Redes Sociales, el negocio del nuevo milenio

La información se vende al mejor postor y no hay legislación que proteja a la gente, porque las cookies son un archivo de navegantes y navegaciones, pues “inocentemente” detecta los sitios de conexión, su hora, duración, etc.

Raymundo Acosta Peña

2021-01-24
Ciudad de México

Cuando WhatsApp anunció que actualizaría los términos de sus políticas de privacidad y que exigiría a sus usuarios el intercambio obligatorio de datos con Facebook, medida que se activaría el ocho de febrero, hubo una desbandada de aquéllos hacia Telegram y Skype que la obligaron a postergar esa decisión hasta el 15 de mayo para no perder a sus clientes.

La noticia de que esta empresa robaría su información personal y que serían espiados escandalizó más a los usuarios de WhatsApp: “mostrando músculo”, declararon, en redes sociales, que no lo permitirían, y muchos abandonaron la plataforma sin importarles la pérdida de sus servicios de información.

Y lo hicieron porque, para buscar ésta, basta ingresar a Internet y activar los servicios de otras empresas. Lo mismo ocurre cuando uno quiere video-llamar a la familia a kilómetros de distancia en tiempo real; ver fotografías antiguas cuando se desee; comprar libros en una tienda virtual y recibirlos en casa; escuchar canciones de preferencia, ¡y sin anuncios!; ver películas todas las veces que se quieran; publicar nuestras ideas en un blog; tomar clases virtuales o acudir a distancia a una reunión de trabajo son parte de la vida actual.

Estas maravillas tienen nombre y apellido: Google, Apple, Facebook y Amazon, las cuatro grandes empresas digitales conocidas con las siglas GAFA. Google es buscador de información: cualquiera que el usuario necesite, solo debe “googlearla”. Facebook es una red social donde se puede ver qué hacen los familiares y los amigos, comentar sus fotos y comunicarnos con ellos, etc. Lo mismo se ofrece en Amazon, Apple, Spotify, YouTube, WhatsApp y Pinterest.

Was app

Esta tecnología, de acuerdo con los expertos en comunicación electrónica, está satisfaciendo las necesidades de los usuarios, “haciendo mejor su vida” y mostrándoles “solamente lo que les gusta ver”. Las redes sociales cambiaron las prácticas vitales en gran parte de la humanidad desde el año 2000, aunque la explosión de la Internet empezó aproximadamente en 1995. Pero esta transformación edificó, además, un modelo de negocios sin escrúpulos, con el que el neoliberalismo ha aumentado su rapacidad.

Un día común y corriente

A las 8:59 deslizó su credencial por el escáner en la entrada del edificio. Sonó un bip que registró su llegada. Después de saludar a sus compañeros de trabajo y servirse una taza de café, Juan se sentó frente a su escritorio. Encendió la computadora y, antes de empezar a trabajar, abrió Chrome, su navegador favorito. Quería probar el famoso servicio de streaming que estaba en boca de todos.

Ingresó a Spotify. Pulsó el botón para iniciar sesión y le aparecieron cinco opciones: continuar con Facebook, Apple, Google, con número telefónico o registrarse con correo electrónico y contraseña. Por economía decidió presionar en Facebook. Acto seguido, le apareció un cuadro de diálogo que le avisó: “Spotify recibirá tu perfil público, lista de amigos, dirección de correo electrónico y fecha de nacimiento”. Después de presionar en el botón Continuar como Juan y confirmar esa decisión: ¡Listo y sin tantos enredos! Juan logró acceder a Spotify y pudo escuchar su música favorita mientras trabajaba.

La historia de Juan se repite en millones de personas del mundo. Pero no solo con Spotify, YouTube o Netflix; pues otros hombres, mujeres, niños o ancianos utilizan el mismo mecanismo para acceder a otros servicios de información.

Conectar cuentas parece, a primera vista, inocente, pero no es así. Ahora Juan le informará a Facebook y Spotify, con la lista de sus amigos, qué canciones escucha, a qué hora y en qué orden; si empezó el día viendo Facebook, chateando en WhastApp o disfrutando videos en YouTube, qué serie o película vio en Netflix. La plataforma también se entera si agregó una tarjeta de prepago o siguió con el servicio gratuito.

Pero la captura de información no se detiene ahí. Juan y millones de usuarios en el mundo no creen que compartir datos de su vida privada sea un robo. Gente como Juan piensa que su información privada se limita a si tiene o no cuenta en el banco y cuánto dinero tiene ahí; cuál es su contraseña de la computadora y de redes sociales; si duerme boca arriba o boca abajo; si engaña secretamente a su esposa o si, en su cuarto, tiene posters de grupos de rock o calendarios de su equipo de futbol favorito.

Redes

Nada más lejos de la realidad. Esa información “privada” no es importante para las empresas como WhatsApp y que tanto preocupó a los usuarios cuando optaron masivamente por Telegram en las últimas semanas de enero de 2021. Los datos son oro molido para el grupo GAFA porque representan billones de dólares, pero “los usuarios”, como ellos nos llaman, los consideramos insignificantes: las actitudes y los rasgos de nuestro comportamiento en el mercado actual.

Para estas empresas, estos informes “privados” integran un gigantesco banco de información (BIG DATA) que es sometido a estudio de comportamiento por la valiosísima información que, por un lado, les sirve para vender sus productos y servicios y, por otro, para lavarle el cerebro a los usuarios y hacer cambiar de opinión a las mayorías con respecto a una decisión o un tema, sin que note que está siendo manipulada. Ésta no es una exageración y mucho menos una “teoría de la conspiración”.

No es nuevo que los medios de comunicación manipulen a las audiencias. El debate tiene unos 40 años en la palestra, pero se discutirá en el presente. En cada salto tecnológico, las empresas refinan sus formas de manipulación. La información de Juan parecería inútil para el ojo no acostumbrado, pero interpretada por el grupo GAFA es muy útil:

Juan forma parte de un segmento social de 10 millones de mexicanos, de sexo masculino, casados o solteros, entre 25 y 35 años, radicados en las ciudades de Guadalajara, México y Monterrey, trabajadores de oficina; el 92 por ciento usan celular para conectarse a Internet y el 83 por ciento se conecta con mayor frecuencia los martes entre las 12 y 14 horas. Juan accede varias veces al día a llamadas (80 por ciento), redes sociales (73) y busca información (53), en ese orden.

Justin Rosenstein, el cofundador del botón Me gusta, de Google Drive y del chat de Gmail “nos advierte algo”, sostiene que los servicios de Internet no son gratuitos, como quizás creen algunos o muchos usuarios. Los anunciantes pagan millones de dólares (mdd) por la atención cautiva que generan Facebook y Google, y que éstas les venden.

¿A qué hora nos conectamos, qué vemos primero y qué después? ¿Un video, chateamos, buscamos un producto específico? Esa información vale oro. No es casualidad que si alguien busca, en Google o en You Tube, un curso de diseño en Doméstika, aparezcan los anuncios respectivos. Igualmente pasa en WhatsApp. Si una persona platica con sus amigos sobre el presidente Andrés Manuel López Obrador, cuando va a Facebook o Instagram (de la misma empresa) verás publicidad o contenidos relacionados con este señor.

Tristan Harris, exdiseñador de etnicidad de Google y cofundador del Centro para la Tecnología Humana, advirtió que debe darse un uso ético a las redes sociales y reveló: “En un principio, todo parecía estar bien; pero muy pronto, el equipo técnico con el que trabajé solo buscaba hacer la experiencia de Internet más adictiva cada vez, sin medir las consecuencias… Si no recibes suficientes likes, eso genera una tremenda ansiedad. Terminé tomando pastillas y yendo a terapia, pues no pude soportar la presión. Mis primeros videos recibieron millones de visitas, luego me pregunté: ¿qué tengo que hacer para que no ‘se caiga la audiencia’?”.

“Esto no es para todos”, señaló en Cómo me convertí en un meme, la exyoutuber estadounidense Laina Morris, quien dio vida a un personaje de La novia psicópata (Overly Attached Girlfriend) en su canal de YouTube hasta que se le acabaron las ideas.

Tim Kendall, exdirector de monetización de Facebook y presidente de Pinterest, declaró que, en un inicio, “no vimos el lado negativo de la moneda, solo el lado positivo. La reunión y reencuentro de familiares y amigos, propiciar la donación de órganos humanos y difundir causas sociales. Después, todo se convirtió en retener la atención de la gente el mayor tiempo posible; mientras más tiempo mejor. Así le das tu vida a las redes sociales”.

Redes

En 2010, México contaba con 12.3 millones de usuarios conectados y, en 2018, ya había 82.7 millones. El promedio de conexión diaria del mexicano es uno de los más altos en el mundo: 8.2 horas al día, sin contar la explosión de usuarios generada en 2020, con la pandemia de Covid-19, según informa la Asociación de Internet MX.

La manipulación de la información

Google y Facebook manipulan la información que trasmiten. Por ejemplo, cuando una persona busca algo en Google, recibe noticias a su gusto, lo que representa un peligro para ella, porque se ajusta a sus gustos, a sus preferencias, a una realidad sesgada y no a la realidad verdadera.

Lo mismo hace Facebook. Las publicaciones que aparecen en línea están sesgadas porque esta empresa complace a sus clientes en materia de gustos musicales, literarios, comida, etc. De acuerdo con “el padre de la realidad virtual”, Jaron Lanier, escritor de varios libros –entre ellos Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato– las grandes empresas pretenden cambiar paulatinamente la forma de pensar y actuar de la gente.

Otra forma de espiar y robar datos se da mediante la figura de “amigo generoso”, que promete “mejorar nuestra experiencia de usuario”. Las cookies, como se les conoce, ayudan a que el usuario no deba “cargar” todo el contenido de los sitios que más visita; pero el costo de recurrir a ellas es muy alto.

La información se vende al mejor postor y no hay legislación que proteja a la gente, porque las cookies son un archivo de navegantes y navegaciones, pues “inocentemente” detecta los sitios de conexión, su hora, duración, etc. Pero, además, no pueden ser canceladas. Hay dos tipos de cookies: las de las páginas web y las que se desplazan mediante el navegador que recopila… sip… Google, si se usa Chrome y Apple si se usa Safari.

Con respecto a WhatsApp y sus nuevas condiciones de uso, los usuarios no deben temer. Cuando se emplea por primera vez Windows o el sistema operativo de Apple (Mac), tuvieron que aceptar sus condiciones de uso, pues, de otra forma, no se puede acceder a su servicio.

Was app

Una vez recopilados gustos, costumbres, actitudes, etc., los algoritmos (piezas de código analizadas por súper computadoras) construyen modelos de predicción bastante certeros sobre las reacciones de los clientes o usuarios. Con esta información predicen cuándo se dará like (me gusta) a una foto o no, o si se comparte o no una publicación, etcétera.

En mayo de 2016 se activó, en la Unión Europea (UE), el nuevo Reglamento de Protección de Datos (GDPR), que busca garantizar la privacidad de los ciudadanos en los países integrantes de ese bloque, y protegerlos de los intereses comerciales de las grandes compañías operadoras de la red online. Este instrumento legal prohíbe que Facebook se robe los datos de sus usuarios para enviarlos a EE. UU.

Mientras tanto, los legisladores mexicanos están más preocupados por cobrar impuestos a quienes usan servicios de streaming como Netflix o Spotify, que en proteger la privacidad de los ciudadanos, y de que éstos sean objeto de manipulación comercial e ideológica para beneficio de la GAFA, cuyos dueños figuran entre los hombres más ricos del mundo.

A decir del Premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, Google y Apple se han beneficiado por los regímenes de EE. UU. y otros países occidentales donde, en años recientes, sus gobiernos han intentado obligarlos a que aclaren y declaren fiscalmente los grandes beneficios derivados de sus ventas; ya que cuentan con los mejores contadores y abogados para evadir impuestos y disuadir la ley.

Sin duda, el “ocio inocente” en las redes sociales es un negocio perverso; su uso aumenta los niveles de manipulación política e ideológica y la explotación de los consumidores de bienes y servicios en prácticamente todo el orbe, sin que a la fecha exista un control adecuado para sus actividades.

En este contexto global debemos rescatar lo que Chris Skinner, experto en FinTech (tecnología financiera) y autor de Digital human, the fouth recolution of humanity (Humano digital: la cuarta revolución de la humanidad, 2018), explica respecto a la actitud asumida por los gobiernos de algunos países: la única diferencia de los gigantes tecnológicos es que los de China “trabajan en colaboración con el gobierno”, mientras que en EE. UU. y América Latina, lo hacen en fricción con ellos (BBC, 2021).