Destruir las culturas nacionales

La historia de los países imperialistas refleja la dialéctica en este proceso de globalización. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo, la política de eliminación de las fronteras nacionales se torna en su contrario: el nacionalismo radical que dese

Aquiles Lázaro

2021-07-25
Ciudad de México

Ésta es la consigna política que enarbola hoy el discurso cultural de los países imperialistas. Siempre me ha parecido que los conceptos de primer mundo y tercer mundo (y sus variantes desarrollados-subdesarrollados, ricos-pobres, etc.) son un eufemismo, una forma elegante ideada por los amos internacionales para embellecer lo que debería llamarse países imperialistas y países dominados, países saqueadores y países saqueados.

Es en este contexto, y en las candentes arenas de la lucha geopolítica actual, que hoy cobra fuerza el grito de destruir las culturas nacionales.

Desde el punto de vista histórico, la idea de la supresión de las fronteras nacionales se remonta a las primeras lumbreras teóricas de la burguesía revolucionaria. Sus pensadores enarbolaban, desde la teoría económica, la filosofía o la ciencia política, el postulado de la libre circulación de todo.

“¡Libertad irrestricta, libertad para todas las personas y para todas las cosas!”, gritaban. Claro que la traducción práctica de esto era, en realidad, libertad de movimiento para las masas de potenciales trabajadores asalariados y libertad de circulación para las mercancías y los capitales. Ésta fue la artillería teórica que derrumbó los muros de las antiguas ciudades feudales y fundar la nueva configuración política de los estados-nación.

Pero nada es absoluto: La historia de los países imperialistas refleja la dialéctica en este proceso de globalización. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo, la política de eliminación de las fronteras nacionales se torna en su contrario: el nacionalismo radical que desemboca en la hecatombe bélica.

Hacia la Primera Guerra Mundial, en los países imperialistas de Europa ya nadie recordaba las declamaciones kantianas sobre el “ciudadano del mundo”. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo en la capacidad productiva del capitalismo, las fronteras nacionales le estorban.

Hoy, la consigna vuelve; sus promotores entonan viejos himnos de fraternidad universal mientras ensayan provocaciones militares, reparten sanciones económicas abusivas y censuran medios informativos de otros países. En los países imperialistas se habla de un gran Estado mundial, de su Estado mundial. Un gobierno somete a todos, parafraseando al personaje de Hollywood.

Es una trampa. La llamada democracia occidental no es otra cosa que lo que alguien llamó “la dictadura perfecta”. Es el dominio absoluto de las cúpulas financieras y militares; un dominio tan sofisticado que la manipulación de las conciencias es impecable y matemática. Un rebaño perfecto, sin ovejas negras.

Ése es el perfil cultural del mundo que proyectan los ideólogos del Estado mundial. Por eso, para los países dominados, la cultural nacional es el reducto último. Económica y militarmente indefensas, aplastadas, a nuestras sociedades les queda la opción de conservar un modo propio de observar e interpretar su universo. Nos queda la opción de no copiar comportamientos, el deber de no asumir que nuestras prácticas culturales son inferiores por ser diferentes.