El viento Paráclito, de Michel Tournier

El viento Paráclito, figura mitológica que invoca al “viento que los 12 apóstoles de Cristo percibieron cuando los visitó el Espíritu Santo”.

Ángel Trejo

2020-11-16
Ciudad de México

Michel Tournier (Francia 1924-2016) fue un autor tardío –su primer libro, Viernes o los limbos del Pacífico, se publicó cuando tenía 43 años–; pero se dio tiempo para incursionar en prácticamente todos los géneros literarios, con excepción de la poesía en verso, escribió novela, cuento, relato corto, ensayo, autobiografía, libros de viaje e infantiles. De sus 16 volúmenes publicados destaca el texto arriba citado (1967), con el que reescribe el Robinson Crusoe de Daniel Defoe en el marco temporal vigente; El rey de los alisos (1972), alegoría denunciatoria del nazismo, el cual padeció directamente en Alemania y Francia; Los meteoros (1975); Gaspar, Melchor y Baltasar (1982) y El viento Paráclito, ensayo autobiográfico y de estética literaria (1978), en el que vuelca sus análisis filosóficos sobre la naturaleza del hombre, la ciencia y la cultura desde una perspectiva antropológica.

En este último libro Tournier –fallido docente de filosofía y eventual alumno del gran antropólogo francés Claude Leví-Strauss en el Museo del Hombre de París– aporta una visión novedosa y atrevida sobre la importancia que los mitos han tenido y siguen teniendo en el desarrollo tecnológico, científico y cultural de la humanidad. El viento Paráclito, figura mitológica que invoca al “viento que los 12 apóstoles de Cristo percibieron cuando los visitó el Espíritu Santo”, define los mitos como herramientas u obras de construcción comunitarias que sirven como puntos de apoyo físico, psicológico, moral e intelectual del hombre. Ése es el caso de esta definición: “El mito es un edificio de varios pisos con distintos niveles de abstracción... La planta baja es infantil y el nivel superior una metafísica, una ontología”. Es decir, los mitos tienen una función eminentemente pragmática y su utilidad resulta igual económica (corporal o moral) que política y sociológica.

Pero hay otras propuestas de interpretación no menos reveladoras. Por ejemplo, ésta: “El hombre solo se aleja de la animalidad gracias a la mitología. El hombre no es sino un animal mitológico. El hombre no se convierte en hombre, no adquiere sexo, corazón e imaginación de hombre, si no es por el susurro de historias, por el caleidoscopio de imágenes que rodean al niño desde su cuna y lo acompañan hasta la tumba”. Por ello, afirma Tournier, la función social del escritor, y todos los artistas creadores, consiste en “enriquecer o, por lo menos, modificar ese susurro mitológico, ese baño de imágenes en el que viven sus contemporáneos y que es el oxígeno del alma…

“Esta función de la creación literaria y artística es muy importante porque los mitos, como todo lo vivo, necesitan ser irrigados y renovados, ya que corren peligro de muerte. Un mito muerto se llama alegoría. La función del escritor es impedir que los mitos se vuelvan alegorías. Las sociedades en las que los escritores no pueden ejercer libremente su función natural, están llenas de alegorías que son como un montón de estatuas de yeso”.