Multitud e indiferencia

En el cuento El hombre de la multitud, de Poe, la gente de negocios tiene algo de demoniaco, rasgo similar al que Marx utiliza para referirse a las personas de esta clase social y que denomina “fantasmas del viejo mundo”.

Betzy Bravo

2021-07-18
Ciudad de México

A principios del Siglo XIX, los literatos escribieron sobre la multitud humana con especial interés. De aquel tiempo provienen relatos sobre la actitud de millares de personas de todas las clases sociales, que se organizaban en masa para exigir el cumplimiento de sus demandas a los gobernantes, con lo que generaron una nueva y atractiva visión del mundo en algunos escritores. Por ello, no fue al azar que Carlos Marx nutriera sus estudios sociales con el análisis de las masas férreas y amorfas del proletariado industrial descritas por Eugéne Sue en Los misterios de París.

Walter Benjamin afirma que una de las versiones más antiguas del tema de la multitud se encuentra precisamente en un cuento muy conocido de Edgar Allan Poe titulado El hombre de la multitud, donde cuenta, en primera persona, la historia de un hombre que, por primera vez, se enfrenta al tumulto citadino después de una larga enfermedad. Este hecho ocurre en Londres al anochecer. Poe describe una masa tétrica y confusa en la que la mayor parte de los transeúntes pertenece a las clases bajas, que salen de sus cuevas, y un número menor que son comerciantes, especuladores de bolsa, abogados o empleados comerciales, en cuyos rostros y vestimentas se denotan los mejores ingresos, la personalidad satisfecha y un modo de vida sólido; a diferencia de la miserable “gentuza” que los rodea. Poe describe a algunos de estos individuos semiborrachos y como integrantes de las clases altas de Londres.

En el relato de Poe, la gente de negocios tiene algo de demoniaco, rasgo similar al que Marx utiliza para referirse a las personas de esta clase social y que denomina “fantasmas del viejo mundo”. El autor estadounidense describe la multitud de su cuento como una amenaza, imagen que Federico Engels retoma en La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra, donde se refiere a una colosal concentración de dos millones y medio de personas. Engels escribe, tácitamente, que éstas tienen cosas en común: cualidades, capacidades y el interés de ser felices. Sin embargo, explica, unos quieren sobrepasar a otros como si no tuvieran nada en común y “a ninguno se le ocurre dignarse a dirigir a los otros aunque solo sea una mirada. La indiferencia brutal, el encierro indiferente de cada cual en sus propios intereses privados, resulta tanto más repugnante y ofensivo cuanto mayor es el número de individuos que se aglomeran en un breve espacio”.

Esta  descripción de la multitud, sensiblemente distinta a la de otros literatos del XIX,  es desconcertante porque provoca una reacción moral y estética: el desagrado hacia las personas que quieren adelantarse con desdén, sin empatía ni solidaridad con sus congéneres. Esta visión del filósofo es atractiva por su crítica certera. En la ciudad es notoria la fragmentación del mundo, donde las personas se consideran objetos desechables, donde el fuerte pisotea al débil y “uno ya no se asombra de nada, sino de que todo este mundo loco no se haya desmembrado todavía”.  En esta situación, el pobre sufre todas las injusticias del Estado, por eso hace falta una gran multitud organizada y fraterna.