Un poema satírico de Antonio Plaza (I de II)

Su ideario quedó plasmado en periódicos de su tiempo, como La Luz de los Libres, La Idea y El Constitucional, publicaciones que, a decir del poeta Juan de Dios Peza, su amigo cercano, “en su mayor parte, eran las hojas volantes que encendían el fuego de l

Tania Zapata Ortega

2021-04-11
Texcoco, Estado de México.

Poeta, periodista y militar, el guanajuatense Antonio Plaza (1833-1882) formó en el bando liberal y participó en las arduas luchas en defensa de la Constitución de 1857. Su ideario quedó plasmado en periódicos de su tiempo, como La Luz de los Libres, La Idea, El Horóscopo y El Constitucional, publicaciones que, a decir del poeta Juan de Dios Peza, su amigo cercano, “en su mayor parte, eran las hojas volantes que encendían el fuego de la libertad”. Su poema satírico ¡Hosanna a los pillos! ilustra la forma en que su pluma sirvió a las causas populares; dividido en tres partes, la primera de ellas fustiga a los aduladores de los poderosos, que prosperan alabando cada una de las acciones del prócer en turno. Ni los honrados, ni los dignos medran como aquel que se prosterna ante el político encumbrado.

El mundo es comedia,

no sé quien lo dijo,

pero es una farsa

de risa y gemidos,

en que hacen primeros

papeles los pillos.

  Aquel que de honrado

se precia, por digno,

no pasa en la vida

jamás de borrico.

¡Dichoso el que lame

como un falderillo,

la pérsica alfombra

de prócer conspicuo,

y brinda gozos

en prosa o idilio

por glorias excelsas

de noble caudillo,

cantándole siempre

que es máximo altísimo!

¡Feliz el menguado

que haciéndose mínimo,

será con el tiempo

lo menos ministro!

Desde el título, en Hosanna a los pillos, el poeta recurre a la figura retórica de la ironía, al afirmar todo lo contrario de lo que realmente piensa; él dice: El pueblo va a soportar todos los abusos sin oponer resistencia, como una bestia de carga, cuando en realidad está llamando a los oprimidos a rebelarse contra las arbitrariedades e injusticias de que son objeto.

¡Que al fin es el pueblo

un pobre pollino,

que nunca las coces

tirar ha sabido,

y carga la carga

sin dar un respingo!

¡Dichosos los bajos!

¡dichosos los pícaros!

venid, marmitones,

formad un gran círculo,

cantando entusiastas,

¡hosanna a los pillos!

La segunda parte del poema satírico fustiga a los usureros, que aprovechando las desgracias y la necesidad del pueblo, prestan dinero a elevados intereses, para luego apropiarse hasta de sus últimas pertenencias, ante la indiferencia de las autoridades que permiten la consumación de tales despojos, pues bien les ha “untado la mano” el prestamista para que sigan la fiesta, vaciando los marmitones llenos de manjares, en premio a su obediencia.

Feliz quien del robo

haciendo un oficio,

con veinte por ciento

le presta al vecino.

Y si éste se queda

sin torta ni abrigo,

al caco le importa

todo eso un pepino.

El mutuo usurario

es bueno y es lícito;

la ley lo protege,

la ley que hace rico

al noble usurero

que medra tranquilo

sembrando su vida

de goce infinito,

que si ella es el goce,

gozar es preciso.

¡Qué vivan las leyes,

las hembras, el vino!

en rápida polka,

en grave zorcico,

en vals vaporoso,

en danza y en brincos,

con júbilo el caco

arroja este grito:

venid, marmitones,

formad un gran círculo,

cantando entusiastas,

¡hosanna a los pillos!