Biden movió ficha: America First

Si hay un fantasma que recorre hoy la Unión Europea es sin duda el de la llamada “autonomía estratégica” y el de la urgente necesidad de construir unas fuerzas armadas europeas independientes y paralelas de la OTAN.

Manolo Monereo

2021-10-10
Ciudad de México

Asombra la rapidez. Biden fue recibido como la gran esperanza blanca que nos liberaba del neofascista Trump y que nos traía las promesas de una nueva América a lo Roosevelt. La izquierda europea lo recibió con entusiasmo; vio en él la posibilidad de salir de la austeridad, de tomarse en serio la crisis climática y de avanzar con firmeza hacia un feminismo más universal. Había cosas que no se decían, que conscientemente se dejaban en un segundo plano como su agresividad contra China y Rusia o su reafirmación clara y rotunda de la hegemonía norteamericana en el mundo y, más allá, su apuesta por la militarización de las relaciones internacionales. Ahora ya estamos en el otro lado, se afirma que Biden es como Trump. Tampoco es verdad. Para uno y para otro, América siempre será lo primero, sus intereses geopolíticos, su incansable lucha por mantener y ampliar su poder. Para ambos China es el enemigo. Sin embargo, en la táctica y, sobre todo en la estrategia, hay diferencias significativas.

El acuerdo entre Gran Bretaña, Australia y EEUU (AUKUS) hay que situarlo en un contexto marcado por la huida de Kabul y por el deterioro del prestigio del presidente Biden. Se ha escrito bastante sobre esto, no añadiré mucho más. La Administración norteamericana tenía que retomar la iniciativa política y dar una señal de firmeza. Las prisas son malas consejeras; el nuevo acuerdo ha generado muchas más dudas y deja muy tocada su política de alianzas. La palabra clave es unilateralidad. Francia ha hablado de deslealtad, de puñalada por la espalda y de diplomacia secreta; la Unión Europea ha mostrado una débil solidaridad con una Francia humillada y Borrell nos sigue hablando de la necesidad de una mayor autonomía estratégica de la Unión Europea. Estados Unidos EE. UU. manda, no consulta, a sus aliados y toma decisiones que afectan, directa o indirectamente, a sus socios. ¿Cuándo no ha sido así?

El acuerdo de EE. UU. con Australia y Gran Bretaña, sin embargo, enseña mucho sobre la dirección de la política de la Administración Biden, de su estrategia básica y de su compleja política de alianzas. En primer lugar, afirma con rotundidad que su prioridad es eso que hoy se llama Indo- Pacífico y que todo lo demás (como Europa, por ejemplo) le está subordinado. En segundo lugar, que hay aliados y aliados; es decir, que su núcleo duro sigue siendo su alianza con Gran Bretaña y el mundo anglosajón. En tercer lugar, que no está dispuesta a darle protagonismo a actores externos como Francia en un conflicto que necesita dirigir sin mediadores. En cuarto lugar, que a la Unión Europea se le tiene en cuenta por medio y a través de la OTAN; su presencia en la zona es admitida solo como complementaria y subordinada a los intereses norteamericanos.

Francia ha sido duramente golpeada. Definió hace años su estrategia para el Indo-Pacífico y tiene intereses en una zona vital para ella con territorios de ultramar como Nueva Caledonia, la Polinesia Francesa o La Reunión. Su industria militar es muy importante y necesita imperiosamente competir en un momento en el que se están produciendo cambios tecnológicos de enorme calado. Con el acuerdo, Francia pierde un conjunto de contratos que le suponían en torno a 66 mil millones de dólares y deja muy debilitada su pretensión de convertirse en aliado autónomo en la zona. La retórica irá dejando paso a una realidad que ha marcado a Macron: Francia no contempla una política exterior y de seguridad que no sea bajo el paraguas de la OTAN y una alianza estrecha con EE. UU.

Hay matices, sin duda; Francia, a diferencia de Alemania, es consciente de que la tendencia principal es hacia un mundo multipolar y que la hegemonía norteamericana está profundamente cuestionada. Sueña con convertirse en un aliado autónomo de EE. UU. y protagonizar una transición repleta de peligros, conflictos y, posiblemente, enfrentamientos armados. EE. UU. no comparte esa posición y, al final, Francia cederá una vez más.

El día 24 de septiembre se reúnen los países del “cuadrilátero”, EE. UU., India, Japón y Australia. Se espera un comunicado duro contra China y la defensa del derecho a una navegación libre en espacios económicos abiertos y basado en normas. El cerco se va cerrando. Si se mira el mapa con atención se verá que, poco a poco, se está formando una alianza entre islas que pretende encerrar a China en su mar meridional convertido en espacio en disputa y en zona de inestabilidad permanente. La Franja y la Ruta –la mayor reorganización de espacio-tiempo de Eurasia desde los mongoles– siempre tuvo un fuerte componente geopolítico en búsqueda de salidas que neutralizaran la dependencia del estrecho de Malaca (por el que pasa el 60 por ciento del comercio mundial y vía de ingreso del 80 por ciento del crudo que llega a China) y, sobre todo, eludir los intentos de bloqueo como provocación para la guerra.

El termino Indo-Pacífico es relativamente nuevo, antes se hablaba de Asia-Pacifico. El cambio no es casual, proviene de militares indios y aparece en 2010. ¿Qué se consigue? Neutralizar la centralidad de China y asegurar el protagonismo de una India que aspira a ser un actor principal en el nuevo orden multipolar que se atisba en el futuro. Hablar de Indo-Pacifico es definir una política de alianzas que necesita, para vencer o frenar a China, una India beligerante unida a Occidente. India-Rusia; China-Pakistán, son viejas alianzas políticas y reminiscencias de futuro. Afganistán se ha convertido en un problema añadido para una India que ve como se refuerza su tradicional enemigo, Pakistán. El nacionalista de derecha Modi, presidente de La India, toma nota. Se sabe pieza clave y entrará en el “Gran Juego” desde posiciones de privilegio. Medirá mucho sus pasos, mucho.

¿Occidente frente a Oriente? No está tan claro por ahora. EE. UU. busca aliados y no tiene demasiado tiempo; de ahí sus meteduras de pata y sus inmensos errores. Va por detrás de China y no acaba de entender su juego. Repite viejas soluciones a problemas nuevos. Ahora se trata de construir un bloque alternativo a China propiciando el alineamiento de los diversos países de la zona, neutralizando la influencia económico-tecnológica de China y militarizando las relaciones entre países. EE. UU., como siempre, empleará todos los medios a su alcance y no tendrá problemas en apostar a fondo por una potencia como la India que tiene fuertes pretensiones hegemónicas en la zona. El AUKUS busca redefinir un marco de alianzas flexibles desde un núcleo duro que se irá ampliando rápidamente y conectándose con los dos grandes protectorados político-militares de los EE. UU.: Japón y Corea del Sur. La clave es el alineamiento sin fisuras, definición clara del enemigo y coherencia estratégica en el espacio y en el tiempo.

La respuesta de la Unión Europea indica impotencia y subalternidad. Antes ya se ha dicho y lo repito: se ha dejado sola a Francia. Pronto volverán las aguas a su cauce y se habrá perdido una oportunidad más para defender posiciones propias y políticas diferenciadas. Las declaraciones de Borrell sorprenden por su debilidad, por su falta de criterio geopolítico y, sobre todo, por su inadecuación al tiempo histórico. En un momento donde la Comisión define su Estrategia para la Cooperación en la Región Indo-Pacífico y presenta su informe sobre Prospectiva Estratégica 2021, el alto representante de la Unión y vicepresidente de la Comisión parece preocupado por la incapacidad de la Unión Europea para organizar una fuerza de cinco mil efectivos de despliegue rápido, con el objetivo, entre otras cosas, de impedir una salida como la de Kabul. Borrell habla de fuerzas militares propias, diferenciadas de la OTAN y, eso sí, complementarias de las mismas.

Si hay un fantasma que recorre hoy la Unión Europea es sin duda el de la llamada “autonomía estratégica” y el de la urgente necesidad de construir unas fuerzas armadas europeas independientes y paralelas de la OTAN. Lo más inquietante es que una cuestión de esta magnitud político-estratégica esté fuera del debate público y se deje en manos de un conjunto de funcionarios y militares del entramado de poder que es hoy la Unión Europea. Se están tomando decisiones que hipotecan nuestro futuro, que definen alianzas internacionales y políticas militares que reafirman la hegemonía de EE. UU. y que se oponen a la construcción de un nuevo orden multipolar más plural e inclusivo. Hay que reaccionar y pronto.