Gabriela Mistral

“Hubo en Gabriela Mistral coincidencia entre su obra y su vida. Nacida en un valle, vivió su infancia en comunión con la tierra y aprendió allí unas verdades primarias que nunca perdió".

Redacción

2021-01-10
Ciudad de México

Seudónimo de Lucila María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Nació en Vicuña, Chile, el siete de abril de 1889. Su obra, caracterizada por una concentrada construcción del lenguaje y una vocación trascendente que no evita el tono profético y el acento clásico, se concentra en los libros Los sonetos de la muerte (1914); Desolación (1922); Tala (1938); Lagar (1954); y Poema de Chile (1967). Mención aparte merece su obra en prosa, en la que aborda la contingencia de carácter social y político. Ejerció cargos diplomáticos en diversos países. Premio Nobel de Literatura de 1945. Falleció en Nueva York, el 10 de enero de 1957.

“Hubo en Gabriela Mistral coincidencia entre su obra y su vida. Nacida en un valle, vivió su infancia en comunión con la tierra y aprendió allí unas verdades primarias que nunca perdió. En ese valle fue asimilando una especie de América pequeña en la que mucho de la grande estaba presente: el trópico, con sus árboles y pájaros sorprendentes –recuérdese el poema Todas íbamos a ser reinas– y con la dulzura casi sin estaciones del año tibio; el clima suave que hace crecer las viñas que humanizan el paisaje de Elqui, trepando hasta media falda de las montañas y, en el fondo, detrás de los huertos espesos como selva, la cordillera, la imagen de nuestra madre dura, sobre las aldeas pobladas por gente mestiza, muchas veces miserable” (Luis Oyarzún).  

 

 

LOS SONETOS DE LA MUERTE

                        I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

 

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!

 

                        II

Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir…

 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente…

¡y después hablaremos por una eternidad!

 

Solo entonces sabrás el porqué, no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

 

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir…

 

                        III

Malas manos tomaron su vida desde el día

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en él…

 

Y yo dije al Señor: –Por las sendas mortales

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales,

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

 

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos, o le siegas en flor”.

Se detuvo la barca rosa de vivir…

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

 

UNA PALABRA

 

Yo tengo una palabra en la garganta

y no la suelto, y no me libro de ella

aunque me empuje su empellón de sangre.

Si la soltase, quema el pasto vivo,

sangra al cordero, hace caer al pájaro.

 

Tengo que desprenderla de mi lengua,

hallar un agujero de castores

o sepultarla con cal y mortero

porque no guarde como el alma el vuelo.

 

No quiero dar señales de que vivo

mientras que por mi sangre vaya y venga

y suba y baje por mi loco aliento.

Aunque mi padre Job la dijo, ardiendo,

no quiero darle, no, mi pobre boca

porque no ruede y la hallen las mujeres

que van al río, y se enrede a sus trenzas

o al pobre matorral tuerza y abrase.

 

Yo quiero echarle violentas semillas

que en una noche la cubran y ahoguen,

sin dejar de ella el cisco de una sílaba.

O rompérmela así como la víbora

que por mitad se parte entre los dientes.

 

Y volver a mi casa, entrar, dormirme,

cortada de ella, rebanada de ella,

y despertar después de dos mil días

recién nacida de sueño y olvido.

 

Sin saber ¡ay! que tuve una palabra

de yodo y piedra-alumbre entre los labios

ni poder acordarme de una noche,

de la morada en un país extranjero,

de la celada y el rayo a la puerta

y de mi carne marchando sin su alma!

 

LA MUJER FUERTE

 

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,

mujer de saya azul y de tostada frente,

que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía

vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

Alzaba en la taberna, honda la copa impura

el que te apegó un hijo al pecho de azucena,

y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,

caía la simiente de tu mano, serena.

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,

y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,

agrandados al par de maravilla y llanto.

Y el lodo de tus pies todavía besara,

porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara

¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

 

EL SUPLICIO

 

Tengo ha veinte años en la carne hundido

—y es caliente el puñal—

un verso enorme, un verso con cimeras

de pleamar.

De albergarlo sumisa, las entrañas

cansa su majestad.

¿Con esta pobre boca que ha mentido

se ha de cantar?

Las palabras caducas de los hombres

no han el calor

de sus lenguas de fuego, de su viva

tremolación.

 

Como un hijo, con cuajo de mi sangre

se sustenta él,

y un hijo no bebió más sangre en seno

de una mujer.

 

¡Terrible don! ¡Socarradura larga

que hace aullar!

El que vino a clavarlo en mis entrañas

¡tenga piedad!