La formación del profesionista que México necesita

Mucho se habla de formar profesionistas críticos, pensantes, pero las ciencias particulares solas no bastan; es indispensable el equilibrio entre ellas y la filosofía, la lógica y el arte.

Abel Pérez Zamorano

2021-05-02
Texcoco, Estado de México.

No toda educación impulsa el progreso social, menos aún en estos tiempos de la Cuarta Transformación, enemiga de la ciencia, la cultura y la racionalidad. Es un sofisma afirmar que la educación, así, en general, promueve el desarrollo de los pueblos. No olvidemos que como parte de la superestructura, ésta depende de los intereses económicos dominantes en cada etapa histórica, de la clase en el poder, hasta el día de hoy. En medida creciente en el diseño de los planes de estudio pesa de manera decidida lo que “el mercado” necesita –eufemismo empleado para no decir los empresarios y sus ganancias–, relegando a segundo plano las necesidades sociales. El sistema educativo, advirtió Aníbal Ponce, en su Educación y lucha de clases, está diseñado para preservar el status quo; adiestra, forma ideológicamente y somete, lo cual aplica, obviamente, a las universidades, donde, aun tratándose de instituciones científicas, se atenta contra la ciencia, sobre todo cuando se la aísla y separa arbitrariamente de otras formas del saber.

No obstante su inmensa fortaleza, rigor lógico y exactitud para conocer la realidad y expresar el conocimiento, la ciencia no es la única vía para lograrlo, ni puede cumplir sola la tarea. Asimismo, el hombre es multifacético en su capacidad y formas de conocer. Por desgracia, la economía de mercado reduce a los trabajadores a un modelo estándar, acotado; valen solo en tanto fuente de ganancia y son preparados ex professo, empobreciendo su vida material y su existencia en el más amplio sentido, convirtiéndolos en rehenes de sus circunstancias inmediatas, adaptados pasivamente a su realidad sin voluntad ni visión para transformarla. Hombres inconclusos.

La parcelación intelectual de los profesionistas es una extensión del mismo proceso introducido desde la época de la manufactura y ahondado luego en la fábrica, con la división del trabajo y la especialización del obrero y sus herramientas, como expresan claramente Smith y Marx, y tiempo después Chaplin en su película Tiempos modernos. Del trabajo material parcelado se pasó al trabajo intelectual parcelado. Anteriormente, el maestro artesano realizaba el proceso productivo completo: desde imaginar el producto, diseñarlo, y luego crearlo de principio a fin. El obrero, en cambio, privado hasta de imaginación, realiza solo una actividad, cada día más segmentada, monótona, rutinaria y destructora del hombre, física y mentalmente. Sin pretender un retorno al pasado artesanal, esta creciente fragmentación debe ser superada. Igual, en las universidades, en el diseño curricular se unilateraliza al profesionista, en detrimento de todas sus demás capacidades intelectuales y prácticas. “Te especializas en algo hasta que un día descubres que se están especializando en ti”, dijo el dramaturgo Arthur Miller.

Analizando la situación en la segunda mitad del Siglo XIX, John D. Bernal afirmaba: “En este periodo fue cuando empezó a manifestarse la separación entre los humanistas y los científicos, que es ahora una característica de nuestro tiempo. Su efecto inmediato fue el impedir la cooperación entre las dos ramas de intelectuales, sin la cual no es posible hacer una crítica constructiva del sistema social y económico. Los humanistas no pueden conocer así, con profundidad, la manera en que funciona dicho sistema y por lo tanto únicamente se producen en ellos emociones ineficaces. Y, por su parte, los científicos quedan encerrados en un aislamiento deliberado de todo aquello que no forma parte de la estrecha perspectiva de su trabajo cada vez más especializado, despreocupándose así del arte, la belleza y la justicia social” (La ciencia en la historia, p. 537).

La formación del profesionista que la sociedad necesita implica, por supuesto, y como necesidad fundamental, una sólida formación académica especializada en su área de conocimiento y un dominio práctico de las tecnologías más avanzadas, que le permitan aportar y abrirse paso en el mercado laboral. Sin embargo, llevado esto al absoluto y aplicado prematuramente, al encasillar al profesionista en una actividad parcial, estrecha, se le priva de otras fuentes de conocimiento que permiten al hombre universalizar su capacidad cognoscitiva y enriquecer su vida. Arte y filosofía son formas diferentes para conocer y expresar la realidad, que no compiten ni excluyen a las ciencias particulares, como algunos pretenden (obviamente, en una medida razonable en los planes de estudio); no son distractores “ajenos” o pérdida de tiempo, sino que se complementan y ofrecen una visión más abarcadora, unitaria y profunda.

Solo quien ha podido otear más lejos y vislumbrar realidades superiores puede entender que no vivimos en el mejor de los mundos; puede juzgar, inconformarse y rechazar la realidad actual y decidirse a cambiarla. El arte despierta la imaginación creadora, amplía las perspectivas y forja la voluntad para construir futuro. Un científico sin imaginación es un contrasentido. La filosofía ofrece una visión amplia, en tiempo y espacio; es la gran integradora y generalizadora del conocimiento, que salva de la parcelación y el extravío. Como en la antigüedad, para navegar en mar abierto se necesitaban remos y velas, sí, pero también las estrellas, que, aunque lejanas, orientaban al navegante. Mucho se habla de formar profesionistas con capacidad crítica, pensantes, pero las ciencias particulares solas no bastan; es indispensable el equilibrio entre ellas y la filosofía, la lógica y el arte, que capacitan al hombre para someter a juicio todo lo que se le dice y lo que ve; para exigir siempre con rigor lógico comprobación y demostración; para saber distinguir los razonamientos falaces de los verdaderos. Decía Descartes que: “vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás”; también, que: “las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres”.

Lo expuesto hace patente la necesidad de una nueva educación, cuyos contenidos deberán estar determinados por el fin buscado, a mi entender: formar seres humanos desarrollados en todas sus facultades, felices y capaces de mejorar su realidad, productiva, natural y social. Se necesita un equilibrio sano en los contenidos curriculares, que conceda indudablemente su lugar prioritario a la especialización pero, insisto, sin cancelar la contribución indispensable de las disciplinas ya mencionadas, que harán del profesionista una persona no solo muy competente, y competitiva, en su área de especialización, sino también sensible a los problemas sociales, capaz de experimentar como suyo el dolor ajeno y de reaccionar aportando su esfuerzo a la felicidad común. Enseñar elementos fundamentales de ciencia social y arte coadyuvará a humanizar al profesionista.

Dijimos al inicio que el diseño de la educación responde a los intereses económicos y políticos dominantes; consecuentemente, el cambio educativo expuesto habrá de generalizarse, ciertamente, cuando cambie la clase en el poder, pero debe iniciar en aquellos lugares y en la medida de lo posible, promovida por profesionistas conscientes de la necesidad de una transformación verdadera en la educación y la sociedad. Resolver el problema educativo está en parte dentro y en parte fuera de las escuelas: en la realidad social y económica. Conscientes de ello, los estudiantes necesitan entender y practicar la política como medio para transformar su realidad. Deben romper el cerco.