justificación, la “Doctrina” intervino en Venezuela para hacerse con su riqueza petrolera y ahora apunta a México, la principal víctima de esta política de exterminio desde su aparición en el Siglo XVII. 

Esta nueva fase de la conquista imperialista ha triunfado en América Latina con la instauración de gobiernos títeres, que se someten abyectamente a los intereses del capital norteamericano. Monigotes anodinos, ignorantes y por definición, apátridas, son colocados mediante la intervención de las “elecciones populares” al frente de sus respectivos pueblos. Javier Milei, en Argentina; Antonio Katz, en Chile; Daniel Noboa, en Ecuador; Abelardo de la Espriella, en Colombia; Nayib Bukele, en El Salvador; Rodrigo Paz, en Bolivia;Keiko Fujimori, en Perú, etc., pertenecen a esta última fase de conquista y expoliación por parte del capital occidental. Todo ello sin olvidar al engendro que ha colocado en Oriente:Israel, que, siendo una creación directa del capitalismo en su fase imperialista, pretende, bajo el mismo principio espurio de erigirse en el “pueblo elegido de Dios”, justificar un genocidio en Palestina, amenazando a su vez a todos los pueblos de la zona con una guerra sin cuartel que, si no se ha vuelto más violenta aún, es gracias a la resistencia tenaz del pueblo iraní.

La Doctrina Monroe es, pues, el velo de una política colonialista que el capitalismo ha necesitado desde su nacimiento. La supuesta legitimidad espiritual no es más que un delirio burdo y cada vez más detestable, con el que se pretende justificar lo inhumano e irracional de la política social que quiere implementar en el planeta entero la cúpula de millonarios que nos gobierna. El hecho de que un puñado de seres sin escrúpulos estén dispuestos a vender a su país como en América Latina, revela con cada vez mayor intensidad la veracidad del principio marxista de que “sólo el pueblo puede salvar al pueblo”. Los gobiernos son impuestos desde arriba, la democracia es una simple formalidad, un mecanismo con el cuál legitimar el dominio. Es la hora de la clase trabajadora, de las víctimas históricas de esta doctrina infernal. La organización en torno a un partido y la lucha por la conquista del poder, desde abajo, son la única resistencia real que se puede anteponer a la fase más criminal de la Doctrina Monroe, a la embestida final del imperialismo que ya está en marcha.


Escrito por Abentofail Pérez Orona

Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).


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