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El miércoles 25 de mayo, a los 93 años, falleció el poeta, ensayista y académico mexicano Eduardo Lizalde Chávez (1929-2022). Estudió en el Conservatorio Nacional de Música, y Filosofía en la UNAM. Perteneció al Partido Comunista Mexicano (PCM) del que decidió apartarse en 1959, al ahondarse sus discrepancias tras la derrota y represión del movimiento ferrocarrilero, pues con José Revueltas, Jaime Labastida y Enrique González Rojo compartía la idea de que la derrota de la huelga ferrocarrilera había confirmado la inexistencia de un partido que estuviera a la vanguardia de la clase obrera mexicana. Participó en la fundación de la Liga Leninista Espartaco y militó en la Liga Comunista Espartaco. Fue director de la Biblioteca de México, catedrático de la UNAM, director de Radio Universidad, de la Casa del Lago, de Educación Audiovisual de la SEP, de Programas Culturales de Inmevisión y subdirector de Publicaciones del Conacyt.
Merecedor en vida de distinciones poéticas como el Premio Xavier Villaurrutia (1970) por El tigre en la casa; el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1974) por La zorra enferma; el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde (2002); el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines-Gatien Lapointe (2005); el Premio Internacional Alfonso Reyes (2011); el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2013) y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Español (2017).
Destacan en su profunda, irónica y apasionada obra poética Cada cosa es Babel (1966), El tigre en la casa (1970), La zorra enferma (1974), Caza mayor (1979), Autobiografía de un fracaso (1981), Tercera Tenochtitlan (1983), Tabernarios y eróticos (1988) y Tablero de divagaciones (1999).
Su obra más famosa es, sin duda, El tigre de la casa; por ella ganaría para siempre su apodo de El Tigre; extensa alegoría zoomórfica, consta de un solo poema dividido en cantos en el que el poeta expresa la violencia de sus luchas interiores, sus contradicciones, su miedo y aversiones en la figura de un gran felino que, espiándolo detrás del espejo, lo desgarra desde dentro y amenaza con devorarlo al mínimo descuido:
Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y solo tiene zarpas para el que lo espía,
y solo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.
Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y solo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.
No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.
Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.
Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.
Poesía culta sin caer en el intelectualismo, la obra de Eduardo Lizalde se entronca con toda una tradición literaria de ruptura de los convencionalismos; de él dijo el poeta y crítico Marco Antonio Campos: “por la vertiente primordial de su país, ha sido y es el más brillante, por no decir el real y único, heredero de la poesía maldita, sobre todo del linaje francés: de Rutebeuf y Villón, de Baudelaire y Rimbaud, de Lautrémont y Artaud. De todos sin duda, su influencia múltiple, su verdadero dios, ha sido, como lo fue para Arthur Rimbaud o para Émile Nelliganm, Charles Baudelaire”.
La presencia del tigre es aterradora en su Retrato hablado de la fiera, pero la ironía del poeta se manifiesta al final de la obra, cuando el tigre se convierte en doméstico gatito al contacto con la prosaica realidad, constatando la existencia de dos mundos paralelos, el fantástico en el que habita la bestia carnicera y el cotidiano, con sus vulgares exigencias:
De pronto, se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.
Se escribe así, rabiosamente,
destrozándose el alma contra el escritorio,
ardiendo de dolor,
raspándose la cara contra los esdrújulos,
asesinando teclas con el puño,
metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.
Uno se pone a odiar como una fiera,
entonces,
y alguien pasa y le dice:
“vente a cenar, tigrillo,
la leche está caliente”.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.