Fatalidad y capitalismo

El capitalismo moderno, el neoliberalismo, es la máxima expresión de la fatalidad. La acumulación de la riqueza cada vez en menos manos ha derivado, como consecuencia necesaria, en precarización de millones de vidas alrededor del mundo.

Abentofail Pérez Orona

2021-04-25
Puebla, Puebla

Decía un filósofo fatalista, de aquellos que hicieron del hombre su peor enemigo, “vivimos en el peor de los mundos posibles”; y seguramente tenía razón, porque el planeta donde vivimos es el peor de los sitios posibles, es el único que tenemos y no podemos elegir otro. Pero la razón de la fatalidad que nos rodea no está precisamente en el hombre, como aquél pensaba, y nuestros semejantes no son nuestros enemigos. Otro filósofo, en su juventud llegó también a la conclusión: “el infierno son los otros”, pero la vida, el estudio de la realidad y el tiempo lo hicieron cambiar de idea y el infierno no eran “los otros”. Es cierto, vivimos en un mundo infestado de los peores males, condenados a una vida de miseria y dolor; pero la raíz del mal no está en el hombre, insisto, sino que es más profunda y tiene causas que a veces escapan a nuestra percepción, que se estanca en la subjetividad, las dolencias personales y los sufrimientos particulares que creemos que deben ser para todos.

No siempre el hombre estuvo condenado a vivir una vida de infelicidad. Según el mito de la creación, la tragedia comenzó cuando fuimos expulsados del Paraíso, castigados con el peor castigo posible: “el trabajo”. Más allá de este castigo mitológico, la idea de que se vivía en un mundo mejor antes del castigo divino no está del todo desfasada históricamente, tampoco la idea de que el trabajo se convirtió en un fardo insoportable para el hombre. Antes de que apareciera la mercancía, cuando no existía la propiedad privada, el fruto del trabajo servía para el beneficio personal y colectivo; el hombre trabajaba por necesidad y con placer porque sabía que lo que hacía tenía un sentido, una razón de ser que iba más allá de él, pero que al mismo tiempo le retribuía su esfuerzo, porque no enajenaba ni su fuerza ni su pensamiento en manos extrañas. Trabajaban para la tribu y para la comunidad, no existía todavía la noción del individualismo que conocemos ahora. Con la propiedad privada aparecen las clases sociales, surge la división entre los hombres, nace la lucha por la sobrevivencia.

Nuestros días son terribles para el hombre, difíciles para aquellos que buscan sobrevivir en un mundo infestado de problemas; pero estas calamidades, como nada que dependa del hombre, son eternas. Tuvieron un principio y tendrán un fin. Nacieron con la propiedad; y el dominio de ésta sobre el hombre llegó a su contradicción más aguda precisamente en nuestros días. El capitalismo moderno, el neoliberalismo, es la máxima expresión de la fatalidad. La acumulación de la riqueza cada vez en menos manos ha derivado, como consecuencia necesaria, en precarización de millones de vidas alrededor del mundo. Mientras una execrable minoría acumula riqueza que no podrá gastar en 100 vidas, una abrumadora mayoría no puede conseguir lo suficiente para resistir un día más. Y como los males surgen de las circunstancias, negarlas y buscar la felicidad en el hambre, la pobreza y el dolor no solo sería una locura, sino también un recurso inútil. Responsabilizar al individuo de la fatalidad del mundo es culpar de la marea a las olas. No son nuestros hermanos de clase quienes causan nuestras desgracias: todo lo contrario, son los únicos que nos pueden ayudar a salir de ellas. Si los millones de explotados en el mundo se unieran, qué tremendo clamor resonaría en los oídos de los verdaderos causantes de la tragedia, en la minoría que acumula riqueza y provoca miseria. La causa del mal está en el capitalismo y sus efectos son diversos; no perdamos de vista al enemigo capaz de una infinidad de mutaciones; conciencia y organización entre los desposeídos, entre los que vienen al mundo a sufrir, es la única salida posible a la trágica realidad que hoy nos asedia.