Elena Garro

Su obra es fundamental para el realismo mágico mexicano e hispanoamericano; y en su poesía cuestiona los resultados de la Revolución, vuelve al trauma de la Conquista o señala las desigualdades sociales.

Redacción

2021-09-12
Ciudad de México

BONI

Como esquina abandonada

en cuyos muros alzan la pata

los perros vagabundos y mean

con ojos olvidados su ardiente orina,

como esquina cubierta con la sarna

de carteles desteñidos anunciadores

de putas y elecciones presidenciales

con palabras que cuelgan abyectas

a la luz del sol:

 

Sufragio Efectivo, Rosa María Triunfadora de Shanghai

 

así existes tú en la memoria de los que te vieron,

sombra vagando en la ciudad,

señalado,

apartado de los felices ladrones que pasean del brazo.

Nadie recuerda tu entrada al mundo

ni la casa cuyo patio se cubrió de fúnebres gardenias

pisadas, machacadas por los dolientes

que sacaron en hombros a tu madre

vuelta desde entonces

menos que polvo entre las tuzas del panteón español.

 

Un destino de olvido te esperaba;

habías de andarlo solo,

solo hasta la última tarde

en el cine Mariscala.

El Día de los Inocentes

te diste para siempre al sueño

y allí te vi

clavado entre las sábanas

el pelo pálido sobre la almohada inmóvil

y terco para siempre en tu silencio.

Luego en el patio durmiendo en la camilla

entre los pies cínicos de la autoridad diligente.

 

Desde allí te encontré en muchos sitios

cuando eras constructor de pueblos

en el jardín oscuro de tu casa;

en las noches de miedo de siete años

pobladas de demonios y sudores fríos;

en la laguna

con el agua a la cintura

igual que un junco más,

el pelo lunar

y el delgado pecho azul como las aguas.

 

Te vi crecer en las distintas casas,

dejar tus pantalones grises,

avanzar solitario en medio de los tiempos

con un billete rosa de camión y tus cigarros.

Alejarte de mí, de todos.

Atravesar teatros vacíos

en donde tú eras autor, actor y público

mientras hablabas con tu jefe

y recorrías las estatuas del Paseo

para llegar a tu cuarto de esquina pobre

y despacio

quitarte los zapatos

colgar tu traje

y acostarte en tu mísero colchón relleno de periódicos.

 

Y ahora desde las losas de la comisaría,

desde la ceguera de tus ojos azules

te obstinas en no mirarme.

El pelo y la nariz

los tienes irrealmente fríos.

Estás tan pálido

que más que nunca vienes de la luna.

Ya no retrocedes a encontrarme en las batallas,

en esa calle cuyas piedras enrojecimos

con la sangre guerrera de diez años.

No te interesa el velocípedo:

–Te puedes pasear en él por los siglos de los siglos –me dices–.

–También te dejo los árboles y sus mejores mangos.

–Dispón de mis botellas de gasolina y organiza tú los incendios.

–Debajo de mi almohada está mi honda.

–El rompecabezas de la pata y sus patitos sobre el librero:

–¡Ármalo!

No quiero verte para no reírme de ti

pues ya para siempre te faltará una pieza.

 

Al amanecer

en el nauseabundo lujo de la agencia funeraria

te sigo viendo.

El pelo antes de paja

se te vuelve naranja

y de tus narices

manan ríos de sangre

que te forman espesos bigotes rojos.

Tu piel se ha vuelto más azul que la laguna.

Nunca, nunca tendré tu respuesta.

El cura repite:

“¡Descansa en paz!”.

“¡Descansa en paz por los siglos de los siglos!”.

Y en todo ese tiempo

yo armando y desarmando tu rompecabezas incompleto

por la palabra que tampoco te dije.

 

Por la tarde te colocamos en el agujero

donde estuvo tu madre.

La ciudad nos recibe:

¡La maldita!,

con sus vitrinas siempre ajenas a ti,

con sus cafés vírgenes de tus pasos de pobre,

con sus putas, sus luces, sus automóviles.

 

Arriba

en tu esquina

meadero de perros, apoyo de borrachos

tu ventana apagada.

En la memoria de todos tú, el fracasado

en mi memoria el huérfano, el extraño, mi hermano.

 

EL JARDÍN

¿Dónde quedó el jardín?

¿Dónde la jacaranda y la palmera

deshojándose azul y dando frutos amarillos?

Perdido está el granado.

Perdida la torre de la iglesia

que vivió en el cielo de mi casa.

En el centro, la fuente en la que nos mirábamos.

Al fondo, el pozo y los helechos.

Sobre el pasto, las huellas de nuestros pasos.

Sobre nosotros, el tiempo que nos hizo crecer.

Las lágrimas de mi madre en las baldosas del corredor.

La mano de mi padre cerrando puertas y ventanas.

Muy lejos, el viento solitario,

el árbol derribado

y el continuo caer de las hojas.

En el mismo espacio invisible

los aullidos del perro y los fantasmas

que habitaron mi casa.

Por esa rendija del tiempo

huyeron también las fiestas patrias

y las pisadas nocturnas del huarache,

las jícamas, el soldado muerto

mientras bebía un agua de tamarindo

y el ruido de la banda militar.

Atrás, Rutilio, Estefanía, sus lágrimas de pobre

y el adiós.

¿Dónde, dónde recuperar aquellos días?

 

Explicaciones a Helena en la Montaña

Escribes en la montaña de los niños

y pides que te diga cómo es tu país.

Las moscas aplastadas de tu letra

han llegado volando,

curiosas, exigentes de nombres de ciudades,

de héroes, de batallas, de flores, de volcanes.

No tengo nada que decirte:

Hernán Cortés llegó hablando

en una lengua que nadie conocía.

 

Elena Garro

Nació el 11 de diciembre de 1916 en Puebla. Dramaturga y novelista; también cultivó la poesía (inédita en su mayoría) y el periodismo. Incursionó en otras disciplinas artísticas como la danza, la actuación y la coreografía. Ingresó a la carrera de Letras Españolas en la UNAM, que dejó inconclusa por su matrimonio con Octavio Paz. Durante la Guerra Civil Española participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura junto a los escritores de la época de ambos países, Garro hizo una descripción detallada de cada uno en sus Memorias de España 1937. Su vida es muy controversial, desde su matrimonio con Paz, que duró 22 años y durante los cuales no publicó nada, dando pie a la especulación de que el escritor se lo prohibía e incluso por cómo lo describe ella en sus diarios; en el 68 culpó a sus contemporáneos del derramamiento de sangre, colaboró con la política oficial y se autoexilió hasta 1993. Todas estas circunstancias siguen dado pie a muchos comentarios de sus contemporáneos y estudiosos; sin embargo, ello no demerita su aporte a la literatura mexicana.

Su obra es fundamental para el realismo mágico mexicano e hispanoamericano: su narrativa introdujo nuevas maneras de plantear el tiempo dentro del relato, introdujo en la literatura la cosmovisión de los pueblos de provincia, el imaginario campesino e indígena en una época en la que estos sectores habían pasado a segundo término; en su poesía cuestiona los resultados de la Revolución, vuelve al trauma de la Conquista o señala las desigualdades sociales. Parte de su obra fue recopilada por el Fondo de Cultura Económica, que la publicó en tres tomos. Algunos de sus títulos más conocidos y estudiados son Los recuerdos del porvenir (1963), novela ganadora del Premio Xavier Villaurrutia; Un hogar sólido (1958), Andarse por las ramas (1958), Los pilares de doña Blanca (1958) y La semana de colores (1964), reunión de cuentos al que pertenece La culpa es de los tlaxcaltecas, que se convirtió rápidamente en uno de los clásicos dentro de la cuentística mexicana. Sin embargo, su obra es más extensa y con el paso de los años cobra importancia dentro de los estudios literarios mexicanos y extranjeros.