Alfonsina Storni

El rasgo más característico de su producción fue un feminismo combativo en la línea que se observa en el poema Tú me quieres blanca, motivado por las relaciones problemáticas con el hombre, decisivas en la vida de la poetisa.

Redacción

2021-10-10
Ciudad de México

Nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca (cantón suizo del Tesino). A los cuatro años se trasladó con sus padres a Argentina; residió primero en la ciudad de San Juan y posteriormente en Santa Fe, Rosario, Buenos Aires y Mar del Plata. Su padre murió cuando tenía catorce años y ella entró a trabajar en una fábrica para ayudar en casa. Siendo adolescente ingresó a una compañía de teatro y recorrió diversas provincias actuando en algunas obras; al regresar reanudó sus estudios, trabajó como maestra de escuela y también dio clases de arte dramático.

Al poco tiempo del nacimiento de su hijo Alejandro trabajó en el comercio, hasta que el Consejo Nacional de Educación le otorgó un nombramiento. Desde entonces se dividió entre la enseñanza y las cátedras de declamación en el Teatro Infantil Municipal Labardén y en el Conservatorio Nacional, donde se desempeñó hasta sus últimos días. Fue colaboradora en Caras y caretas de Buenos Aires y uno de sus cuentos fue premiado. Realizó alguna incursión en la dramaturgia, aunque es famosa por su obra poética. Inició su carrera literaria en 1916, evolucionando desde el romanticismo hacia el intimismo sintomático del modernismo crepuscular para desembocar en la vanguardia. El rasgo más característico de su producción fue un feminismo combativo en la línea que se observa en el poema Tú me quieres blanca, motivado por las relaciones problemáticas con el hombre, decisivas en la vida de la poetisa.

Su obra se divide en dos etapas: a la primera, caracterizada por la influencia de románticos y modernistas, corresponden La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920) y Ocre (1920). La segunda etapa, caracterizada por una visión oscura, irónica y angustiosa, se manifiesta en Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). En 1935 le fue diagnosticado un tumor del que fue operada, aunque el cáncer volvió; pasó por periodos depresivos tras el suicidio de sus amigos Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Eglé Quiroga. En octubre de 1938 viajó a Mar del Plata y envió a su hijo dos cartas y un Poema de despedida al diario La Nación. Acabó con su vida suicidándose en la playa de la Perla en el Mar del Plata un 25 de octubre de 1938.

 

Mundo de siete pozos

Se balancea,

arriba, sobre el cuello,

el mundo de las siete puertas:

la humana cabeza…

 

Redonda, como dos planetas:

arde en su centro

el núcleo primero.

Ósea la corteza;

sobre ella el limo dérmico

sembrado

del bosque espeso de la cabellera.

 

Desde el núcleo

en mareas

absolutas y azules,

asciende el agua de la mirada

y abre las suaves puertas

de los ojos como mares en la tierra.

 

…tan quietas

esas mansas aguas de Dios

que sobre ellas

mariposas e insectos de oro

se balancean.

 

Y las otras dos puertas:

las antenas acurrucadas

en las catacumbas que inician las orejas;

pozos de sonidos,

caracoles de nácar donde resuena

la palabra expresada

y la no expresa:

tubos colocados a derecha e izquierda

para que el mar no calle nunca.

y el ala mecánica de los mundos

rumorosa sea.

Y la montaña alzada

sobre la línea ecuatorial de la cabeza:

la nariz de batientes de cera

por donde comienza

a callarse el color de vida;

las dos puertas

por donde adelanta

–flores, ramas y frutas–

la serpentina olorosa de la primavera.

 

Y el cráter de la boca

de bordes ardidos

y paredes calcinadas y resecas;

el cráter que arroja

el azufre de las palabras violentas,

el humo denso que viene

del corazón y su tormenta;

la puerta

en corales labrada suntuosos

por donde engulle, la bestia,

y el ángel canta y sonríe

y el volcán humano desconcierta.

 

Se balancea,

arriba,

sobre el cuello,

el mundo de los siete pozos:

la humana cabeza.

 

Y se abren praderas rosadas

en sus valles de seda:

las mejillas musgosas,

y riela

sobre la comba de la frente,

desierto blanco,

la luz lejana de una muerta…

 

Agrio está el mundo

Agrio está el mundo,

inmaturo,

detenido;

sus bosques

florecen puntas de acero;

suben las viejas tumbas

a la superficie;

el agua de los mares

acuna

casas de espanto.

 

Agrio está el sol

sobre el mundo,

ahogado en los vahos

que de él ascienden,

inmaturo

detenido.

 

Agria está la luna

sobre el mundo;

verde,

desteñida;

caza fantasmas

con sus patines

húmedos.

 

Agrio está el viento

sobre el mundo;

alza nubes de insectos muertos,

se ata, roto,

a las torres,

se anuda crespones

de llanto;

pesa sobre los techos.

 

Agrio está el hombre

sobre el mundo,

balanceándose

sobre sus piernas…

 

A sus espaldas,

todo,

desierto de piedras;

a su frente,

todo

despierto de soles,

ciego…

 

Versos a la tristeza de Buenos Aires

Tristes calles derechas, agrisadas e iguales

por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,

sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo

me apagaron los tibios sueños primaverales.

Cuánto vagué por ellas, distraída, empapada

en el vaho grisáceo, lento, que las decora.

de su monotonía mi alma padece ahora.

–¡Alfonsina!– No llames. Ya no respondo a nada.

Si en una de tus casas, Buenos Aires, me muero

viendo en días de otoño tu cielo prisionero,

no me será sorpresa la lápida pesada.

Que entre tus calles rectas, untadas de su río

apagado, brumoso, desolante y sombrío,

cuando vagué por ellas, ya estaba yo enterrada.

 

Conversación

Dios te perdone al fin tanta tortura;

bien que a tu mano la movió el despecho

y daga fina hundísteme en el pecho,

que no te sea la existencia dura.

Que una vez más conozca la amargura

importa poco; el corazón deshecho

aprende más con tu impiedad. Bien hecho;

gracias, amigo, que esto me depura.

Iba teniendo una sospecha vaga

de que la llama del placer se apaga

poquito a poco en el camino humano.

Temblaba acaso por su leve abrigo,

pero inquietud me ahorras, buen amigo,

que de un golpe la ciegas con tu mano.