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Doce meses que cambiaron al mundo, de Larry Lesueur (II de II)
Lesueur incluyó hechos de menor relevancia en su libro, pero muy significativos, como que en la capital rusa nunca suspendieron las exhibiciones de ballet clásico y torneos de ajedrez.
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Los nazis y su dulce “sueño de verano” en Rusia

Adolfo Hitler, quien confiaba tanto en la victoria alemana sobre la URSS, supuso que en un solo un verano –el de 1941– lograría lo que Napoleón Bonaparte no pudo en 1812, creyó que, con los sitios a Leningrado, Moscú y Sebastopol, los rusos desafectos al socialismo formarían una quinta columna y se sumarían a su poderoso ejército de más de medio millón de soldados, su flota aérea y sus monstruosos tanques Panzer. En apoyo a ese objetivo, los nazis lanzaron octavillas con esta aclaración: “Los alemanes no luchamos contra el pueblo ruso. Lo único que queremos es librarlos de los judíos y los bolcheviques”.

Los nazis estaban tan convencidos de que en breve llegarían a los Urales, que incluso saquearon el Museo de Napoleón con la idea peregrina de que reemplazarían sus piezas con los suyas; inclusive enviaron miles de “brillantes cruces de hierro” para condecorar a sus futuros héroes tras la toma de Moscú. Estas preseas quedaron dispersas en la nieve cuando, en diciembre de 1942, huyeron en vergonzosa retirada. Poco antes, en agosto, Gran Bretaña y Estados Unidos (EE. UU.) anunciaron que ese año no abrirían un “segundo frente en Europa” para aliviar la presión nazi sobre Rusia, acción que solo realizaron en 1944 para que los nazis siguieran desangrándola. En lugar de ello –y también para evitar que la URSS tomara Japón– EE. UU. irrumpió en las Islas Salomón (Guadalcanal, Tualegi y Florida).

Lesueur incluyó hechos de menor relevancia en su libro, pero muy significativos, como el de que en la capital rusa nunca suspendieron las exhibiciones de ballet clásico y torneos de ajedrez; que todos los moscovitas estaban preparados para defender su capital “casa por casa”; que en las labores de vigilancia nocturna participaban hasta los niños mediante la organización de las Juventudes Comunistas (Komsomoles) y que, en Alemania, los nazis habían prohibido hasta la lectura de las obras de J. W. Goethe, Heinrich Heine y el escritor estadunidense Jack London –autor de El talón de hierro– además de los textos de Carlos Marx y Federico Engels.

Éstas son algunas muestras de la escritura de Lesueur: “Ahora comprendo bastante bien por qué el mundo occidental estaba equivocado acerca de la voluntad rusa de resistir. Nos dejamos engañar por las apariencias; comparamos este país, industrialmente atrasado con respecto a nosotros, en lugar de compararlo con los EE. UU. de hace un siglo, o con la Rusia zarista anterior a la Primera Guerra Mundial. Muchos de nosotros creíamos que un pueblo que había desterrado o aniquilado sus clases cultas; un pueblo que había empezado su educación partiendo de la nada, sería incapaz de resistir a un invasor que había derrotado a los mejores ejércitos que el resto de Europa trató de oponerle…

“Pero, quizás, la razón principal de nuestra convicción de que la Unión Soviética se derrumbaría fue debida al desconocimiento de los métodos sumamente eficaces empleados por los comunistas para organizar a la población civil para la guerra total, juntamente con nuestra falta de fe en los increíbles sacrificios que los rusos estarían dispuestos a hacer en defensa de su patria”.


Escrito por Ángel Trejo Raygadas

Periodista cultural


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