Andrés Eloy Blanco, un poema en el exilio

"Ayer vino la paloma" refleja el sufrimiento en el exilio; aquí, la paloma tiene el don de entender la palabra y puede llevar el mensaje de un “prisionero”.

Tania Zapata Ortega

2021-07-11
Ciudad de México

En un accidente automovilístico ocurrido el 21 de mayo de 1955 fallece, en la Ciudad de México, el humorista y político Andrés Eloy Blanco, considerado el mayor poeta venezolano de su generación; su poesía traspasa las fronteras geográficas y alcanza universalidad; es famoso por haber escrito la letra de Angelitos Negros, que luego sería musicalizada y refleja la dura vida de los grupos afrodescendientes en América. Desde muy joven, desarrolló una intensa actividad política; en varias ocasiones, por su participación en protestas estudiantiles y sus ideas de abierta oposición al gobierno de su país, sufre cárcel y prohibición de publicar. En 1937 participa en la fundación del Partido Democrático Nacional; y en 1938 en la creación de Acción Democrática. Se desempeña como diputado de oposición. En 1941 trabaja a favor de la candidatura de Rómulo Gallegos y se incorpora a su gobierno como Ministro de Relaciones Exteriores; en 1951, derrocado el gobierno de Gallegos y disuelta Acción Democrática, se ve obligado a refugiarse con su familia en Cuba y México.

Ayer vino la paloma es un bellísimo poema que refleja el sufrimiento en el exilio; creación atemporal que abreva en la poesía popular castellana, como se aprecia en el metro octosílabo, inspirado en el Romancero. Las palomas, criadas en los entornos urbanos desde hace varios siglos, se han convertido en un símbolo en la poesía popular; en el poema, la paloma tiene el don de entender la palabra y puede llevar el mensaje de un “prisionero”, como se autodefine la voz lírica, que le asigna la misión de volar hacia una casa amplia, espaciosa, con patio, jardín y tendedero; la descripción deja en claro que no se trata de un palacio, sino el sitio al que vuelven los ojos exiliados y presos, la casa materna, tal vez; o el hogar en que inútilmente lo espera la esposa. La misión es sencilla: ubicar la estancia en que cuatro mujeres cosen en silencio y posarse sobre las rodillas de aquella que tiene el cabello “dorado”; hecho esto, la paloma debe regresar a decirle al poeta si ella está llorando mientras sus manos cosen, es decir, si sufre con la espera. Hasta aquí, sabemos que el objeto de la añoranza es una mujer joven.

 

Ayer vino la paloma

que viene todos los días,

ayer se paró en la reja

y comió de mi comida,

ayer vino hasta mis hierros,

ayer me escuchó tranquila

y digo en el romancillo

las cosas que le decía:

-Paloma, vuelve a los cielos

y mira hacia los tejados;

cuando veas una casa

grande, que tiene tres patios;

el primero con palmeras,

el segundo con mosaicos,

el tercero, un patio grande

con azotea de un lado

y arboleda y gallinero

y olor de jabón pintado,

cuando veas esa casa

verás en el primer patio

cuatro mujeres cosiendo

cuatro mujeres bordando.

Allí llegarás, paloma

y allí bajarás al patio

y caerás en las rodillas

de la del pelo dorado;

después volarás de nuevo

y volverás a mi lado,

y entonces sabré, paloma,

si la del pelo dorado

tiene las manos cosiendo,

tiene los ojos llorando.

 

En la segunda parte de esta conmovedora historia continúa la interacción imaginaria entre el prisionero y la paloma, que después de volar hacia aquel hogar, regresa para describir lo que Eloy Blanco rima “en el romancillo”: el hogar sigue como él lo recuerda; patios, árboles, rosales, gallineros, ropa tendida al sol, ventanales y rejas. También encuentra –para sorpresa del prisionero y del lector– a tres hermosos niños.

 

Ayer vino la paloma

que viene todos los días,

ayer se paró en mi reja

y comió de mi comida,

ayer vino hasta mis hierros,

ayer hablóme tranquila

y digo en el romancillo

las cosas que me decía:

-Prisionero, fui a los cielos

y miré hacia los tejados

hasta que encontré una casa

grande, que tiene tres patios;

el primero guarnecido

Con zócalo de mosaicos,

lleno de tiestos con flores

y sillas de junco blanco,

con un vitral en el fondo

de vidrios esmerilados;

el segundo, con columnas

y reja de alicatados

y con una enredadera

y unos rosales cargados;

y el tercero con gallinas

y una higuera y unos plátanos

y un hilo con ropa blanca

y olor de jabón pintado.

Allí llegué, prisionero,

y encontré en el primer patio

tres niños con las cabezas

como zagal de retablo.

Y en el segundo encontré

cinco mujeres bordando

cuatro con el pelo negro

y una con el pelo blanco.

 

Y como en los buenos cuentos, el poema de Eloy Blanco tiene un desenlace inesperado: todo sigue igual en aquella casa de sus recuerdos; solo un detalle es distinto y permite al lector imaginar el tiempo transcurrido desde la última visita: la mujer que lo espera llorando ha envejecido, como lo demuestra su cabello encanecido.

 

Allí llegué, prisionero,

y allí me metí en el patio

y le caí en las rodillas

de aquella del pelo blanco.

Tiene las manos cosiendo,

tiene los ojos llorando.