Antología de poetisas del 27, de Emilio Miró, es un importante esfuerzo para revalorar la obra de cinco poetisas españolas de la “Generación del 27”: Concha Méndez, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre y Carmen Conde. En su estudio preliminar establece similitudes y diferencias biográficas entre ellas, su origen de clase, formación y eventos importantes como matrimonio y maternidad.
El autor de esta Antología sostiene que “la poesía de Rosa Chacel –como toda su obra narrativa y ensayística– es una rigurosa exploración intelectual, un sólido edificio de pensamiento y forma, de coherencia racional y fulgor verbal, sabia alianza de ética y estética”. La obra lírica de Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994), es “voluntariamente corta frente a su extensa narrativa”. Su exclusión de las antologías de la “Generación del 27”, centradas en ocho o diez poetas “canónicos” (ninguna mujer) no logró hundirla del todo en el anonimato ni convertirla en un nombre disecado bajo el rótulo de “otros poetas del 27”; y el esfuerzo de historiadores y divulgadores literarios poco a poco rinde frutos.
A la orilla de un pozo (1936) es su primer poemario; en él, la forma se depura en endecasílabos, mostrando su admiración por la poesía culta en lengua española y por los grandes del Siglo de Oro. En sonetos formula un profundo monólogo literario y filosófico con Concha Albornoz, María Zambrano, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Nikos Kasantzakis, Concha Méndez o Manuel Altolaguirre; monólogo que prosigue en su segundo libro, Versos Prohibidos (1978), cuyos destinatarios se diversifican y elevan a personajes míticos; y cuando parece que no sucederá, el poemario nos sorprende con tres sonetos cuyos personajes son humildes ingredientes de la cocina popular española: La cebolla, La sardina y La habichuela. Prosaicos objetos cotidianos elevados a la altura de la poesía culta, rimados en endecasílabos. La cebolla deja de ser un vulgar ingrediente para convertirse en símbolo del hambre superada por un pueblo valiente y resistente; la sardina es pretexto para una moraleja sobre la pequeñez individual y la invencible fuerza del colectivo; lo mismo que las habichuelas, capaces de la obra grandiosa de erradicar el hambre si actúan al mismo tiempo que cientos de sus iguales, que han crecido pacientemente, muriendo para resucitar desde la oscuridad de la tierra.
I.a cebolla
¡Oh blanca, dura y dulce, levantina,
del ajo castellano compañera!...
de sutiles camisas prisionera
tu intenso aroma en alta flor se empina.
Perla que sin estuche nacarina
bajo el bronco terrón húmedo espera
la dura azada que traerá certera
tu fresco cuerpo al aura matutina.
En la hoguera del hambre en que te arrojas
al rodar generosa de la mano
que regó tus liliales, verdes hojas
y el vino junto a ti, y el pan, su hermano
la sangre que arde en estas horas rojas
cobra su impulso y fuego soberano.
La sardina
Con tu ceñido arnés de azul acero,
ágil, breve guerrera submarina,
vas sujeta a la norma y disciplina
de espeso bando, en su bogar ligero.
Tanto el anzuelo ignoras, traicionero,
como la red, que cauta se avecina
y te envuelve, te tiende y te domina
sobre la nave en áspero madero.
Da el estertor de tu argentado pecho
por la gloria de ser sabrosa prenda
bajo la triste luz de almuerzo parvo.
El que muerde tu lomo deja hecho
–a tu gentil memoria limpia ofrenda–
el anillado esquema de tu garbo.
La habichuela
De verdes corazones vas orlando
la caña que te rige, lentamente.
Tierna labor que bordas, si ascendente
e insensible tu tallo va avanzando.
¿Qué dulce sueño abrigas en el blando,
terso cobijo en que fraternamente
resguardada del aire y Sol ardiente,
con tus iguales vives, dormitando?
Blanca operaria de plural empresa
que no matas un hambre por ti misma
si en nutrido escuadrón no le haces guerra.
Sólo el secreto germinal apresa
tu cuerpo cuando el surco que le abisma
dulce muerte de amor te da en la tierra.