Regresar a clases cuando las familias tienen hambre

“No los voy a mandar ahorita a sus escuelas porque no es posible. No tienen en qué conectarse; ahorita con lo único que cuento es con un celular chiquito y como son dos, pues sí tienen que estar separados para conectarse, con uno no vamos a poder”.

Karen Santos

2021-09-11
Puebla

Tiene 32 años, pero afirma sentirse cansada. Lava ropa ajena para ayudarse con los gastos familiares, pero “hacerlo a manoˮ empieza a pasarle factura. “Ya no aguantoˮ, lamenta. Sueña con tener una lavadora que haga su labor menos pesada, incluso más productiva. Es Pascuala Bedolla López y, para llegar a su casa, debe hacer una larga travesía.

Vive en el último piso de los departamentos de la Unidad Habitacional Antorcha Obrera. Son edificios de cinco niveles y subir a su pequeño hogar cansa a la persona más atlética; ni qué hablar del peligro que representa subirlos, pues solo unos cuantos tramos tienen barandal; y quienes carecen de esta protección la han improvisado con palos, cubetas o macetas. En el edificio de Pascuala no hubo dinero para poner un barandal y eso le costó la vida a su hija de tres años.

“La Obrera”, como la llaman sus habitantes, debe su nombre a la zona donde se encuentra: cerca del Parque Industrial Finsa, donde se ubican varias armadoras de automóviles y empresas afines, entre ellas la Volkswagen. Para llegar a la pequeña colonia hay que seguir un callejón en el que apenas cabe un auto y, en época de lluvias, es mejor no intentarlo por el riesgo de quedar atascado.

Doña Pas, como la conocen sus vecinos, habla con buzos desde la entrada de su casa –“para que no se vea el tiradero”– y cuenta que, en su familia, lo han “pasado mal porque no hay trabajos y, si los hay, son pagados muy bajos”. Su esposo se enfermó y se quedó como único sustento. “Nadie más nos apoya con un recurso; tengo dos niños y ellos piden sin saber si hay o no hay”, expresa preocupada. Desde el inicio de la pandemia solicitó a los gobiernos estatal y municipal que la apoyaran porque “estábamos sin alimentos, pero nunca llegó el apoyo”.

“Si (el gobierno) apoyara a todos, si fuera parejo, sería diferente; pero al parecer apoyan más a sus familias, o a la de los que son candidatos o presidentes. No ven por la gente más necesitada. Ahorita hay mucha gente muy necesitada como yo; y no veo que reciban algún apoyo”, denuncia. Ni ella ni su familia han sido beneficiarias de un programa federal o estatal. Su esposo intentó obtener una pensión del “bienestar” … “Se anotó desde hace como dos años, pero como no le decían nada, volvimos a ir a Bienestar, pero le dijeron que regresara en septiembre a ver si ya tienen respuesta”, cuenta, mientras le dice a su esposo que tendrán que “ir a ver en la semana”.

A su situación, ya de por sí complicada, se sumó otro problema: el regreso a clases. “No los voy a mandar ahorita a sus escuelas porque no es posible; pero no sé cómo hacerle. No tienen en qué conectarse; ahorita con lo único que cuento es con un celular chiquito y como son dos, uno de secundaria y uno de primaria, pues sí tienen que estar separados para conectarse, con uno no vamos a poder”. Como la mayoría de los mexicanos “aspiracionistas”, como los llama el Presidente, Pascuala quiere lo mejor para sus hijos y quisiera darles “una computadora o una tablet, para que sigan estudiando y no se detengan”.

 

¡Crece la pobreza en Puebla!

En el estado de Puebla hay millones de personas con una historia como la de doña Pas. Son historias en torno a los golpes duros de pobreza, de sobrevivencia cotidiana y faltas de apoyo. Pascuala es una de los cuatro millones 136 mil 600 poblanos que viven en situación de pobreza general, según los datos más recientes del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

Esta institución informó que, en 2018, el 58 por ciento de los poblanos se hallaba en pobreza general y que en 2020 escaló al 62.4 por ciento, lo cual implicó que de tres millones 756 mil 300 personas en tal condición, se pasara a cuatro millones 136 mil 600; es decir, hubo un aumento de 380 mil 300 personas pobres.

Las mediciones del Coneval también revelaron que, el año pasado, los cinco millones 319 mil poblanos sufrían al menos una carencia; que dos millones 160 mil padecían tres carencias y que la mayoría carecía de acceso a servicios de salud, a servicios básicos de vivienda y, sobre todo, a una alimentación nutritiva y de calidad.

Dicha institución señala que “una persona se encuentra en situación de pobreza extrema cuando tiene tres o más carencias de seis posibles y que, además, se encuentra por debajo de la línea de bienestar mínimo. Las personas en esta situación disponen de un ingreso tan bajo que, aun si lo dedicasen por completo a la adquisición de alimentos, no podrían adquirir los nutrientes necesarios para tener una vida sana”.

El 12.7 por ciento de la población de Puebla se encuentra en esta situación y, lo que es más grave, es que estos altos niveles de pobreza crecieron 10.1 por ciento en los últimos tres años; es decir, del 2017 al 2020, con lo que la entidad escaló del quinto al tercer lugar nacional en pobreza, dejando atrás a Oaxaca. Desde que el Coneval realiza estos estudios, los tres estados con más pobres eran siempre Chiapas, Guerrero y Oaxaca.

Según este organismo, la entidad con el porcentaje más alto de personas en pobreza en el país es Chiapas, con 75.5 por ciento de su población; en segundo lugar aparece Guerrero con el 66.4 por ciento; ahora surge Puebla en el tercero con 62.4 por ciento, y Oaxaca se ubica en el cuarto sitio con 61.7 por ciento.

Para el gobernador morenista Miguel Barbosa Huerta, esos datos son “preocupantes”, pero los atribuyó al “impacto de la crisis económica producto del Covid-19”. Barbosa Huerta afirmó que la responsabilidad para revertir esta situación es de todos. “Debemos de entrar todos a esta cuestión de mejoramiento de nuestra sociedad y de las condiciones de la gente de los diferentes segmentos”, y prometió “orientar todas nuestras actividades financieras al combate a la pobreza, que ésa es la vocación de nuestro gobierno; solo que hoy estamos enfrentando una situación muy crítica como sociedad y economía y hay que trabajar juntos”.

Sin embargo, muchos economistas y analistas no comparten la opinión del Ejecutivo estatal en torno a que la “culpa de la crisis sea del Covid-19”. Para el catedrático en la licenciatura de administración financiera y bursátil de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), Anselmo Chávez Capo, el incremento de personas en condición de pobreza en México y Puebla es consecuencia de la mala focalización de los programas sociales del actual Gobierno Federal.

El economista y político Michel Chaín tiene la misma opinión: “No todo es culpa del Covid-19… pues la caída de la economía mexicana se inició el primer trimestre de 2019, en cambio, el Covid-19 nos pega hasta el segundo trimestre de 2020. Eso de echarle la culpa al Covid-19 de la crisis económica no es correcto”. La pandemia provocó, afirma, la profundización de la crisis económica y, por ende, la pobreza.

 

Más de dos millones en precariedad laboral

José Marcos Flores Granados trabaja los fines de semana como mesero en eventos sociales y entre semana hace trabajos de carpintería. La pandemia le ha ocasionado serios problemas a la forma en que se gana la vida por la cancelación de las fiestas familiares. Soltero y padre de un niño de ocho años con capacidades diferentes, se vio en la necesidad de vender sus pertenencias para cubrir los gastos.

Durante una entrevista con buzos en “la única parte bonita de la casa”, informó que su trabajo no es seguro, que sus ingresos son irregulares y que carece de prestaciones sociales. “Los trabajos que hago de carpintería, pues tampoco; no podría sacar una vivienda”, lamenta y voltea a ver a su hijo, quien en ese momento mira el pequeño televisor que hay sobre una silla frente al único sillón de la sala.

“Soy papá soltero; tengo a mi hijo aquí; es especial, tiene que tomar terapia y medicamento, a mí se me complica porque como quiera no puedo confiar en cualquiera para que me lo cuide”, añade y señala hacia el resto de su domicilio. “Ahorita lo de la pandemia sí me afectó más, porque prácticamente vendí casi todas mis cosas de la casa porque no había trabajo”.

Destaca que, incluso ahora, pese a que se han relajado las medidas restrictivas para evitar la propagación del Covid-19, “tampoco hay trabajo; son muy escasos los eventos buenos; sigo igual. Pasé casi año y medio sin trabajar bien, aquí nada más haciéndoles trabajos a los vecinos y vendiendo la mayoría de las cosas que tenía”.

El Semáforo de Trabajo Digno, que elabora el Observatorio de Trabajo Digno de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, estima que solo 192 mil poblanos cuentan con un puesto formal, es decir, cuentan con seguro social y el ingreso suficiente para adquirir la canasta básica. En contraparte, un millón 325 mil personas están desempleadas o imposibilitadas para buscar un trabajo remunerado. De éstas, 723 mil no pueden conseguir este tipo de actividades porque realizan trabajo en el hogar y se dedican al cuidado de terceros; el 98 por ciento de las personas en esta situación son mujeres.

El resto de la población productiva cuenta con un trabajo precario. Es decir, dos millones 150 mil personas laboran, pero carecen de seguro social o no perciben un ingreso suficiente para adquirir la canasta básica. De este universo, dos millones 36 mil personas no tienen seguridad social; un millón 797 mil no ganan lo suficiente para adquirir la canasta básica, y un millón 511 mil padecen los dos problemas. En palabras del coordinador de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, Rogelio Gómez Hermosillo, “en México, el trabajo no funciona como la puerta de salida de la pobreza; al contrario, el sistema laboral en su estructura actual se ha convertido en una fábrica de pobreza y desigualdad”.

“Hoy nada más vendí 30 pesitos. A veces, aunque venda cinco pesitos me conformo porque de todas formas tenemos que comer, tenemos que sobrevivir y así vamos…”, revela sentada en su silla, frente a su puesto de variedades La Tía, una mujer que ronda los 50 años. “Todos me dicen así”, cuenta a buzos Beatriz Hernández. Está con una amiga y las dos conversan sobre sus necesidades, sus carencias; pero sobre todo acerca de la crítica situación económica y de lo que les hace falta en la mesa.

“Estamos en la pobreza; a lo mejor no tanto como otros que están más pobres que nosotros. Aquí al menos tenemos frijolitos para comer, pero hay otros que no llevan nada a su mesa, que no tienen trabajo. Yo vivo de esto nada más”, y señala su puesto. Vende zapatos viejos, ropa usada, trastes, películas piratas, dulces, cigarros, etc. Llevo seis años vendiendo, vivo solo con una hija; pero aquí todos tenemos que buscarle, porque mi hija también tiene gastos. Ella ya tiene a sus hijos y tiene que buscar para que coman sus hijos y claro que me apoya, pero también en lo que puede”, reconoce.

Hace un par de meses, su salud se complicó porque fue víctima del Covid-19 “y me resguardé como un mes, dejé de salir. Yo decía: ¿y ahora, de dónde voy a sacar, si no puedo ir a mi puestecito? Ése es mi único sustento”. En Puebla, la población en pobreza laboral aumentó del 41.7 por ciento en el primer trimestre de 2020 al 47.2 por ciento en el segundo trimestre de este año; y desde que se inició la pandemia ha ido subiendo y, entre el primer trimestre y el segundo trimestre de este año, subió 1.7 puntos porcentuales al pasar del 45.5 a 47.2 por ciento. Doña Beatriz, La Tía y José Marcos Flores se hallan entre las decenas de millones de personas pobres a quienes su ingreso familiar no les alcanza para adquirir la canasta básica alimentaria, viven con hambre e incertidumbre, porque carecen de un trabajo formal.