Los grandes vaticinios y la pandemia

Siendo muy fácil vacunarse en EU, existen 80 millones de norteamericanos que se resisten a aplicarse la protección, ¿por qué? Este fenómeno tiene que ver con el enorme distanciamiento del pueblo y el desprestigio de los políticos en ese país.

Omar Carreón Abud

2021-09-19
Morelia, Michoacán

Pensé compartir con mis posibles lectores, algunas ideas acerca de la enorme dificultad que enfrenta Estados Unidos (EE. UU.) para contener y combatir la epidemia del mortífero SARS-COV2 y sus mutaciones. Esto, porque, a pesar de su inmenso poder económico, ya que es el país con el mayor Producto Interno Bruto del mundo, ya ni se habla de aplanar la curva, sino que, en solo 19 meses, ya se ha llegado al impresionante récord de tener un ciudadano muerto como consecuencia de la enfermedad por cada 500 habitantes, y de más de 85 años, uno de cada 35. Me ha llamado particularmente la atención el hecho de que siendo muy fácil vacunarse, hasta en centros comerciales y con dosis regaladas, existen actualmente 80 millones de norteamericanos que se resisten a aplicarse la protección. Difícil de creer.

Estamos ante un interesante fenómeno social que con el tiempo se habrá de conocer plenamente en sus causas y consecuencias. Todavía es demasiado pronto. No obstante, creo que bien puede colaborarse a indagar cómo se explica que teniendo a la mano si no la cura, sí la protección, tantas personas se rehúsen a usarla. Sin duda alguna, quien intente entender el fenómeno deberá tomar en consideración el enorme distanciamiento del pueblo y el desprestigio que han llegado a acumular los políticos en EE. UU., en el supuesto modelo de democracia para el mundo, mucha gente está convencida de que los políticos exageran o inventan la enfermedad y la posible protección mediante las vacunas; estamos ante algunas de las consecuencias de tanta propaganda comercial y política destinada a la manipulación.

Pero también creo que habrá que tomar en cuenta otra perniciosa variante de la manipulación: la pavorosa campaña para borrar o hacer desconfiar de la realidad. El Asalto a la razón, le llamó Georg Lukács. Los manipuladores se han valido de filósofos no pocas veces difíciles de comprender para llegar a las élites intelectuales y se han valido, también, de versiones populares para difundir la desconfianza o la negación de la realidad. Así, millones de norteamericanos –y, claro, de sus zonas de influencia propagandística– han sido educados con superhéroes, brujas, mujeres vampiro, fantasmas, aparecidos, muertos vivientes y otras mil zarandajas, de manera que ahora, la ciencia y sus progresos, más todavía, si como las vacunas contra el Covid, no tienen la contundente prueba del tiempo, no pasan de ser o completamente desconocidas o motivos de desconfianza, burla y rechazo, como lo prueban 80 millones de norteamericanos que se niegan a vacunarse.

La propaganda manipuladora ha tenido como esencia empujar a los seres humanos a consumir sin freno ni medida, la mercancía se tiene que vender pronto para que se haga realidad la ganancia, así que la consigna del capital es: compre, compre, compre. Tiene, además, el insidioso propósito de hacer creer a la clase trabajadora, e incluso a las clases medias, que a pesar de sus sufrimientos y tragedias diarias viven en el mejor de los mundos posibles, a tal grado que estén dispuestos a dar su vida por defender al sistema que los subyuga y explota y, lo que es peor, que la den gustosos. Atrás y debajo de todo esto se encuentra el más poderoso y mortífero de los negociantes del sistema, el complejo industrial-militar de EE. UU.

Iniciemos los vaticinios anunciados en la cabeza de este trabajo con las palabras, si no de un vate, sí de un profundo conocedor, de alguien que sabía perfectamente por experiencia propia, de qué hablaba. Con ustedes, las palabras del General de cinco estrellas y presidente de EE. UU., Dwight D. Eisenhower, pronunciadas en su discurso de despedida el 30 de enero de 1961: “Esta conjunción de un inmenso sistema militar y una gran industria armamentística es algo nuevo para la experiencia norteamericana. Su influencia total (económica, política, incluso espiritual) es palpable en cada ciudad, cada parlamento estatal, cada departamento del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de esta nueva evolución de las cosas. Pero debemos estar bien seguros de que comprendemos sus graves consecuencias… En los consejos de gobierno debemos estar alertas contra el desarrollo de influencias indebidas, sean buscadas o no, del complejo militar-industrial”. “Graves consecuencias”, dijo Eisenhower, y ahí están ahora, haciendo acto de presencia en la sociedad norteamericana.

Con respecto a la importancia de la ciencia para la educación de la sociedad, me permito compartir las palabras de otro norteamericano, un gran científico con raíces en Polonia que hasta presumió en sus escritos su origen en la pobreza, Carl Sagan. Mi abuelo, dijo, era bestia de carga, llevaba en hombros a viajantes que deseaban cruzar un río; mi abuela, añadió Sagan, en la hoja de datos que le dieron cuando llegó a EE. UU., a la pregunta que decía “¿habla inglés?”, seguramente porque alguien se la tradujo, contestó: “no” y, a la cuestión, “¿dinero que porta?”, simplemente respondió: “un dólar”. Cosas de la tragedia de la emigración y, queridos lectores, cualquier parecido con nuestros padres, hermanos, hijos o amigos que se marchan para siempre, no será mera coincidencia.

Y bien, dijo Carl Sagan: “La ciencia es más que un cuerpo de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo un presentimiento de un EE. UU. en la época de mis hijos o nietos, cuando EE. UU. sea una economía de servicios e información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando unos poderes tecnológicos asombrosos estén en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público pueda siquiera comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o cuestionar con conocimiento a las autoridades; cuando, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en decadencia, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslicemos, casi sin darnos cuenta, de vuelta a la superstición y a la oscuridad”. Sobran los comentarios.

O, definitivamente y para acabar pronto, como le espetó a Fausto el Mefistófeles de Goethe: “Desprecia la ciencia y la razón, la mayor fuerza en que descansa el hombre… y te tendré por entero a merced mía”. Palabras de espanto que, a la luz de los resultados de la vacunación en EE. UU. y del sometimiento ideológico de los pueblos, bien pudiera pronunciar el capital todavía dominante.

Termino permitiéndome una reflexión personal. El pasado 14 de septiembre terminó mi encargo como diputado al Congreso del estado de Michoacán. Si cumplí o no cumplí con las expectativas de los que se sintieron por mí representados, serán ellos precisamente, los que habrán de juzgarlo. Solo quiero decir que antes de esa tarea yo era antorchista, durante la realización de la tarea fui antorchista, ahora que se terminó, soy antorchista y estoy más convencido y decidido que nunca, ahora tengo más razones. Soy una diminuta parte de los que luchan por una patria más justa, más libre, más democrática y más soberana y estoy absolutamente seguro de que es necesaria y es posible. Para expresarlo de una manera más patente y clara, pido el auxilio del eterno capitán Ahab, de Herman Melville: “¿Apartarme a mí? La senda de mi firme propósito está construida con vías de hierro sobre las que mi alma va encarrilada. ¡Sobre insondadas gargantas, a través de corazones de montaña barrenados, bajo lechos de torrentes, impertérrito avanzo! ¡Nada es obstáculo, nada viraje para el camino de hierro!”. Vale.