La lucidez absoluta de Isabel de los Ángeles Ruano

Es una de las voces esenciales de la literatura guatemalteca. Isabel de los Ángeles es la prueba de que en esta sociedad enferma, el Estado no prioriza a los poetas, y menos si éstos esgrimen el arte como denuncia social.

Tania Zapata Ortega

2021-11-28
Texcoco, Estado de México

Es el tiempo de la palabra erecta

como antorchas prendidas en la noche.

 

Sabemos de los triunfos, la gloria y los honores conquistados por grandes poetas de todos los tiempos; sus biografías están llenas de premios, títulos, reconocimientos y recompensas materiales; la crítica ensalza sus vidas llenas de éxito y bienestar. Pero la historia de la literatura también abunda en ejemplos de creadores cuyas vidas fueron truncadas por la injusticia, las carencias económicas, la enfermedad, la muerte o un sinfín de eventos desafortunados. Y en no pocos casos, la ruptura con los convencionalismos sociales y la negativa a seguir los dictados de las buenas conciencias, han confinado al ostracismo y a la marginación a mentes preclaras.

Una de las voces esenciales de la literatura guatemalteca es Isabel de los Ángeles Ruano, nacida en Chiquimula, el tres de junio de 1945. A sus 76 años, es la prueba viviente de que en esta sociedad enferma y abismalmente desigual, el Estado no tiene como prioridad impulsar a los poetas, y menos si éstos no sirven a sus fines ideológicos y esgrimen el arte como denuncia social.

A los 18 años, Isabel se graduó como maestra de educación primaria; al año siguiente comenzaba su carrera periodística en El Diario de Centro América y El Imparcial; a los 21 publicaba en México, con prólogo de León Felipe, su primer poemario, al que tituló Cariátides (1967). De vuelta en su país, ingresó a la Universidad de San Carlos, graduándose en Lengua y Literatura en 1978. En 1979 ganó el Premio Internacional de Poesía en Argentina y en 2001 recibía el Premio Nacional “Miguel Ángel Asturias” por su “insondable y heroica cohesión entre vida y obra”. Es autora de Café express (2002); Versos dorados (2006;) Poemas grises (2010); y Torres y tatuajes (1988), que reúne 11 poemarios hasta entonces inéditos, obra reeditada en 2012 a la que se agregó Los muros perdidos.

El dato, vago y estigmatizante, se repite una y otra vez sin que pase por el tamiz de la reflexión: “a los 40 años, Isabel de los Ángeles Ruano comenzó a padecer trastornos mentales; hoy deambula vestida de hombre por las calles de la capital de Guatemala vendiendo jabones, lapiceros y… sus poemas”. Sí, sus propios libros, así como sus versos más recientes, manuscritos y fotocopiados por ella misma.

La también poetisa guatemalteca Ilka Oliva Corado dirá en su artículo La locura de Isabel de los Ángeles Ruano: “Se cuentan historias fantasmagóricas, algunas con remedo de realismo mágico, todas buscan darle una explicación sensata a su renuncia a la academia y la única que encuentran viable es tacharla de loca. Solo así se puede comprender desde la ‘lucidez’ que una mujer decida darle una patada en el trasero al mundo irrespirable de los títulos, las alfombras y los codeos y vaya en busca de la libertad”. *

Pero la locura, bien lo sabemos los admiradores del gran caballero de La Mancha, es signo de grandeza y refugio de muchos seres humanos ante las injusticias, calamidades y el sufrimiento de los pueblos; vender en las calles para sobrevivir al olvido oficial; elegir libremente la indumentaria de su preferencia; forjarse valientemente una identidad distinta con el nombre de Pablo o vivir al margen de la falsa intelectualidad de su país no deberían ser motivo de estigma, porque el aislamiento, la soledad y la pobreza no fueron suficientes para acallar su sincera y deslumbrante voz poética.

Hoy presentamos el hermoso poema Palabras a Ángela Figuera Aymerich (poetisa española de la posguerra) en el que Isabel da prueba fehaciente de la absoluta lucidez de su poesía frente a la feroz irracionalidad de la sociedad actual, con una brillante reflexión sobre la tarea que tienen los poetas de alumbrar la oscura noche de la humanidad; no es el momento –dice– de cantar a la rosa, al celaje, a las cordilleras rojas de amapolas:

 

Palabras a Ángela Figuera Aymerich

 

Angela Figuera,

con las luces de siempre en la memoria

hemos viajado con el tiempo nuestro.

 

Nuestra aljaba es de flechas transitorias,

de espiritual esperma, vivo y joven.

 

No es la hora de hablar del plenilunio

ni de la seca hojarasca del otoño.

 

Es esta juventud de sangre y savia

la que entre alambre y sal nos acompaña.

 

Es el himno del hombre ultraterrestre

el que en lucha y afán hoy nos alumbra.

 

Es el ideal humano de este siglo

que en milagros de técnicas nos guía.

 

Es el tiempo de la palabra erecta

como antorchas prendidas en la noche.

 

Es la estrella del presente justo

la que nos dicta el ser del verso altivo.

 

Es la hora del estruendo y casi

también la hora de las sepulturas.

 

¿Pero hablar de poesía, entonces,

no es gastar en balde papel y tinta

como tu has proclamado en tu España?

 

No, si el ricio y la rosa de los sueños

se han esfumado ahora del poema,

no es porque el alma del poeta

haya huido de sus perspectivas,

ni que las caracolas viejas del ensueño

se hayan fugado de la fantasía,

es que la realidad de piedra nos envuelve

con su acerado manto de huracanes.

 

Es tremendo vivir por estos años

de competencia gris, desorbitada,

cuando, Ángela, entre tanto

cantamos con ritmo y con banderas

las aleluyas de un feliz mañana.

 

Nos quedamos por eso sin celaje

y cordilleras rojas de amapolas.

 

Apuntamos, contigo, al exacto,

profundo grito del momento mismo

en que el planeta sobre su eje gira.

 

Y al cancelar perfumes y jardines

de mil y tantas no sé qué más noches,

al olvidar el beso y el requiebro,

comulgamos las XX maravillas

con los XX pecados capitales:

entonces lengua y garganta se transforman

en un solo y feroz y audaz ronquido

con que la voz nos brinca desde el llanto.

 

Pero estar en el mundo, ¿qué nos dice?

hay que ver el fondo del abismo

cuando dolor y hambre son miseria,

cuando ignorancia es acíbar negro

y somos ciudadanos impotentes

de transformar al mundo que discurre

bajo cortinas de humo y dogmatismo,

cuando verdes y azules se combaten

por territorios de cereal y minas,

o por “contras” y “proes” sin destino

en que se gastan en metralla y muerte

los recursos humanos, y nos callan.

 

En los niños hallamos argumentos

para negar satélites y bombas

–triste reverso de los padres nuestros–

tal las revoluciones y las guerras frías.

(Y aunque me nombren de retrógrada y etcétera).

 

Y explosión demográfica que asusta

y cien mil megatones de consignas,

y hospitales repletos sin subsidio,

y desempleo y mitos en la sopa.

Así, los poetas se tragan sus renglones

y acumulamos versos por kilómetros,

para que nadie nos lea, sin embargo.

 

Tú tienes razón, Ángela Figuera,

en tus voces de protesta amarga.

 

Yo aprendí con tus páginas erguidas

a hermanarme a tus filas, de recluta,

por las causas humanas más excelsas,

a centrarme en mí misma, en mis ideas,

en lo cierto que veo, en lo que ignoro,

en lo que pasa y duele y es herida,

en lo que sabes tú y yo he entendido

desde Belleza Cruel y Días Duros,

que como biblia o silabario han sido,

para esta joven triste, que le canta

a las estatuas firmes de tus versos

y a la verdad quemante de tus libros.