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Carolina Coronado
Poetisa española representante del Romanticismo; contemporánea de Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer. incursionó en teatro, novela, crítica literaria y crónica periodística, centrándose en tres temas: la mujer, la política y la sociedad.
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Nació el 12 de diciembre de 1821, en Almendralejo, España. Fue una poetisa española representante del Romanticismo; contemporánea de Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer. A los cuatro años se mudó a Badajoz porque su padre fue encarcelado por cuestiones políticas. Aunque educada de manera tradicional (las niñas de la época aprendían costura y labores del hogar) fue en la infancia cuando desarrolló su interés por la literatura y a los diez años escribió sus primeros poemas dedicados a sus hermanos.

En 1844 se publicó una noticia falsa de su muerte, lo que la motivó a escribir Dos muertes en una vida, poema que le aseguró la entrada en el Instituto Español y en casi todos los liceos de España. En esa época le diagnosticaron catalepsia crónica, por lo que se obsesionó con la muerte y la posibilidad de ser enterrada viva; su fijación llegó a tal grado que cuando murió su esposo lo embalsamó y lo tuvo guardado en su casa refiriéndose a él como “el hombre de arribaˮ. Fue fiel amiga de la reina Isabel La Católica; beneficiaria de sus favores, fue la reina quien le dio un terreno para construir una finca en Cádiz que se convirtió en uno de los centros de la literatura madrileña y refugio de políticos.

Además de la poesía incursionó en el teatro, la novela, la crítica literaria y la crónica periodística, centrándose en tres temas: la mujer, la política y la sociedad. Sus poemas fueron publicados en diferentes revistas, pero hasta la fecha no existe una antología que recopile su obra. Falleció el 15 de enero de 1911.

 

La empresa del ferrocarril de extremadura

Bien llegados a España, caballeros.

Esta joven nación, su tierra pura

os brinda a los amigos extranjeros

que lecciones la ofrecen de cultura:

por el terso carril marchen ligeros

los hijos de la rica Extremadura,

vuestras artes, y ciencias y portentos

a igualar y vencer con sus talentos.

 

¡Oh, mi pueblo, sencillo patriarca

tan agreste pacífico y tan rudo,

de ferrados-carriles tu comarca

van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo

buey que sus pasos por minutos marca

¡rodará gran vapor! ¿Quién tanto pudo?

¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento

pone a tan bella fábrica el cimiento?

 

Hay una tierra, en medio el océano,

donde O´Connell nació y a Byron cuenta,

¿qué reino hallar más fuerte y soberano

que la patria feliz que a ambos alienta?

Pues ya del genio y del poder Britano

tanto el raudal inmenso se acrecienta

que sus diques rompiendo a inundar pasa

el virgen suelo que de sed se abrasa.

 

Ya corren hasta aquí sus manantiales;

ya el campo bebe su copioso riego;

ya florecen brillando a sus cristales

el extremeño prado y el manchego.

¡Ay! los que tal pobreza y tantos males

en la guerrera lucha a sangre y fuego,

soportaron pacientes, ¿cómo ahora,

dicha comprenderán tan seductora?

 

Agriado el corazón por los azares,

perdida en desengaños la esperanza,

nada aguardamos ya sino pesares,

solo en el mal tenemos confianza;

por eso hacia la gente de los mares

torva la vista y suspicaz se lanza

y rechazando el bien porque suspira

responde el español: “fraude, mentira”.

 

Empero, no a los hijos de Bretaña

que nos tendieron las amigas manos

cuando el Coloso amenazó a la España

deben temer los nobles castellanos;

antes bien recordar la fiel campaña

que hicieron los dos reinos como hermanos

para que aliento infunda a la memoria

de Wellington su lauro y nuestra gloria.

 

¡Por qué ese recelar eterno y triste!

¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!

¡Por qué así nuestro espíritu reviste

con su negro color el blanco cielo!

Tal vez el hado en el rencor desiste

con que siguió nuestro cefrado suelo,

y su primera sonrisa alegremente

nos muestra en el camino reluciente.

 

¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!

¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes

pavimentos darán con su corteza,

moradas ornarán con sus ramajes!;

cuántos pueblos, alzando la cabeza

por contestar de Europa a los ultrajes:

“venid aquí –dirán– pueblos hambrientos,

¡que nosotros estamos opulentos!”.

 

Soneto

¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?

Deja por Dios tan peregrina idea

que podrás solo hacer que el mundo vea

en vez de lo que soy lo que tú eres.

 

Digno de ti será lo que escribieres

a tu alma harás brillar en tu tarea,

mas nunca harás que el juicio exacto sea

de cómo yo he cumplido mis deberes.

 

Mi vida por ti escrita, amiga mía,

un poema completo solo fuera

hijo del corazón y fantasía,

 

donde con gran vergüenza yo me viera

cual debiera haber sido o ser debía

y no cual soy o he sido en mi carrera.

 

Sobre la guerra

Nos ha dado el Señor cielos hermosos

con luz, por que los ojos alumbremos

y nosotros los pueblos ingeniosos

con humo del cañón la oscurecemos.

 

Nos ha dado unas tierras deliciosas

donde las vidas sustentar podamos

y nosotras las gentes belicosas

con sangre de los nuestros las regamos.

Nos ha dado suprema inteligencia

para adorar su ley mientras vivimos,

y nosotros negamos su existencia

y de la propia nuestra maldecimos.

 

Nos ha dado pasiones generosas

y odiándonos vivimos en la tierra;

“almas, nos dice, paz, sed venturosas”

y respondemos: “¡infortunio, guerra!”

 

Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,

por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;

nuestra campana eterna de agonía

por las batallas sus minutos cuenta.

 

Hacen trocar los siglos pasajeros

leves imperios, religiones, todo;

pero la horrible estirpe de guerreros

tiende su rama del egipcio al godo.

 

¡Oh, de asesinos fuerte monarquía

de siglo en siglo trasmitida viene;

reino antes de Moisés tal dinastía

y aún después de Jesús príncipes tiene!

 

Un perpetuo clamor son las naciones;

toda la humanidad es solo un grito;

cansado de sufrir generaciones

el mundo está, y cansado el Infinito…

 

Tiende, ¡oh, paterno mar! tiende los brazos

y, por piedad de nuestros hondos males,

de la tierra los míseros pedazos

abisma entre tus formas colosales.

 

Tal vez al arrollar el viejo mundo,

tus soberanas moles avanzando,

otras tierras mejor desde el profundo

se irán a tus espaldas levantando.

 

Aquí están las semillas corrompidas,

a Dios no pueden dar ya fruto bueno,

y pues a Dios no sirven nuestras vidas,

¡húndenos mar, te servirán de cieno!


Escrito por Redacción


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