Esther Tapia de Castellanos

La poesía de Esther trata, sobre todo, temas líricos como el amor, la melancolía, el desengaño, la amistad, temas de fe y el hogar.

Redacción

2021-01-03
Ciudad de México

Nació en Morelia, Michoacán, el nueve de mayo de 1842. Estudió en el Colegio de Santa Rosa María, donde aprendió las bases de la composición poética. A los 16 años publicó su primer poema en el Periódico Oficial de Michoacán conocido como Una flor, que recibió elogios de los críticos por “su belleza, talento y su fino trato”. Durante la intervención francesa dio muestras de patriotismo con sus escritos y acciones. Colaboró en La ilustración española y americana y en El correo de ultramar. La poesía de Esther trata, sobre todo, temas líricos como el amor, la melancolía, el desengaño, la amistad, temas de fe y el hogar, tópicos vaciados en sus tres obras poéticas: Álbum de Esther (1862), Flores silvestres (1871) y Cánticos de los niños (1881); su obra es tan representativa de la mentalidad de su época que fue incluida en El Parnaso Mexicano. Falleció en Guadalajara, Jalisco, el ocho de enero de 1897. 

 

ADIÓS A MORELIA

A los amigos y amigas de mi tierra natal.

 

Adiós, me voy, adiós, ciudad querida,

lejos de ti me lleva mi destino;

emprendo desolada mi camino;

lo quiere mi deber, voy a partir.

 

Mas yo te juro, mi ciudad hermosa,

que en mi memoria vivirás grabada;

que serás con ternura venerada;

que te daré mi amor hasta morir.

 

Al ausentarme de tu caro suelo

llena de angustia y de tristeza lloro,

porque te dejo mi único tesoro,

los restos de la madre de mi amor.

 

Tú eres el libro donde yo miraba

mis queridos recuerdos de ventura;

las tristísimas horas de amargura

que me diera, ¡Dios santo!, mi dolor.

 

Tus paseos, tus calles y tus templos

traían el pasado a mi memoria;

el libro era de mi pobre historia,

que me daba tristezas o placer.

 

Ahí miraba el sitio venerado

donde en aciago y tormentoso día,

al mundo me arrojó la madre mía

solo para llorar y padecer.

 

Allá el lugar donde jugué de niña,

el sitio do mi madre se sentaba

y amorosa a sus brazos me llamaba

cuando del juego me cansaba yo.

 

Allá el bosque de fresnos corpulentos;

a su derecha de calzada hermosa;

allá la iglesia augusta, majestuosa,

donde a rezar mi madre me enseñó.

 

La casa, ¡oh Dios!, donde a mi buena madre,

vi con dolor horrible, en agonía;

allá su tumba solitaria y fría,

que regaba con llanto de dolor.

 

Todo lo dejo, adiós, adiós te digo;

libro de mis recuerdos, te abandono;

y este canto tristísimo que entono

es el suspiro de mi ardiente amor.

 

Adiós, adiós por siempre: en mi memoria

vivirás con tu luna, con tu cielo,

con tus nubes, que fino y blanco velo

para tu ardiente Sol formando van.

 

Vivirás con tus noches apacibles,

con tus lucientes, vívidas estrellas,

con tus campos que alfombran flores bellas

que siempre ante mis ojos lucirán.

 

Con tus cipreses altos, majestuosos,

que parece que fúnebre plegaria

elevan en la noche solitaria,

hasta el trono grandioso del señor.

 

Con tus esbeltas, gigantescas torres;

con tu bella y gentil naturaleza;

con tus tardes de mágica belleza,

que en el pecho despiertan el amor.

 

Adiós, adiós: en la callada noche

un suspiro enviaré que te bendiga:

amaré a otra ciudad como una amiga;

pero a ti como madre te amaré.

 

Como al sitio que guarda mi tesoro;

los restos de esa madre idolatrada;

y su losa do nunca arrodillada

mis lágrimas filiales verteré.

 

La dejo solitaria… abandonada…

el pecho me destroza la amargura:

¡luna apacible, indeficiente y pura,

sobre ella vierte tu divina luz!

 

Haz, ¡oh Morelia!, que de tu hermoso suelo

brote un lirio en su tumba solitaria,

y que modesta, triste pasionaria,

cubra los brazos de su humilde cruz.

 

Adiós, mi hogar, mis flores, mis amigas;

adiós, mi claro y esplendente cielo;

adiós, mi fértil y adorado suelo;

es la hora de partir ¡quedad con Dios!

 

Más te amo al dejarte, ciudad mía

Adoro más tu suelo tan querido,

y es un doliente, lúgubre gemido,

el que yo exhalo al exclamar: ¡adiós!

A una flor marchita

¡Ay!, pobre flor, la tempestad horrible

azotando tu tallo delicado,

tu inocente belleza ha maltratado

con su soplo violento, destructor.

 

Marchito está tu espléndido follaje,

tus pétalos sin brillo y sin frescura,

has perdido tu aroma y tu frescura

en tu primer mañana, ¡pobre flor!

 

Vuelan algunas de tus blancas hojas

por huracán furioso arrebatadas;

otras se miran con desprecio holladas,

y cubiertas de polvo y sin color.

 

Hoy el viento implacable te destroza,

no te riegan las aguas cristalinas,

triste tu cáliz a la tierra inclinas

con doliente desmayo, ¡pobre flor!

 

Ya el céfiro al pasar no te acaricia;

en tus pétalos tiernos no se posa

la ligera, dorada mariposa,

ni el colibrí te besa con amor.

 

En la noche tranquila y solitaria

no te cantan las aves sus amores

de la apacible luna a los fulgores,

que todos te desprecian, ¡pobre flor!

 

Ya mañana no habrá quien un recuerdo

consagre a tu belleza soberana;

también tus restos hollará mañana

cruel o indiferente el labrador.

 

Éste será tu fin, flor adorada,

porque tu aroma y tu beldad perdiste,

no ven, ¡ay!, que la culpa no tuviste,

la tempestad la tuvo. ¡pobre flor!