Julia Dominga Febles y Cantón

Figura casi olvidada de la poesía mexicana del Siglo XIX, la poetisa yucateca fue una de las mejores de América, según el crítico José Esquivel Pren, en su Historia de la literatura en Yucatán,.

Tania Zapata Ortega

2021-07-25
Texcoco, Estado de México

“Es indudable que de todas nuestras poetisas yucatecas del siglo pasado, que apenas acabalan la media docena, es Julia Dominga Febles y Cantón la primera y principal, con ser cronológicamente la última; y razón tuvo don Juan Valera para decir que era (en su tiempo) una de las más altas poetisas de Américaˮ. Así concluye, en Historia de la literatura en Yucatán, el crítico José Esquivel Pren, el capítulo dedicado a está figura casi olvidada de la poesía mexicana del Siglo XIX.

Perdida entre las páginas de un puñado de antologías se haya disponible, para el lector moderno, apenas una muestra de la exquisita poesía de la meridana Julia Febles (1870-1940). Las antologías que busquen dar voz a las mujeres en la lírica mexicana no estarán completas en tanto no se recoja su obra, de marcados rasgos románticos, en la que ya se adivina el modernismo, que irrumpía con fuerza en las letras latinoamericanas. Loable es el esfuerzo que en 2015 realizara el Instituto de Cultura de Yucatán al publicar Los vuelos de la rosa, una imprescindible antología que recoge las voces femeninas en la poesía yucateca de los Siglos XIX y XX, con introducción, selección y notas de Rubén Reyes Ramírez, de la Universidad de Yucatán.

Extenso, prolijo, es el capítulo que Esquivel Pren dedica a la figura de Febles y Cantón, cuya obra, dispersa en publicaciones de la Península de Yucatán como La Revista de MéridaEl Eco del ComercioPimienta y MostazaArtes y Letras y El Mosaico, fue reunida en 1900 bajo el título de Poesías, y prologada por el poeta José Peón Contreras, quien así finaliza la presentación: “Dadme, ¡oh, musas!, vuestra llave dorada para abrir esta puerta del templo hermoso de la gaya ciencia; dádmela y permitidme que abra. Ahora tú, lector, entra”.

La temática de sus poemas evolucionaría con su vida, del enamoramiento inicial al discreto erotismo que evade el escándalo de las “buenas conciencias” decimonónicas y provincianas, pero que en su descargo tiene el encanto de lo que no se dice. A esta etapa corresponde Claveles, su interpretación del perenne tema del amor no correspondido, el unilateral, el contumaz, el autodestructivo.

 

Fue en un templo del arte, lo recuerdo;

una cita me dio y acudí a verle

y hablando, en el ojal de la levita

un ramo le prendí con dos claveles.

Emblema del amor más vivo y puro

las dulces e inocentes florecillas,

atadas por mi mano en una sola

simbolizar nuestra pasión debían.

Mas no sucedió así, que en breve tiempo

la que por él hablaba, la más fresca,

del nectario gentil ya sin perfume

plegaba triste las hojitas secas.

Y la otra flor, de mi cariño imagen,

encendido el color, rico el aroma,

junto a su corazón feliz mostraba

cada vez más erguida su corola.

 

No hay temas nuevos en la literatura universal; pero lo que hace trascender al poeta es su personal recreación del viejo tópico. El soneto En el baile incorpora todos los sentidos para recrear la cercanía física con el amado, hechizo que se rompe en los dos tercetos, cuando se lamenta por el tiempo feliz, que se ha fugado.

 

Opresa entre sus brazos me encontraba

al compás de la danza cadenciosa,

y tan cerca de mí su faz hermosa

que su aliento mi frente acariciaba.

El eco, mis sentidos trastornaba,

de su dulce palabra cariñosa,

y trémula de dicha y ruborosa,

su mano entre las mías estrechaba.

¡Oh instante del Amor y la Locura

que con tan ricas mieles endulzaste

lo amargo de mi horrible desventura!

Si al odio de la suerte me arrancaste,

si fuiste un rayo de esperanza pura,

¡oh, instante del Amor! ¿Por qué pasaste?

 

En 1894, la muerte de su pequeño hijo representaría un cambio definitivo en la temática de su poesía, oscureciendo su lira, como puede apreciarse en este fragmento de En la sombra:

 

No tengo nada ya sobre la tierra,

rota está la cadena de la esclava;

¡ah! ¡La esperanza que mi pecho encierra

como un lucero en el azul se clava!

Coronada la frente con abrojos

y en el espacio azul los ojos fijos,

llevo llenos de lágrimas los ojos

y en un hato los huesos de mis hijos.

Sola y en pie sobre la enhiesta altura

espero el alborear de eterno día

y aún me buscan tus ojos, ¡qué locura!

¡En aquella planicie blanca y fría!