Legado geopolítico de la Guerra del Golfo: a 30 años

El mundo aún vive los efectos de la primera Guerra del Golfo. La aventura del presidente de Irak, Saddam Hussein, de invadir al emirato de Kuwait en 1990, dio a Occidente el soñado pretexto para movilizar su gran maquinaria bélica.

Nydia Egremy

2021-01-17
Ciudad de México

El mundo aún vive los efectos de la primera Guerra del Golfo. La aventura del presidente de Irak, Saddam Hussein, de invadir al emirato de Kuwait en 1990, dio a Occidente el soñado pretexto para movilizar su gran maquinaria bélica y enseñorearse en el Medio Oriente.

Al sacar de la ecuación a la Unión Soviética, donde se gestaba el proceso de implosión, Estados Unidos (EE. UU.) y sus aliados quedaron en la posición más ventajosa de su historia. Sus ideólogos teorizaron sobre el fin de la historia y la llegada del Siglo Americano, que dejó atrás toda idea de multilateralismo. Felizmente, una década después, Rusia y China reabrieron la tercera vía y en nuestra región surgieron gobiernos progresistas.

Hasta la madrugada del dos de agosto de 1990, el presidente de EE. UU., George Herbert Walker Bush, había sido cercano a Saddam Hussein, su aliado iraquí contra Irán. Ese día, por la disputa de yacimientos petroleros, Irak ocupó el emirato de Kuwait. Esa acción dio al novel mandatario la justificación geopolítica para articular una política exterior de intervención en todo el planeta.

H. W. Bush era comandante en jefe de una superpotencia militar que, en los últimos 45 años, había perdido vergonzosamente todas las operaciones bélicas en que se involucró. En 1953, no logró invadir Norcorea; su golpe en Irán alentó años después la Revolución Islámica; se empantanó en Vietnam; sus mercenarios fueron derrotados en Cuba (1961), Angola, Níger y Sudáfrica, Pakistán, entre otros.

La prueba para no repetir esos fracasos fue la Guerra del Golfo. Los duros estrategas del Pentágono (halcones) vieron ahí un enorme abanico de posibilidades bélicas para el intervencionismo estadounidense: desde la mal llamada Guerra Justa, a la “asimétrica, la “preventiva”, de “baja intensidad” y de “cuarta generación, la más integral.

El artífice fue Bush padre, graduado en administración por la Universidad de Harvard, quien pulió sus destrezas políticas en el sector petrolero texano, de donde saltó a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como embajador. Ahí maniobró en favor de los intereses de la cúpula política y se ganó el reconocimiento para dirigir la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Como 41º presidente de EE. UU., la política exterior de H.W. Bush era una “amalgama” entre fuerza y disimulo. En sus primeros meses firmó con la Unión de República Socialistas Soviéticas (URSS), de Mijail Gorbachov, el Tratado de Reducción de Armas Nucleares y, al ver caer el Muro de Berlín, Bush padre advirtió que llegaba un nuevo orden mundial.

Soldados

Todo cambió en agosto de 1990, cuando lo sorprendió la agresión de Irak a Kuwait. Ese acto desafió la visión geopolítica de EE. UU, ante Medio Oriente en general y frente al Golfo Pérsico en particular. Era una amenaza contra su aliado y mayor proveedor de petróleo, Arabia Saudita, también contra su protegido Israel, así como para Egipto y Turquía.

Para castigar al incómodo exaliado Hussein, George Herbert Bush impuso sanciones sobre Irak. Pero a seis mil 190 kilómetros, Hussein saboreaba el éxito táctico de ocupar el emirato, cuyo petróleo esperaba disfrutar para sanear su economía. Apenas 30 meses atrás había concluido la guerra de ocho años con Irán, que le dejó una deuda de 80 millones de dólares (mdd).

En esa ofensiva contra Irán, Saddam gozó de amplio apoyo occidental, en particular de EE. UU., Reino Unido, Alemania y Francia. Todos brindaron respaldo diplomático, de inteligencia, militar, tecnológico y logístico, aseguró en entrevista con el periodista David Barsamian, la experta en Medio Oriente del Instituto de Estudios Políticos, Phyllis Bennis.

Shock y pavor

¿Por qué EE. UU. pierde cada guerra que emprende?, preguntó en 2018 el experto del Instituto Naval de EE. UU., Harlan K. Ullman. Se refería al estancamiento de la superpotencia en Afganistán, a 17 años de su ocupación.

Salvo la Guerra del Golfo, en los conflictos en que EE. UU. ha comprometido su poderío militar fue contenido por las fuerzas locales y ha sufrido un creciente desprestigio por su actuación.

En su ensayo La forma correcta de perder una guerra: EE. UU. en una era de conflictos que no se pueden ganar (2015), el politólogo Dominic Tiernet explica que la potencia ha sido incapaz de lograr sus objetivos porque cambió la naturaleza de los conflictos. Muchos son civiles, ya no enfrentan a ejércitos regulares sino a fuerzas atomizadas y más móviles.

Con autorización del Departamento de Comercio, Hussein obtuvo material para fabricar Bacillus anthracis, E. coli, Clostridium botulinum y otros organismos para causar enfermedades biológicas, explica el investigador Anthony Arnove.

Pese a esos estrechos vínculos, EE. UU. y sus aliados europeos impusieron sanciones a Irak y presionaron a la ONU para que exigiera el retiro inmediato de Kuwait o usarían la fuerza. Durante cuatro meses; países mediadores (Rusia, China, Alemania, Francia e Irán) emplearon su diplomacia para evitar una represalia armada.

Pese a que las sanciones asfixiaban a Irak, Saddam Hussein no salía de Kuwait. Esa negativa alentó la urgencia de Bush padre y sus comandantes para accionar su poderoso arsenal tecnológico contra los empobrecidos iraquíes.

Los estrategas impusieron la doctrina del “dominio rápido, basada en el uso del poder abrumador sobre el campo de batalla, que paraliza la percepción del adversario y destruye su voluntad de luchar. Así cambió el concepto defensivo de la operación Escudo del Desierto por el ofensivo Tormenta del Desierto.

 

Mapa postconflicto

Irak: Tras las ofensivas de 1991 y 2003, su economía quedó devastada, y hasta hoy lo ahoga la colosal deuda. El conflicto produjo el surgimiento del grupo radical Estado Islámico, que pronto se extendió en el país, incapaz de enfrentarlo por su precariedad económica. Para protegerse del radicalismo, el gobierno iraquí decidió mantener su cercanía con Irán.

El país aún depende de la exportación de crudo a través de corporaciones petroleras que le dan el 85 por ciento de sus ingresos. Irak diversificó sus exportaciones y hoy exporta a China, India, Holanda, Surcorea e Italia. Pero es dependiente de la importación de bienes básicos: el 30 por ciento de Turquía, el 25 por ciento de China y el cinco por ciento de Rusia.

Kuwait: Aunque con la invasión huyeron unos 400 mil kuwaitíes (casi la mitad de la población) hoy, el emirato se moderniza. Según el Servicio de Investigación del Congreso, EE. UU. mantiene ahí unos 13 mil soldados.

Kurdos: Occidente no les dio su esperado Estado independiente como ofreció. Viven de explotar y exportar ilegalmente reservas de crudo iraquí. El gobierno regional firmó contratos con firmas extranjeras y aspira a vender ese crudo por Turquía a Europa con su propio oleoducto.

Realineación árabe: EE. UU. impulsó la política de realineación del mundo árabe con Israel, histórico adversario geopolítico desde 1948. En plena pandemia, y cuando el descrédito se pavoneaba sobre el gobierno del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, establecían relaciones con Tel Aviv los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Dubai, Marruecos. Se prevé que en breve hará lo mismo la joya de la corona: Arabia Saudita.

Petróleo sube y baja: El precio del crudo llegó arriba de los 40 dólares el barril con la salida del mercado de 4.6 millones de barriles de Kuwait durante la ocupación. Dos años después, aunque se recuperó la producción, los precios no se elevaron y tanto EE. UU. como Europa enfrentaron la recesión.

América Latina y México: La presión de EE. UU. sobre la región hizo que los países perdieran la oportunidad de revalorar sus materias primas. Incluso bajaron los precios de los hidrocarburos y, con ello, la región sufrió enormes recortes en sus ingresos.

A la par, la presión de Washington y sus aliados logró un hecho inédito: la desnaturalización del sistema internacional de seguridad colectiva. El Consejo de Seguridad (CS) autorizó el uso de la fuerza (Resolución 678) si Irak no abandonaba Kuwait antes del 15 de enero de 1991. Urgía evitar el sofocante calor del desierto, explica el analista John Rodríguez.

El punto de inflexión llegó al vencerse el ultimátum, e Irak seguía en Kuwait. La madrugada del 16 de enero de 1991 se desató el conflicto armado que realineó las relaciones de EE. UU. con Medio Oriente y el mundo.

Comenzó con un ataque aéreo de bombas inteligentes, seguido de proyectiles de alta tecnología y misiles Crucero que destruyeron cuarteles y aniquilaron batallones completos de iraquíes. Incapaz de contener esa ofensiva, Hussein instruyó a sus tropas a invadir con tanques Arabia Saudita.

Pero su reacción fue tardía, pues 13 mil soldados estadounidenses y de la coalición internacional entraban a Kuwait. Saddam ordenó incendiar pozos e instalaciones petroleras del emirato, pero casi medio millón de soldados estadounidenses se desplazaba ya por los desiertos de Arabia Saudita y sus aliados avanzaban en el Golfo Pérsico.

Saddam

La coalición de 34 Estados contra Irak congregó incluso a otros no afines a Washington, como Siria y Rusia, que ofrecieron ayuda diplomática y logística (satelital y de telecomunicaciones). Hasta la antiyanqui Organización para la Liberación de Palestina (OLP), de Yasser Arafat, buscó negociar con Hussein su retiro del emirato ocupado.

Todo fue infructuoso. A mediados de febrero, el sistemático golpeteo del poderoso arsenal occidental sometió a las tropas iraquíes e inclinó la balanza a su favor. El día 27, en menos de 100 horas, las tropas de la coalición liberaron el emirato y ocuparon el sur de Irak. El ataque terrestre del general Norman Schwarzkopf dejó en ruinas Bagdad y al gobierno iraquí.

Horas después, George Herbert Walker Bush, que se había estrenado, en 1989 como comandante en jefe con la invasión de Panamá y con la detención del presidente Manuel Noriega, declaró el alto al fuego y estimó cumplidos los objetivos de la Tormenta.

El saldo en vidas fue nefasto para Irak: perdió 200 mil hombres, muchos civiles, contra 500 de la coalición. Sin embargo, Saddam Hussein siguió en el poder pese a las duras penalizaciones que le impuso la ONU, como la obligación de destruir sus armas químicas y misiles de largo alcance, refiere el historiador argentino Miguel A. Hernández.

Lecciones de 43 días

Fue un “triunfo sin victoriaˮ para EE. UU. que aunque liberó a Kuwait, Saddam fue capaz de conservar el poder.

EE. UU. enseñó al mundo un nuevo modo de hacer la guerra con su doctrina golpear y abatir. La supremacía militar estadounidense aniquiló al ejército iraquí, considerado el cuarto más poderoso del mundo.

Inauguró la era de los conflictos asimétricos por el uso intensivo y rotundo de sus medios. Recurrió a los aviones invisibles (AWAC), bombas electrónicas y la cobertura mediática en vivo como arma de terror.

Hoy, EE. UU. mantiene ocho bases militares en Irak (en marzo de 2020 abandonó la de Al-Qaim).

Sin embargo, tardó más de un año en sofocar los 350 pozos incendiados en Kuwait.

Las tropas de EE. UU. manifestaron el síndrome del veterano de la guerra: dolores, migraña, pérdida de memoria y estrés postraumático.

Fuentes: Lexington Institute y Centro de Estudios Estratégicos de España.

Otro perdedor de la confrontación fue Bush padre, quien no supo capitalizar ese éxito. Encuestas de la época revelan que este triunfo bélico no significó gran cosa para sus conciudadanos, por lo que le negaron la reelección y optaron por el demócrata William Clinton, recuerda la periodista chilena Cristina Cifuentes.

 

 

Tlcan

 

 

México alineado

En 1988, George H.W.Bush y Carlos Salinas de Gortari se entrevistaron en Houston, ambos como presidentes electos. Dos años después, el llamado “espíritu de Houston” animó la negociación de México con EE. UU. y Canadá en torno a un ambicioso Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), justo cuando estallaba el primer gran conflicto de la post-Guerra Fría.

Al conocer la invasión de Kuwait, entrevistado por Ranan R. Lurie en el contexto del Encuentro por la Paz de su partido, Salinas declaró que México estaría dispuesto a enviar tropas al Pérsico “si consideran que hace falta la presencia de México en una fuerza multilateral”. (Político.mx, 8.I.2020).

Agregó que al ser parte de la comunidad mundial, México actuaría con ella. “No vacilaría en participar con el resto del mundo en lo que considero un acto justo”, puntualizó. Sin embargo, ante la airada reacción de sus colegas, el mandatario se desdijo.

Afortunadamente, el Servicio Exterior de Carrera le ayudó a rectificar y a proyectar la imagen de un México solidario con las víctimas. Un día después del cese al fuego, el representante de México ante la ONU, Jorge Montaño, expresó que el conflicto no era asunto solo del Golfo Pérsico, sino que sus implicaciones tendrían repercusiones profundas “aun para los geográficamente alejados del conflicto, y de ahí nuestra decisión de participar constructivamente en la búsqueda de una solución pacífica y justa”.

Montaño pidió evitar que el impacto económico de esa ofensiva dañara “la esperanza de recuperación económica de países que luchan incesantemente por superar los obstáculos que han frenado nuestro pleno desarrollo”. Consideró obligación de México impedir que el conflicto se convirtiera en “una nueva barrera que inhiba que los países en desarrollo avancemos hacia la equidad económica y social.

“De no ser así, los pueblos entrarían de nuevo en un ciclo negativo que redundaría en nuevas situaciones de conflicto”, concluyó el experimentado diplomático.

A 30 años de la conflagración contra Irak, las relaciones bilaterales no son lo fructíferas que deberían ser entre dos actores energéticos de primer nivel. Aunque su relación diplomática data de 1950, debe relanzarse con nueva visión estratégica.