La genética, como todas las ciencias, tiene sus orígenes hace miles de años y es producto del desarrollo de la sociedad.
Su origen se debe a la discusión acerca de la información (rasgos o características) que se transfieren de padres a hijos, así como también entre generaciones. Es decir, se ha estudiado el cómo y el por qué de estas transmisiones que constituyen la causa de ciertas diferencias y similitudes entre los padres e hijos y, debido al desarrollo de esta ciencia, se ha considerado que no todas las variaciones que se observan en los seres vivos se heredan, pues los factores ambientales y de desarrollo interfieren. Con esto podemos decir que algunas características no se heredan en sí mismo sino sólo la potencialidad de producirlas.
En sus inicios se creía que cada parte del cuerpo producía algo que posteriormente se concentraba en las células germinales (óvulos y espermatozoides, por ejemplo) convirtiéndose en la base material de la herencia. Posteriormente, con los trabajos de Mendel, monje austriaco cuyos experimentos sentaron las bases de la genética, y las investigaciones de otros científicos a principios de 1900, se estableció que eran los genes la unidad física y funcional de la herencia y, años más tarde, se estableció al Ácido desoxirribonucleico (ADN) como constituyente químico del gen y, por tanto, como el material que se reproduce y contiene la información de la herencia.
Pero, ¿cómo es que estos genes pasaban de los padres a los hijos? A principios de 1900 se descubrió que los genes formaban parte de los cromosomas; estructura organizada por genes, y que dicha estructura se ordenaba y se duplicaba en el núcleo de las células. También se definió que los cromosomas se encontraban en todas las células nucleadas del organismo, sin embargo, distintos genes entran en actividad en diversas etapas del desarrollo. Así pues, tenemos, por ejemplo, que un recién nacido nace sin dientes y, con el paso del tiempo, le salen.
Con el paso de los años se estableció la forma de estas estructuras y se descubrió que por lo general se encontraban en pares. Por ejemplo, los humanos tenemos 46 cromosomas dispuestos en 23 pares. Asimismo se determinó, gracias a los trabajos de Mendel y a otros científicos, que los cromosomas son unidades independientes en las células de la reproducción (óvulos y espermatozoides), pero hacen pareja en óvulos fecundados y en las células somáticas (células que conforman todas las estructuras excepto las células sexuales). Este proceso permite que los nuevos individuos presenten características de los padres, pero existen características dominantes, por ejemplo, cabello obscuro, la capacidad para enrollar la lengua, capacidad para parir dos cabritos en el caso de los chivos etc.
Sin embargo, al tener líneas puras (se dice de aquellos individuos que al reproducirse dan origen a otros idénticos a los de su clase), y cruzarlos entre ellos, se genera una primera generación filial (F1) con sólo una característica dominante de los padres, por ejemplo, color de lo ojos, altura, color de la semilla o posición de las flores.
Se sabe que, en los chícharos, la característica “alta” es dominante sobre la “chaparra” y al cruzar estos individuos obtendremos que la generación filial 1 (F1) sea alta, independientemente de quién haya sido el padre y quién la madre. Pero, al cruzarse los hijos resultado de la F1, tendremos tres cuartas partes de hijos con característica alta y una cuarta parte con característica chaparra.
Estos principios son una referencia importante para mejorar algunas prácticas, sobre todo en la agricultura, que se repiten de manera cotidiana por los productores.