Los árboles son los más viejos ancestros del hombre: Jean Brun

Ningún otro ente material, con excepción de las montañas, se parece más físicamente al hombre. Los árboles han sido –siguen siendo para muchos pueblos– seres divinos, mágicos, legendarios, poéticos.

Ángel Trejo

2021-01-03
Ciudad de México

Además de maravillosa especie biológica, los árboles forman parte del más antiguo y diverso abolengo del ser humano. Ningún otro ente material, con excepción de las montañas, se parece más físicamente al hombre. Los árboles han sido –siguen siendo para muchos pueblos– seres divinos, mágicos, legendarios, poéticos, ancestrales, abuelos, padres. Los grandes textos teológicos y literarios de Egipto, Grecia, Israel, Roma, China, India, México, Perú, entre otros, consagran este parentesco eminentemente mítico. Para los autores del Génesis, el texto inaugural de la Biblia, fue en un manzano donde Adán y Eva descubrieron el sexo y, con éste, la estética como expresión positiva del pecado, el arte, el trabajo y la libertad de elegir conscientemente su propio destino, sin duda el enunciado más claro sugerido por su nombre: Árbol de la Ciencia.

Esta hermosa alegoría judía contiene una propuesta mítica que miles de años después habría de corroborar científicamente Charles Darwin: el hombre había sido un primate de hábitos arbóreos que derivó a predador carnívoro y omnívoro –el más cruel y destructivo, ya que fue hijo de un cambio climático como el que redujo los dinosaurios a pájaros y lagartijas– ya que cuando se bajó de los árboles y cambió de hábitat, se dedicó a trabajar, a modificar el paisaje y comer todo lo que estaba a su alcance. Esta vieja asociación, sin embargo, continúa viva por obra de la utilidad múltiple que el hombre sigue dándo a sus hermanos de camino sobre la Tierra. En uno de sus ensayos filosóficos más conocido –Sócrates, 1960– Jean Brun (Agen, 1919-Dijon, 1994) habla de este vínculo en las siguientes líneas:

“El filosofema del árbol es muy viejo. Las religiones le han consagrado un culto, así como los poetas que lo han cantado vieron en él aquello que unía el cielo y la tierra, lo que elevaba al hombre por encima del teatro terrestre donde evolucionaba, al conferirle la posibilidad de dominar parcialmente el espacio. De aquí surge la idea del árbol como la fuente misma del conocimiento y del hombre como escucha obligado, pues el árbol puede darle, a la vez, el mensaje que viene de la tierra, que él habita, y el mensaje que viene del cielo, al cual tiende. Así, Sócrates nos recuerda que los antiguos conservaban una tradición, según la cual algunas revelaciones adivinatorias surgían del roble de Dodona, donde se encontraba el santuario de Zeus, y aquellos antiguos escuchaban ese lenguaje, pues no eran sabios a la manera de los jóvenes de hoy…”.

Otros de los ensayos de Jean Brun especializados en filosofía griega, además del biográfico dedicado a Sócrates, son: El epicureísmo (1959), Platón y la Academia (1960), Aristóteles y el Liceo (1961), Los presocráticos (1968), El retorno de Dionysos 1969) y En busca del paraíso perdido (1979).