Innovación tecnológica, producción de litio e impacto ambiental

El caso chileno ilustra los riesgos ecológicos que trae consigo la producción de litio: en el Salar del Carmen se extrae diariamente cantidades gigantescas de agua la empresa SQM, la segunda mayor productora de litio en el mundo.

Daniel Lara Jáuregui

2021-11-14
Ciudad de México

Elon Musk, director general de la empresa automotriz Tesla, Inc., ganó en un solo día 36 mil 200 millones de dólares, equivalente a 724 mil millones de pesos. En tan solo 35 días como ése, igualaría el PIB de México (25 billones 419 mil millones de pesos, según el Inegi). (El Universal, 28 de octubre de 2021).

Estos datos no solo reflejan lo irracional del sistema económico mundial, sino que ponen de manifiesto el peso que han adquirido las empresas orientadas a la innovación tecnológica: recientemente, Space X ha realizado vuelos aeroespaciales y tiene por objetivo la exploración de Marte; Hyperloop se orienta a sistemas de transporte ultrarrápidos en cápsulas (tubos) al vacío; Tesla y numerosas empresas como BMW, Volkswagen, BAIC, BYD, Hyundai, Nissan, KIA, entre otras, participan en la carrera por la movilidad eléctrica, por dejar atrás los combustibles fósiles y transitar hacia el uso de “energías limpias” mediante el diseño y fabricación de automóviles híbridos y eléctricos.

Uno de los insumos indispensables para la fabricación de las baterías de estos autos es el litio, un elemento blanco plateado considerado el metal sólido más ligero. Debido a que es un elemento altamente reactivo, no se encuentra aislado en su forma metálica en la naturaleza, sino como parte de diferentes compuestos. El carbonato de litio se emplea en la industria del aluminio, del vidrio y la cerámica y en la elaboración de psicofármacos; el bromuro de litio en el acondicionamiento de aire; el hidróxido de litio en la elaboración de grasas y lubricantes. Del cloruro de litio se extrae el litio metálico, que se emplea en la elaboración de baterías para celulares, computadoras y autos eléctricos.

Cada año se producen alrededor de 80 mil toneladas de litio (el precio de la tonelada es de aproximadamente 10 mil dólares). Se extraen principalmente de depósitos de “roca dura” y de salares, que son cuencas hidrográficas compuestas por una parte líquida (soluciones salinas o salmueras), una parte salina (cloruros, sulfatos, nitratos y otros) y una parte sólida (arena, limo y arcilla). Las salmueras se bombean desde el subsuelo (a varias decenas de metros) y se depositan en la superficie en “albercas” gigantescas donde se evapora el agua y se sedimentan las distintas sales. Posteriormente, estos compuestos pasan a las plantas industriales para su procesamiento.

El 60 por ciento del litio del mundo se encuentra en los salares del llamado Triángulo de Litio, situado en el área fronteriza entre Argentina, Bolivia y Chile.

En Argentina, la empresa BMW invertirá 300 millones de dólares para la extracción de litio a partir de 2022.

En Bolivia, la extracción de las sales, la industrialización de algunos compuestos y la creación de plantas y centros de investigación correspondientes corrió por cuenta del Estado. Las fases de producción de cátodos y baterías y de comercialización se acordaron en sociedad con la empresa alemana ACI Systems, con una inversión aproximada de mil 200 millones de dólares (proyecto anterior al golpe de Estado de 2019).

El caso chileno ilustra los riesgos ecológicos que trae consigo la producción de litio: en el Salar del Carmen, en medio del desierto de Atacama (una de las regiones más áridas del planeta) extrae diariamente cantidades gigantescas de agua la empresa SQM, la segunda mayor productora de litio en el mundo. Investigadores de la Universidad de Antofagasta señalan que el caudal de diversos ríos ha disminuido y con ello se genera un cambio climático local: al disminuir la humedad, la temperatura aumenta, se reduce la cobertura de la vegetación y se alteran los ecosistemas locales.

La quema de combustibles fósiles contribuye al incremento de la temperatura de la atmósfera, al calentamiento global; pero la generación de “energías limpias” mediante métodos extractivistas también abona a estos efectos. Detrás del discurso ecologista de las empresas está su afán de obtener la máxima ganancia. La lucha contra el cambio climático debe dirigirse, en el fondo, al cambio en el modelo económico global.