Claribel Alegría: ser humano antes que poeta

A lo largo de su vida mantuvo una posición bien definida en favor de la autodeterminación de los pueblos latinoamericanos y en contra del imperialismo, rechazando su política de intromisión en Nicaragua y la guerra contra la Revolución Sandinista.

Tania Zapata Ortega

2021-10-31
Texcoco, Estado de México

No levantes fronteras

es inútil

se dispara hacia ti

mi corazón desenvainado

De Variaciones sobre mí

 

El 25 de enero de 2018, a los 93 años, moría en Managua la prolífica escritora, poetisa y ensayista Claribel Alegría. Habiendo nacido en Nicaragua en 1924; la razón de que asumiera la identidad salvadoreña se debe a que aún no cumplía un año cuando sus padres se vieron obligados a emigrar a El Salvador, huyendo de la persecución del gobierno de Anastasio Somoza y llevando consigo a Clara Isabel Alegría Vides, quien luego adoptaría gustosa, a sugerencia de José Vasconcelos, el nombre poético de Claribel Alegría.

A lo largo de su vida mantuvo una posición bien definida en favor de la autodeterminación de los pueblos latinoamericanos y en contra del imperialismo, rechazando su política de intromisión en Nicaragua y la guerra contra la Revolución Sandinista. Se negó a ser encasillada en un grupo o corriente literaria, se llamara Generación Comprometida o Boom Latinoamericano, defendiendo su libertad de transitar su propia senda poética; no obstante, es bien conocida su profunda amistad con grandes referentes de las letras del Siglo XX. Claribel Alegría se reconoció a sí misma, desde el principio, como una profesional de la poesía y dejó constancia de ello en numerosas entrevistas y en su propia obra, como en Ars poética:

 

Yo,

poeta de oficio.

condenada tantas veces

a ser cuervo

jamás me cambiaría

por la Venus de Milo:

mientras reina en el Louvre

y se muere de tedio

y junta polvo

yo descubro el sol

todos los días

y entre valles

volcanes

y despojos de guerra

avizoro la tierra prometida.

 

En 2017, un año antes de su muerte, entrevistada por su coterráneo, el periodista Carlos Salinas Maldonado, al otorgársele el Premio Reina Sofía de Poesía*, la poetisa diría en torno al avance del fascismo en el mundo: “…Y me espanta, también, como buena centroamericana que soy, ver a nuestros pueblos… es que damos un paso para adelante y dos para atrás; y no hay educación adecuada para nuestros hijos (…) el desempleo, la pobreza, todo eso a mí me marca espantosamente. Y por eso muchos dicen que mi poesía es comprometida; pero no es ‘comprometida’, es que el sufrimiento de mis pueblos se refleja en mí; y yo soy ser humano antes de ser poeta y me duele mucho lo que sufren mis pueblos”. Y cuestionada sobre la necesidad de una nueva revolución, contestaría: “Sí, yo otra vez sería revolucionaria, pero de otra manera: sin violencia. Porque, ¡ay!, eso es horrible. Mira, nunca se me va a olvidar cuando mi marido y yo fuimos a los acuerdos de paz de El Salvador (…) y él quería ir a Guazapa, porque en Guazapa se libraron muchas batallas en El Salvador. Entonces fuimos y nos encontramos con una viejita que yo estoy segura que era de mi edad, pero por la vida que había llevado se veía mucho mayor; y me dice: ‘Ay, señora, no… yo no quiero otra guerra, perdí a mi marido, perdí a dos de mis hijos, perdí a mi yerno, ¿para qué? –me dijo– Para que estemos igual’. Eso me marcó. Y yo ya no quisiera otra revolución violenta”. Esta entrevista recuerda uno de sus más conocidos poemas, Ven conmigo, del que transcribimos apenas un fragmento.

 

«Yo estuve mucho rato en el chorro del río».

explica la mujer

«un niño de cinco años

me pedía salir.

Cuando llegó el ejército

haciendo la barbarie

nosotros tratamos de arrancar.

Fue el catorce de mayo

cuando empezamos a correr.

Tres hijos me mataron

en la huida

al hombre mío

se lo llevaron amarrado.»

Por ellos llora la mujer

llora en silencio

con su hijo menor

entre los brazos.

«Cuando llegaron los soldados

yo me hacía la muerta

tenía miedo que mi cipote

empezara a llorar

y lo mataran».

Consuela en susurros

a su niño

lo arrulla con su llanto

arranca hojas de un árbol

y le dice:

«mira hacia el sol

por esta hoja»

y el niño sonríe

y ella se cubre el rostro de hojas

para que él no llore

para que vea el mundo

a través de las hojas y no llore

mientras pasan los guardias

rastreando.