El sueño del tirano, de Fernando Calderón

Sus palabras lo retratan de cuerpo entero: el dolor del pueblo no le quita el sueño y ha decretado otro año sin obra social y sin mitigación de la crisis económica y sanitaria que se profundiza cada día.

Tania Zapata Ortega

2020-11-16
Ciudad de México

“Si no tuviese mi conciencia tranquila, pues no podría yo gobernar al país. No podría yo, ni siquiera descansar, no podría yo dormir; entonces, tengo mi conciencia tranquila”, dijo hace unos días el Presidente refiriéndose a los cuestionamientos en torno a su actitud omisa, de cruel indiferencia ante el sufrimiento de millones de mexicanos que se debaten en el hambre, la miseria y la desgracia total, agravada por la pandemia y las recientes inundaciones en el sureste del país. Sus palabras lo retratan de cuerpo entero: el dolor del pueblo no le quita el sueño y ha decretado otro año sin obra social y sin mitigación de la crisis económica y sanitaria que se profundiza cada día.

Habría que poner ante él un espejo que la historia tiene guardado en forma de testimonio poético. En el Siglo XIX, otro prócer, Antonio López de Santa Anna, fue caracterizado como tirano en el retrato que de él hace el jalisciense Fernando Calderón (Guadalajara, 1809 - Ojo Caliente, Zacatecas, 1845) en la obra El sueño del tirano. Imposible hallar descanso en el retiro, en sus pesadillas volverá a atormentarlo, una y otra vez, el recuerdo de sus crímenes; aquellos a los que hizo tanto daño desde el poder volverán de la tumba y del olvido para recordarle que la paz y la riqueza de que disfrute fueron conquistadas a costa de la muerte y la enfermedad de millones de seres.

De firmar proscripciones

y decretar suplicios, el tirano

cansado se retira

y en espléndido lecho hallar pretende

el reposo y la paz. ¡Desventurado!

El sueño, el blando sueño,

le niega su balsámica dulzura,

tenaz remordimiento y amargura

sin cesar le rodean;

en todas partes estampada mira

de sus atroces crímenes la historia;

su implacable memoria

fiel en atormentarle, le recuerda

las esposas, los hijos inocentes

que por su saña abandonados gimen

en viudez y orfandad; gritos horrendos

cual espada de fuego le penetran;

con pasos agitados

recorre su magnífico aposento

sin hallar el consuelo; en su alma impura

la amistad, el amor, son nombres vanos

que jamás comprendió; los ojos torna,

su cetro infausto y su corona mira;

un grito lanza de mortal congoja;

con trabajo respira,

y a su lecho frenético se arroja.

Iniciador del Romanticismo mexicano, Fernando Calderón estuvo siempre al servicio de la causa liberal. La métrica desigual y el uso de diversas formas estróficas en El sueño del Tirano (versos de 11, 10 y cinco sílabas, así como prosa poética) nada tiene que ver con descuido o falta de conocimiento de la preceptiva literaria; y constituyen más bien, a decir de José Emilio Pacheco, un grito de ruptura con la tradición neoclásica. Para Fernando Calderón, no es la muerte el primer castigo para el tirano. No hay retiro posible. Espantosas visiones lo torturan; los esqueletos esparcidos crujen bajo sus pies, un lago de sangre y de lava ardiente lo rodea mientras los ojos de las víctimas se ciernen, amenazantes, sobre él y lo persiguen. Toda la naturaleza cobra vida para maldecir al autócrata mesiánico y expresar el repudio de las generaciones venideras, en un escenario evidentemente inspirado en el Infierno, del genio florentino.

Ya, por fin, un sopor espantoso

sus sentidos embarga un momento;

pero el sueño redobla el tormento

con visiones de sangre y horror.

A un desierto se mira llevado

donde el rayo del sol nunca brilla;

una luz sepulcral, amarilla,

allí esparce su triste fulgor.

Tapizado de huesos el suelo,

va sobre ellos poniendo la planta,

y al fijarla los huesos quebranta

con un sordo, siniestro crujir.

A su diestra y siniestra divisa

esqueletos sin fin hacinados,

y los cráneos, del viento agitados,

le parece que escucha gemir.

Lago inmenso de sangre descubre

a sus plantas furioso bramando,

y cabezas hirsutas nadando,

que se asoman y vuelven a hundir.

Y se avanzan, se juntan, se apiñan,

y sus cóncavos ojos abriendo,

brilla en ellos relámpago horrendo

de infernal, espantoso lucir.

Del tirano en el rostro se fijan

sus atroces funestas miradas;

en sus frentes de sangre bañadas,

del infierno refleja el horror.

Y sus dientes rechinan entonces

y sus cárdenos labios abriendo,

este grito lanzaron tremendo:

“¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición!”.

Las cavernas de un monte vecino

el acento fatal secundaron;

largo tiempo los ecos sonaron

repitiendo la horrísona voz.

Y el crujir de las olas y el viento

y el estruendo del rayo espantoso

parecía al tirano medroso

que clamaba también: “¡Maldición!”.

(…)